Desde
la segunda mitad del siglo XVII, los religiosos de la Orden de
Predicadores de Santo Domingo, en unión de la Compañía de Jesús (que
ya tenía combinada en ese tiempo la fundación de su casa en La
Habana), hacían gestiones para obtener en Cuba la creación de
nuestra Universidad, a semejanza de la que ya existía en la isla
Española, y en 1670, en ocasión de encontrarse en Cuba el maestro
fray Diego Romero, provincial de Santa Cruz en dicha Orden,
se recurrió a él para que influenciara en Roma en la instalación de
una Universidad en La Habana, y por esa misma época, también se sabe
que en distintas ocasiones se había acudido al Ayuntamiento de esta
ciudad, para que hiciese la misma petición al Rey.
En
aquellos tiempos, los cubanos que querían estudiar una carrera
literaria, tenían que ir a las universidades establecidas en Santo
Domingo, México o España, con grandes gastos y hondas preocupaciones
para sus familiares, los que acudieron al capitán general
Gregorio Guazo Calderón y al obispo Jerónimo Valdés para
que apoyaran el proyecto de los Padres Dominicos.
Después de muchos años de infatigable tesón, surgió nuestra
Universidad en el convento de San Juan de Letrán, gracias a la labor
que realizaron durante más de medio siglo, los religiosos de la
Orden de Predicadores, que obtuvieron de Su Santidad Inocencio
XIII, la Bula de 12 de septiembre de 1721, por la cual fueron
autorizados para dar grados en todas las facultades que enseñaran,
con los mismos privilegios que tenía la misma Orden en la
Universidad de la isla de Santo Domingo.
La
Bula no se cumplió hasta el 5 de enero de 1728, fecha en que fue
fundada la Universidad de La Habana, y la cual se dictó en vista de
un memorial presentado por el habanero fray Juan de Sotolongo y
Aréchaga, de la Orden de Predicadores y miembro destacado de la
ilustre familia de su apellido, una de las más antiguas y
principales del país: creyendo firmemente que la intervención de
este bien emparentado sacerdote, influyera notablemente en el ánimo
del Sumo Pontífice. Sotolongo tenía tres hermanas que eran monjas
en los conventos de Santa Clara y de Santa Catalina de Sena, en La
Habana, y un hermano llamado Ambrosio, que era presbítero, y
todos ellos eran sobrinos carnales de un gran personaje de aquella
época, don Juan de Aréchaga y de las Casas, natural de esta
ciudad, doctor en Leyes de la Universidad de Salamanca, y más tarde,
catedrático en ella, donde escribió varias obras importantísimas de
Derecho, y habiendo pasado a México, desempeñó los cargos de
presidente de la Sala de la Real Audiencia, consultor del Santo
Oficio de la Inquisición, gobernador político de Nueva España y
capitán general de la provincia de Yucatán. En unión de sus
hermanas, contribuyó Aréchaga a la fundación del convento de
recoletas de Santa Catalina, en La Habana.
Por
Real cédula del 14 de marzo de 1732, se ordenó al claustro de la
Universidad de La Habana, que formara los estatutos para su régimen,
y remitidos éstos al Consejo, fueron confirmados por Real despacho
de 27 de junio de 1734, y en el cual se le concedieron las mismas
prerrogativas y gracias que a la de Alcalá de Henares, y demás de
los reinos de Castilla, merced que se solemnizó con grandes fiestas
y demostraciones de júbilo en La Habana, sobre las cuales escribió
un curioso libro el presbítero, doctor José Manuel Mayorga,
titulado: “La Habana exaltada y la sabiduría aplaudida”.
Tan
pronto como quedó instalada la Universidad de La Habana, se le
concedieron las siguientes armas: escudo ovalado, partido en tres
cuarteles, a saber; en los dos superiores, el de la derecha, en
campo rojo, la figura del Agnus Dei, puesta sobre un libro, alusiva
a la iglesia de San Juan de Letrán (que es el título de la de
Predicadores de esta ciudad), en el cuartel de la izquierda, en
campo azul, la figura de un can o mastín con su hacha encendida en
la boca, y en la llama, un mundo, y sobre éste una estrella de oro,
que simboliza el convento Dominicano en que está erigida. En el
último cuartel e inferior, entre lejos de nubes y peñas, una imagen
penitente de su sagrado patrono con el león a los pies. Sobre todo
el escudo, tenía la corona Real y por orla, lo siguiente: “Acad. S.
