Durante el mando en Cuba del capitán general don Dionisio
Martínez de la Vega y Moreno, brigadier de los Reales Ejércitos,
gentilhombre de Cámara de Su Majestad, en quien contrastaba la
dulzura de su carácter con el ceño que imprimía a su rostro honrosas
cicatrices, producto de diez gravísimas heridas recibidas en la
batalla de Zaragoza, los ingleses intentaron un golpe de mano a La
Habana, bajo la dirección del almirante Hossier con dieciocho buques
de guerra, que tuvieron bloqueada esta Plaza desde fines del mes de
abril hasta mediados de mayo de 1727, en que llegó a La Habana para
protegerla la escuadra española de don Antonio Gastañeta, con
una expedición de tres mil hombres al mando del mariscal de campo
don Gregorio Guazo Calderón, haciendo huir a los ingleses.
Por
los mismos días en que la escuadra inglesa, bajo el mando del
almirante Hossier, cruzaba frente al puerto de La Habana,
ocurrió un hecho en su comarca interior que por coincidir con aquel
peligro, complicó la situación de la ciudad y preocupó mucho a la
gente que lo interpretó como obra o inspiración del enemigo, aunque
no sé justificase esa sospecha en los procedimientos a que después
dio lugar el incidente. Subleváronse contra los mayorales, y aún
contra sus dueños, las integradas de algunos ingenios al S.O. de La
Habana, y entre ellas una muy considerable en aquel tiempo que
pasaba de trescientos individuos, la del ingenio de Quiebra Hacha,
perteneciente al ilustre habanero, capitán José Bayona y Chacón,
primer conde de Casa Bayona por Real despacho de 19 de agosto de
1721, alférez mayor del Ayuntamiento y alcalde ordinario de La
Habana. Dos compañías montadas de milicianos y muchos labradores
acudieron con él y con otros hacendados a sujetar una sedición que
pudo ocasionar graves conflictos a no ser sofocada en su principio.
Hubo muertos y algunos suplicios, pero en ningún punto opusieron
resistencia a la fuerza armada los alzados, de los cuales los más
regresaron a las fincas, y pocos se fugaron a palencarse en las
montañas. Motivaron su alzamiento algunos excesos de los operarios
blancos, y acaso descuidos y abandono de sus dueños, pero no las
ideas de emancipación que tanto propagaron en aquel siglo entre la
raza africana los filántropos ingleses. Lejos estos de apadrinar
tales tendencias, cuando ejercían el monopolio de la introducción de
negros en América, no soñaban aún en destruir la obra que se
afanaban tanto en levantar entonces.
Hecha
la paz, solicitó del rey el primer conde de Casa Bayona, con gran
recomendación del capitán general Martínez de la Vega, que,
tanto para vigilar aquellas fincas como para acrecentar la población
blanca del país, le permitiese fundar una ciudad en terrenos
inmediatos a los de su ingenio de Quiebra Hacha, y en los de otra
hacienda también suya llamada "Corral de Jiaraco". Accedió el Rey a
su solicitud, autorizando al capitán general y al diocesano, para
que acordaran con el fundador las condiciones con que habían de
distribuirse los solares, levantar las viviendas y repartir terrenos
para sus labranzas a los colonos pobladores. Después de obtener
título y armas de ciudad para una población que aún no existía,
destinó el Conde dos caballerías de tierra para solares al lado de
una hermosa residencia de verano que solía habilitar en esa estación
y que desde entonces se llamó palacio de los condes de Casa Bayona.
Junto
a ella, levantó a sus expensas treinta modestas casas, que adjudicó
a otras tantas familias de labradores blancos, donándoles algunas
tierras y adelantos pecuniarios para que emprendieran sus cultivos.
Frente al palacio destinado a plaza principal, hizo también fabricar
una iglesia que fue enriquecida con preciosos altares y ornamentos,
y que pocos años después era, exceptuando la Catedral de Santiago de
Cuba y el convento de San Francisco de La Habana, el mejor templo de
la Isla. Contiguo a este edificio proyectó erigir igualmente a sus
expensas un convento para doce religiosos de Santo Domingo, pero
tuvo que desistir a causa de haber encontrado serias dificultades.
Después de haber fundado un mayorazgo anexo al título, falleció sin
sucesión el primer conde de Casa-Bayona el 12 de enero de 1759,
recayendo entonces dicha dignidad en su primo el coronel
Francisco Chacón y Torres, que era nieto por línea materna del
primer marqués de Casa Torres, capitán general y gobernador de la
isla de Cuba.
