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Del Pasado - Por el Conde San Juan de Jaruco

El Siniestro del Bazar de la Caridad de París

El próximo 4 de mayo se cumplirán cincuenta y un años del horrible incendio ocurrido en París en 1897, del “Bazar de la Caridad”, donde se encontraban muchos cubanos que escaparon milagrosamente del espantoso siniestro en que perecieron numerosas personas completamente carbonizadas.

Por aquella época, la piadosa institución de beneficencia denominada “Bazar de la Caridad”, acostumbraba a celebrar brillantes fiestas con el objeto de procurarse recursos, tomando participación en ellas las personas más distinguidas de la alta sociedad parisiense.

Aquella vez, el barón de Mackau fue el principal organizador de la fiesta, y con esa finalidad se le ocurrió representar una “Calle de París Antiguo”, simulada por edificios de aquella época, y las tiendas principales ostentaban sus legendarias insignias como eran: A la Torre de Nesle, A la cerda que hila, Al gato calzado, Al león de oro, etc., etc. En una de las barracas principales, había una bonita pintura al pastel de Fournier Sardoreza, que representaba un antiguo guardia del Preboste, que con su alabarda al brazo, parecía velar por el cumplimiento de un edicto a la antigua usanza que decía así: “A las nobles damas y gentiles damiselas, se ruega no tomen objeto alguno de las tiendas, ni estropeen nada con clavo, ganzúa u otra herramienta, bajo la pena de pagar daños y perjuicios”. Toda esta ingeniosa instalación se llevó a cabo en el amplio solar yermo de la calle de Jean Goujon, cerca de los Campos Elíseos, habiendo previamente merecido los elogios de la Exposición del Teatro y de la Música, efectuada en el Palacio de la Industria.

Cuenta un conocido escritor de aquella época, “que una vez bendecido el “Bazar de la Caridad” por el señor Obispo, fueron abiertas sus puertas, afluyendo una enorme concurrencia en la que dominaba el elemento aristocrático. Ante sus tiendas, en que vendían señoras y señoritas que llevaban los nombres más ilustres de Francia, las compradoras, vaciaban generosamente sus bolsillos sin regatear, para adquirir los bibelots más pequeños; muchísimas señoras, sobre todo, en toilettes de primavera; niños agrupándose embelesados bajo un globo cautivo lleno de juguetes; todo un público escogido, encantado con el pintoresco aspecto de la decoración y brillantez de la fiesta, y después, como una nota austera, contrastando con aquella deslumbradora animación, sobre aquellas apariencias un tanto frívolas, como para recordar el carácter y el objeto de la reunión, el hábito de paño gris y las blancas tocas de las hermanas de la Caridad. Hacia las cuatro de la tarde la fiesta estaba en todo su auge, cuando resonó de repente el siniestro grito de "FUEGO". La explosión de un aparato de alumbrado del cinematógrafo acababa de prender fuego al toldo que  ardió instantáneamente y caía a trozos sobre la concurrencia, y las llamas, rápidamente propagadas, prendieron los ligeros lienzos, el maderamen resinoso, los bastidores del decorado, todo aquello que alimentó poderosamente el espantoso incendio. A los cinco minutos de haberse iniciado el fuego, todo había ardido”.

Los cadáveres fueron colocados en el Palacio de la Industria para proceder a su identificación, y lo fueron muchos de ellos por las prendas que llevaban, como la duquesa Sofía de Baviera (hermana de Isabel, mujer de Francisco José, emperador de Austria y Hungría), casada con el duque de Alençon, príncipe de la casa de Orleáns, que fue totalmente carbonizada; la marquesa de Bouthillier-Chavigny, vizcondesas de Malezieu y de  Beauchamp, baronesas de Saint Didier y de Carayon La Tour y Marie Du’Quesne, hija del ilustre habanero don José María Du’Quesne y Roustan de Estrada, vizconde Du’Quesne, contralmirante de la marina francesa, casada con el vizconde del Bonneval, y otras personas cuyos nombres aparecen grabados en las placas de bronce que colocaron en las paredes de la Capilla que edificaron más tarde, en el mismo solar donde ocurrió el espantoso siniestro y en la cual dicen una misa todos los días 4 de mayo, por el alma de los que allí perecieron.

Entre los supervivientes de aquel horrible incendio se encontraban: Enriqueta, princesa de Bélgica, casada con el duque de Vendome. príncipe de la casa de Orleáns y tía del rey Leopoldo II de Bélgica, nuestro muy augusto y reciente visitante, y los cubanos María Isabel Sánchez de Monvellán y Mitjans, casada con el distinguido matancero don Rafael Angulo y Heredia, primer marqués de Cavides; Concepción Soler y Baró, hija de los condes de la Diana, casada con el abogado Ignacio Angulo y Heredia; Rafaela Álvarez y Muro, casada con el médico Gustavo Sterling y Varona, Rosalía González-Abreu y Arencibia, casada con el distinguido médico Domingo Sánchez Toledo y Hernández, y Rosina de la Guardia y Orozco, que después de lograr salir del lugar del siniestro, volvió a entrar para salvar a su madre, encontrándola con ligeras quemaduras, protegida debajo del cuerpo carbonizado de la gruesa señora de don Carlos Florez, cónsul de España, sufriendo Rosina graves quemaduras de las que fue asistida maravillosamente por el eminente médico cubano don Joaquín Albarrán, que ejercía su profesión en la primera capital del mundo, donde tiene una estatua que lo representa de cuerpo entero.

2 Mayo 1948

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