Poco
antes de su destronamiento, Don Alfonso XIII sufrió un fuerte
ataque al corazón, que se mantuvo en el más absoluto secreto,
alarmando muchísimo a sus familiares.
Por el
año 1941, durante su estancia en Roma, Su Majestad se quejaba con
frecuencia de un intenso cansancio por lo que le recomendaron sus
médicos que permaneciera en cama durante algún tiempo: pero pronto
se dio cuenta Don Alfonso de su gravedad, al observar que a
pesar del reposo que hacía, la disnea aumentaba, su pulso empeoraba
y las palpitaciones disminuían.
Después de una pasajera mejoría, la disnea reapareció con más
intensidad y su estado general empeoraba por momentos, por lo que Su
Majestad, con gran serenidad de espíritu, ordenó que se llamará
enseguida a su confesor, con quien estuvo encerrado bastante tiempo,
solicitando poco después los auxilios religiosos de última hora.
Cuenta
un respetable señor, amigo muy querido de la familia real, que
terminado de administrar al monarca el último sacramento, partió el
cura seguido por los monagos, saliendo todos de la Cámara Real,
menos Don Juan, Príncipe de Asturias, heredero del trono, a
quien había manifestado el Rey su deseo de hablar a solas. Dijo a su
hijo y sucesor, "que se mantuviera siempre en el camino del deber,
que es el del honor. Debía ser Don Juan buen cristiano, como
todos sus antepasados, sin olvidar jamás que un rey tiene más
obligaciones que derechos y que estas le han sido otorgadas para el
mejor cumplimiento de aquellos. La vida en sí nada vale, pero no
podemos disponer de ella sino para el servicio de Dios y de la
Patria. Recuerda, hijo mío, que los hombres fueron muy injustos para
con tu padre, a quien acusaron de faltas que no había cometido y
dispusieron sin razón. Te lego la vindicación de mi memoria para que
todos los españoles sepan algún día que amé a mi Patria
apasionadamente. Yo siempre, lo digo ante el Todopoderoso en esta
hora final de mi vida, quise a España sobre todas las cosas
terrenas, aún más que a vosotros mismos, carne de mi carne y sangre
de mi sangre. Preferí dejar la Corona sin defenderme a que por mi se
derramara una sola gota de sangre. Quizás hice mal en no resistir
por las armas el empujé de mis adversarios, que eran también los
enemigos de la Patria y de Dios. Me voy al mundo de donde no se
vuelve nunca, limpio de sangre y de violencia; tengo esa
satisfacción. Perdoné cuánto pude y me dejaron, fui bueno y dadivoso
con todos, a veces más de lo que merecían; nadie me lo agradeció,
sino que a la hora de prueba me abandonaron. Si alguna vez pequé,
falte a mis obligaciones o cometí alguna injusticia, no fue a
sabiendas. ¡Qué Dios me lo perdone en su infinita bondad! ¡Juan,
hijo mío!"
La
respiración del enfermo era cada vez más defectuosa, las frases más
cortadas, el aliento más débil, con las manos se apretaba la
garganta. Se asfixiaba. Don Juan fue precipitadamente en
requerimiento de los médicos que aguardaban en la puerta. "El Rey se
muere", dijo con espanto. Efectivamente Su Majestad Alfonso XIII
entregó su alma a Dios el 28 de febrero de 1941.
El
cadáver de Don Alfonso recibió tierra en la iglesia de
Monserrat, romana, mientras en el Escorial, un féretro vacío del
panteón de los Reyes, por el mismo Don Alfonso designado para
su sueño eterno, aguarda las cenizas del caballeroso Monarca, que ya
entró en la Historia.
4
Abril 1948