La
familia Chacón es una de las más nobles en nuestro país. Procede de
don Gonzalo Iñiguez Chacón, señor de la casa de Chacón, en
Navarra, que pasó a servir en tiempos del rey don Pedro el Cruel
en la guerra contra los moros, por cuyos méritos fue nombrado
Comendador de la Orden de Santiago, el año 1331. Más adelante, los
Chacón obtuvieron los títulos de Conde de Mollina, con grandeza de
España, y de marqués de la Peñuela, recayendo también en esta
familia el condado de señorío de Casa Bayona.
El
capitán don Gonzalo Chacón Narváez y Alarcón, natural de
Antequera, tronco inicial de este ilustre familia en Cuba, fue
alcalde del Castillo de San Salvador de la Punta, en La Habana, por
Real título de 12 de enero de 1618, a donde fue destinado a raíz de
un duelo que tuvo con un superior suyo, hallándose en campaña en
Flandes. Casó en la Catedral de La Habana con doña Teresa Treviño
y Pacheco, hija de un capitán general y gobernador de la
provincia de San Agustín de la Florida, dando origen a una noble y
dilatada descendencia que ocupó los primeros cargos públicos en la
isla de Cuba.
El
referido coronel don Francisco Chacón y Torres, segundo conde
de Casa Bayona, señor, justicia mayor y teniente a guerra de la
ciudad de Santa María del Rosario, cedió unos terrenos donde se
erigieron los cuarteles militares de Dragones y San Telmo, en la
Plaza de La Habana. Falleció en esta ciudad el 25 de diciembre de
1779, habiendo casado en Santa María del Rosario con su prima doña
Mariana de Herrera y Chacón, hija de los cuartos marqueses de
Villalta. Tuvieron entre otros hijos, a don José María Chacón y
Herrera, que fue tercer conde de Casa Bayona, señor, justicia
mayor y teniente de guerra de la ciudad de Santa María del Rosario,
brigadier de los Reales Ejércitos y regidor perpetuo por juro de
heredad del Ayuntamiento de La Habana. Su primogénito el coronel don
Francisco Chacón y O'Farrill, casó con una hija del primer
marqués de Casa Calvo, y tuvieron entre otros hijos al:
Coronel don José María Chacón y Calvo de la Puerta, que fue
cuarto conde de Casa Bayona. De su matrimonio con una hija de los
condes de Jibacoa, nació don Francisco Chacón y Herrera, que
fue quinto conde de Casa Bayona, casado con una hija de los primeros
marqueses de Casa Calderón, abuelos paternos del doctor José
María Chacón y Calvo, que es una de las primeras figuras de la
intelectualidad cubana, y pronto obtendrá carta de su sucesión en el
condado de Casa Bayona, que le corresponde como heredero de mejor
derecho.
En
Cuba existen varios títulos nobiliarios de indiscutible valor
histórico, entre ellos, el condado de Casa Bayona sobre el cual
acabamos de tratar, que fueron concedidos a las antiguas familias
del país, por méritos y servicios prestados dentro del territorio
cubano, por distintos miembros de estas familias que durante varias
generaciones contribuyeron notablemente en todas las ramas de la
actividad humana, al desarrollo y fomento de la isla de Cuba, y
cuyos hechos aparecen frecuentemente en nuestra historia colonial,
por cuya razón debían considerarse estos títulos como patrimonio
nacional, como así lo han hecho en Francia con los suyos y en otras
repúblicas europeas, y en América, en el Brasil; pero en nuestro
país, desgraciadamente sería difícil hacer lo mismo, debido al
desconocimiento que hay sobre esta materia, prevención y prejuicios
que existen contra estas dignidades, probablemente por apreciarlas
demasiado, pues de lo contrario sería miradas con la misma
indiferencia que demostramos cuando llamamos doctor o General a
cualquier persona que sin méritos de ninguna clase haya obtenido
estos honores. Ahora bien, no debemos confundir estas valiosas
dignidades admitidas en todas partes del mundo y que no se pueden
adquirir con ningún dinero, con otros títulos honoríficos, oscuros y
sin méritos de significación alguna, desprovistos de verdadera
historia, que pueden considerarse únicamente como un adorno para las
crónicas sociales y la exterioridad de la nobleza, cuya verdadera
esencia reside en el apellido histórico de la persona en quien recae
el título nobiliario.
15
Junio 1952