A
mediados del siglo XIX, se encontraba la antigua nobleza de Cuba en
su mayor esplendor. Era una sola familia, pues se hallaban ligadas
todas las grandes casas del país por multitud de lazos de
parentescos, constituyendo un grupo fuerte y poderoso, influyente en
la Corte, al cual temieron en algunas ocasiones los propios
capitanes generales de la Isla, prueba de ello es que el relevo del
general Tacón, obedeció principalmente a las diferencias
tenidas con el ilustre habanero conde de Villanueva, que a la sazón
desempeñaba el importante cargo de intendente de la Real Hacienda de
la Isla de Cuba.
Por
aquellos tiempos, los títulos nobiliarios, todavía no habían sido
desvinculados, llevando anexo cuantiosos bienes que servían para
sostener con el decoro debido, el prestigio de la persona en quien
recayese la dignidad: los segundones y demás miembros de la familia,
a la sombra de esta, cuando reunían suficientes méritos personales,
obtenían con frecuencia altas graduaciones en el Ejército y en la
Marina; algunos ingresaban en la Iglesia, y otros desempeñaban
cargos de importancia en la Real Hacienda; y en los Ayuntamientos
los oficios de regidor, alférez real, alguacil mayor y alcalde mayor
provincial, se encontraban vinculados en las antiguas familias de la
nobleza del país. Poseían numerosos esclavos que trabajaban en sus
haciendas, fábricas de azúcar y como sirvientes en sus lujosas casas
y palacios.
Una de
las familias habaneras que más brillaban en aquellos tiempos, era la
de Montalvo, cuyas baronías ostentaban los títulos de conde de
Macurijes y de Casa-Montalvo, los que habían adquirido sus
fundadores por grandes servicios realizados en Cuba. Doña María
Josefa, Rosa y Serafína Montalvo y Cárdenas, eran
tres bellas hermanas que casaron con cubanos de igual alcurnia: la
primera, doña María Josefa, con don Juan Crisóstomo de
Peñalver y Peñalver, tercer conde de San Fernando de Peñalver,
gobernador político de la isla de Cuba y miembro destacado de esta
ilustre familia, que también habían obtenido los títulos de marqués
de Arcos y de Casa-Peñalver, conde de Santa María de Loreto y de
Peñalver; la segunda, doña Rosa, casó con don Ignacio de
Herrera y Herrera, quinto conde de Gibacoa, perteneciente a la
casa de los marqueses de Villalta y de Armendares, condes de
Fernandina; la tercera, doña Serafina, casó con don José
María de Herrera y Garro, tercer conde de Fernandina, grande de
España, coronel de milicias de caballería de la plaza de La Habana,
senador del Reino y gentil-hombre de Cámara de Su Majestad. Los tres
distinguidos matrimonios se establecieron en París, donde nacieron
varios de sus hijos, regresando años después a Cuba.
Por
aquella época, el príncipe Napoleón Bonaparte, presidente de
la república francesa, hijo de Luis Bonaparte y Ramolino, rey
de Holanda (hermano de Napoleón I), y de Hortensia
Beauharnais, hija esta última del primer matrimonio de
Josefina Tascher de la Pagerie y del vizconde de Beauharnais,
acababa de dar un golpe de estado verificando el 2 de diciembre de
1852, la restauración definitiva del Imperio hereditario de Francia,
tomando el nombre de Napoleón III, y estableciendo su
residencia en las Tullerías.
Napoleón III
contaba entonces 44 años; había dejado de ser el hombre de piedra,
"la esfinge sin ojos", como Veuillot le había llamado, y
todavía no se vislumbraban señales de la vejez prematura que
caracterizó el fin de su reinado. La palidez de su rostro, la falta
de expresión de su mirada y el aspecto flemático de su persona,
indicaban un temperamento melancólico y soñador, mientras la
estrechez de su frente sugería la idea de aquella obstinación
simpática y un tanto astuta de que posteriormente había de dar
repetidas pruebas. Las ingénitas propensiones de su espíritu le
habían hecho esclavo de una tradición, siendo su único objeto
realizar, sin pararse en escrúpulos, en cuanto a la elección de
medios, la restauración de su dinastía, y por eso pensó seriamente
en contraer matrimonio, eligiendo por esposa a una española, doña
María Eugenia de Guzmán Portocarrero y Kirkpatrick, marquesa de
Ardales. Osera y Moya, condesa de Baños, Teba, Ablítas, Mora y Santa
Cruz de la Sierra, vizcondesa de la Calzada, grande de España,
hermana menor de la condesa del Montijo, casada con el duque de
Alba.
Los
tres aristocráticos matrimonios cubanos, fueron colmados de
atenciones por los emperadores de Francia, sobre todo, la condesa de
Fernandina que frecuentaba las Tullerías como si fuera su propia
casa. En muchas ocasiones el pueblo de París confundió a la
distinguida habanera con la emperatriz Eugenia, aplaudiendo a
la Fernandina cuando ésta asistía a los teatros o salía de
paseo en los coches de Palacio.
No
debemos de olvidar en este artículo a Elena y a Josefina
Fernandina, hijas de los condes de este título, nacidas en París
poco después de haberse desarrollado estos acontecimientos. Nadie
como Josefina ha dejado un recuerdo tan grande en Cuba, sobre
su exquisita distinción, bondad y amabilidad para con todas las
personas. Casó dos veces: la primera, con don Carlos Mamerto
Pulido y Ferrán, primogénito de los marqueses de Dávalos; y la
segunda, con don Felipe Romero y León, hijo de los condes de
Casa-Romero y marqueses de Casa-Núñez de Villavicencio.
El
autor de este trabajo conserva un grato recuerdo de una comida a que
asistió en la finca " El Águila", invitado por Josefina
Fernandina, y la cual fue dada en honor de su sobrina Paz de
Prado-Ameno, hija de la marquesa de este título, hoy casada en
Europa con el distinguido y culto diplomático italiano barón
Vitusa de Guariglia. En aquella comida, casi íntima, se
destacaba la Fernandina como símbolo de la elegancia y de
refinamiento más exquisito.
La
decadencia de la antigua nobleza cubana, y su casi desaparición,
obedece a las guerras de los Diez Años y de la Independencia, en que
fueron quemados sus ingenios; a la extinción de la esclavitud, a la
desaparición de los mayorazgos y al desplazamiento de los cargos
públicos que sufrieron los descendientes de los primeros pobladores
de la isla de Cuba.
9
Noviembre 1947