Hier. Conv. S. Joan Later. Ord Predic. Havana”.
En los
meses de septiembre de cada año, se celebraban las elecciones para
ocupar los cargos, teniendo que recaer forzosamente los de Rector,
vicerrector y conciliarios, en religiosos de la Orden de
Predicadores y pertenecientes al convento de San Juan de Letrán,
pues así lo exigían los estatutos. El cargo de secretario podía ser
servido por cualquier presbítero, y los de tesorero y fiscal se
alternaban entre los doctores de la Orden.
Previendo los Dominicos en 1820, la extinción de su Orden en España
y sus dominios, fueron lentamente abandonando la Universidad de La
Habana, a tal extremo que ya en 1840, tuvieron que cerrarse muchas
de sus cátedras. El último golpe que recibió la Orden, fue la
ocupación realizada poco después por la real Hacienda, de todas las
temporalidades de las comunidades conventuales, terminando de esta
manera la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La
Habana, y surgiendo en 1824, la Real y Literaria Universidad de La
Habana.
El
convento de Santo Domingo, donde estuvo establecida la Universidad,
hasta que se trasladó para el lugar que hoy ocupa, estaba situado en
el gran espacio comprendido entre las calles de O´Reilly,
Mercaderes, Obispo y San Ignacio. Entre los sepulcros que se
encontraban en este convento, se hallaba el de los primeros condes
de Casa Bayona, que fallecieron sin sucesión, y los cuales le
legaron a esta Orden la enorme suma de ochocientos mil pesos
fuertes.
Leyendo la interminable relación de las personas que durante más de
un siglo fueron ocupando los primeros cargos de la Real y Pontificia
Universidad, encontramos en ella los nombres de las principales
familias del país, como fueron: Sotolongo, Arango, condes de Jaruco,
Buena Vista, Casa Ponce de León y Santovenia; Peñalver, Chacón,
Urrutia, Cárdenas, Zayas, Recio, Fernández de Velasco, Luz, Morales,
Tamayo, Castro Palomino, Hidalgo Gato, Morejón, Núñez del Castillo,
Valdés, Caballero, Zaldivar, Pedroso y otras de gran significación
política y social, pues debemos de tener presente, que en aquella
época y aún durante la Real y Literaria Universidad, para poder
ingresar a estudiar, era necesario tramitar previamente un
expediente donde se acreditaban las buenas costumbres y la limpieza
de sangre de los pretendientes. En el archivo de la actual
Universidad, que tan brillantemente dirige el doctor Juan M.
Dihigo, se encuentran estos valiosos documentos, que me han sido
muy útiles para mis trabajos históricos.
Entre
los alumnos más eminentes que tuvo la católica Universidad, se
encontraba el doctor Bernardo de Urrutia y Matos, natural de
La Habana, catedrático de Prima, juez de Bienes de Difuntos,
procurador general y alcalde ordinario de La Habana, asesor de los
gobernadores de esta isla, Martínez de la Vega y Güemes
Horcasitas. Casó con doña Felipa Montoya y Hernández de
Tames, y tuvieron entre otros hijos a: Felipa, a
Josefa, a Elvira, a María Catalina, a Carlos
Luis y a Ignacio José de Urrutia y Montoya. Los cuales:
1.-
Doña Felipa de Urrutia y Montoya, casó con don Juan José
de Jústiz y Zayas, hijo de don Manuel José de Jústiz y
Umpiérrez, coronel de los Reales Ejércitos, alcalde de la
fortaleza del Morro de La Habana gobernador y capitán general de
Puerto Rico y gobernador de San Agustín de la Florida.
2.-
Doña Josefa de Urrutia y Montoya, casó con el licenciado
Martín José de la Rocha y Lanz, abogado de la Real Audiencia de
México, hijo del coronel Francisco de la Rocha y Ferrer,
gobernador y capitán general de la isla de Santo Domingo
3.-
Doña Elvira de Urrutia Montoya, casó con don Antonio María
González de la Torre y González Aponte, coronel del Ejército y
sargento mayor de la plaza de La Habana.
