Para
establecer el sufragio universal en cualquier nación del mundo, es
necesario previamente haber educado al pueblo, de lo contrario,
continuarán subiendo al Poder los desastrosos gobiernos que rigen en
la actualidad en la mayor parte de los países llamados democráticos.
Es indiscutible que su establecimiento ha dado maravillosos
resultados en Dinamarca, y en otros Estados, pero es un error enorme
instalarlo en los que aún no han alcanzado un nivel superior de
educación.
Es un
absurdo, algo que va contra la razón, que el voto de un eminente
ciudadano, valga tanto como el del más insignificante habitante del
país, desapareciendo con este sistema el deseo de superarse y
fomentando el materialismo y la vulgaridad reinante, que no reconoce
más valor que el dinero.
Con el
sufragio universal los jefes de Estado no son llevados al Poder por
los votos de una selección notable, que contribuiría con mayor razón
al mejoramiento de la nación, sino por las mayorías, que están
formadas en todas partes del mundo por los menos preparados. Por lo
tanto, el jefe del Estado se debe a estos últimos, y por ello no le
interesan las demás clases del país, porque sabe, que para su
carrera política, para nada las necesita. Aún en los casos que el
candidato electo pertenezca a la clase superior tiene que adaptarse
al medio de educación de los que lucharon para llevarlo al Poder,
formando con ellos su gobierno y dictando leyes que halaguen a las
masas incultas para conservar su popularidad y la posición política
de los que le rodea, aunque estas mismas leyes perjudiquen al país y
en el futuro como es natural, al propio pueblo.
El
insigne pensador griego Platón, partidario del gobierno de
los mejores, que fue una de las grandes mentalidades que ha
producido el mundo, especialmente en la rama filosófica, política y
social, destacó en su obra cumbre "La República", clásica y de valor
permanente, una de las más finas y acabadas construcciones del
pensamiento humano, llamando repetidas veces la atención al pueblo,
sobre la importancia de la educación del gobernante, y que era muy
distinto a la instrucción que hubiese recibido, pues ésta última
podía estar ligada a todas las inmoralidades.
El
gran educador habanero don José de la Luz y Caballero,
fundador del famoso colegio "El Salvador", que conquistó el título
de "Apóstol de la enseñanza en Cuba", prestó notable atención a la
educación de sus habitantes, siendo éste el blanco de todos sus
desvelos, el argumento de todos sus discursos, la estrella y norte
de su acendrado amor al bien público. El sabía que la instrucción no
significaba nada respecto a la moralidad de un pueblo, cuando no se
aplicaba directamente a la disciplina de los sentimientos y
afecciones del alma, no menos que al cultivo de las facultades
mentales, y por eso decía: "Educar no es dar una carrera para vivir,
sino templar el alma para la vida. Instruir puede cualquiera, pero
para educar se requiere ser un Evangelio vivo". No podía negar el
ilustre de la Luz y Caballero que pertenecía a una noble y
antigua familia del país, cuyos ascendientes habían obtenido a
perpetuidad entre otros cargos honoríficos, el de Regidor correo
mayor de la isla de Cuba; habiendo sido educado por su tío el culto
presbítero don José Agustín Caballero y Rodríguez,
catedrático de la Universidad y director del Real Colegio Seminario
de San Carlos y San Ambrosio de La Habana, notable orador y
distinguido escritor cubano.
Grandes pensadores sostienen en sus famosas obras filosóficas, que
la instrucción puede adquirirse en los centros docentes, pero que
los principios morales y el concepto del honor, sólo pueden
obtenerse dentro de la familia, y mucho mejor, a través de varias
generaciones que hayan sido útiles a la sociedad, y a la patria,
habiendo dejado honrosas huellas, tanto por sus virtudes, como por
haber desempeñado cargos honoríficos, así en lo militar como en lo
civil o en alguna otra honorable profesión, dándose gran importancia
a estas condiciones hereditarias que no se improvisan. Sobre esta
materia se conserva una notable legislación, en la que aparece que
en otros tiempos los gobiernos no ponían en manos de cualquier
improvisado los cargos del Estado, pues sostenían que debido, a la
educación recibida, no reconocía otro valor que el dinero, que a
juicio de ellos, era la única diferencia que existía entre los
hombres, y por eso, creyéndolo mejor para la colectividad, los
gobiernos elegían para la administración de los países, a personas
que tuvieran que cuidar de un nombre y de una posición social.
En la
actualidad, el sostenimiento de la casa real de Inglaterra, cuesta
muchísimo menos a la nación, que lo que representan las
dilapidaciones cometidas por los funcionarios públicos durante el
corto período que manejan los fondos del Estado en la mayor parte de
las repúblicas americanas, y cuya estancia en el Poder debía de
prolongarse, aunque sólo fuera para tranquilizar al mendigo que se
encontraba a la puerta del templo, cuando, al serle espantadas las
moscas que se nutrían posadas en sus yagas, exclamó: “¡Señor que
habéis hecho! No comprendéis que éstas estaban ya gordas y chupaban
menos, mientras que las que vengan, estarán hambrientas y chuparán
más”.
Los
jefes de Estado tenían antiguamente formado un concepto muy distinto
al actual, sobre la responsabilidad del Poder, aunque bien es verdad
que habían sido educados para ocupar el cargo, les interesaba
continuar en él y representaban también una ilustre tradición, que
por lo general, querían engrandecer. Lo demostró evidentemente
Felipe II, pocos momentos antes de morir, en la recomendación
que hizo a su primogénito, expresándose en esta forma: “Hubiese
deseado evitaros esta amarga prueba; pero quiero que veáis como
acaban las monarquías en la tierra. ¡Mirad! Dios me ha despojado de
toda la gloria y majestad de la soberanía para que vos la heredeis.
Dentro de unas cuantas horas, una humilde mortaja será mi único
vestido y una tosca cuerda ceñirá mi cintura. Siento que la corona
real resbala de mis sienes, la mano de la muerte se encargará de
colocarla sobre las vuestras. Dos cosas os recomiendo especialmente:
es la una, que permanezcais siempre fiel a la Santa Iglesia
Católica, y la otra, que trateis siempre justamente a vuestros
súbditos. Día llegará en que esta corona se escape de vuestra
cabeza, como hoy se escapa de la mía. Sois jóven, como yo también lo
he sido. Mis días tocan a su fin; la historia de los vuestros sólo
Dios puede verla, porque tendrá también su fin como la mía”.
16
Noviembre 1947