4.-
Doña María Catalina de Urrutia y Montoya, casó con don
Juan Dabán y Busterino, mariscal de campo de los Reales
Ejércitos, gobernador interino de la isla de Cuba, capitán general
de la isla de Puerto Rico y gobernador de Badajoz y de Barcelona.
5.-
Don Carlos Luis de Urrutia y Montoya, fue teniente general de
los Reales Ejércitos, inspector general de todas las tropas de Nueva
España, gobernador e intendente de la plaza de Veracruz, capitán
general y gobernador de Guatemala y de la isla de Santo Domingo.
6.-
Licenciado Ignacio José de Urrutia y Montoya, fue abogado de
los Reales Consejos y Audiencias de México y Santo Domingo, juez de
Bienes de Difuntos y asesor general de la Intendencia de La Habana,
autor de la notabilísima obra histórica “Teatro Histórico Jurídico y
Político Militar de la isla Fernandina de Cuba”, publicado por la
Academia de la Historia de Cuba. En unión del doctor Gabriel
Beltrán de Santa Cruz y Aranda, primer conde de San Juan de
Jaruco, catedrático de Digesto de la Real Pontificia Universidad de
La Habana, publicó el primer periódico literario que apareció en
ésta ciudad con el nombre de “El Pensador”.
Los
seis hermanos Urrutia y Montoya, que acabamos de nombrar, dejaron
una ilustre descendencia en nuestro país.
En la
familia Ponce de León también aparecen varios miembros que fueron
alumnos y profesores eminentes de la Real y Pontificia Universidad
de San Jerónimo, entre ellos: Francisco e Ignacio Ponce de León y
Maroto, y don Francisco Filomeno Ponce de León. Los
cuales:
1.-Don
Francisco Ponce de León y Maroto, natural de La Habana, fue
doctor en Cánones y Decano de dicha Facultad y Comisario de la
Universidad, regidor y padre general de menores el Ayuntamiento,
fiscal del Real Cuerpo de Ingenieros de Artillería de la plaza de La
Habana. Por Real despacho del año 1821, se le concedió el título de
conde de Casa Ponce de León y Maroto.
2.-
Don Ignacio Ponce de León y Maroto, fue doctor en Leyes,
catedrático de Vísperas de Derecho Real y Comisario de la Real y
Pontificia Universidad de La Habana, oidor de la Real Audiencia de
Guadalajara, juez de Bienes de Difuntos, consultor del Santo Oficio
de la Inquisición y auditor de Marina.
3.-
Licenciado Antonio Ponce de León y Maroto, hermano de los
anteriores, fue abogado de las Reales Audiencias de México y Santo
Domingo, auditor de Guerra y Marina, fiscal del Crimen de la
Audiencia de México, ministro togado del Consejo de Guerra, fiscal
del Real Cuerpo de Artillería, padre general de menores y alcalde
ordinario de La Habana. Por Real despacho del año 1833, se le
concedió el título de marqués de Aguas Claras. Su hijo:
Licenciado Francisco Filomeno Ponce de León, fue abogado de
los Reales Consejos, auditor de Guerra y Marina, ya segundo del
apostadero de La Habana, asesor de los alcaldes ordinarios y del
gobierno de la Isla de Cuba, síndico procurador general y alcalde
ordinario de La Habana. Fue uno de los hombres más notables de su
época. Su hijo:
Don
Francisco Ponce de León y Bazán, fue marqués de Aguas Claras,
coronel de Milicias, corregidor, padre general de menores, regidor
perpetuo y alcalde de La Habana, senador del Reino y presidente del
Consejo de Administración. Casó con doña Francisca del Corral y
Martínez de Pinillos, IV condesa de Villanueva, Grande de
España, y heredera del título de vizcondesa de Valbanera y tuvieron
por hijo a:
Don
Adolfo Ponce de León y del Corral, que fue quinto conde de
Villanueva, Grande de España y tercer vizconde de Valbanera,
comandante de Milicias de la plaza de La Habana, gentil hombre de
Cámara de Su Majestad, y heredero del título de marqués de Aguas
Claras, Casó con doña María de las Mercedes Ponce de León y
González Camero, hija de los IV condes de Casa Ponce de León y
Maroto y tienen una numerosa descendencia.
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Octubre 1946