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Del
Pasado - Por el Conde San Juan de Jaruco
Ya se
sabía por el año 1518, de los buques españoles cargados de oro,
hacían la travesía hasta la metrópoli sin protección alguna,
despertando la envidia y codicia en los demás Estados de Europa,
constando que algunas de esas naciones, en distintas ocasiones, se
pusieron de acuerdo y prestaron ayuda a los más audaces corsarios de
la época, para realizar los saqueos a las poblaciones y los ataques
a los navíos españoles.
En
1537, un pirata francés que ya había hecho estragos en Tierra Firme,
apareció ante La Habana en ocasión de estar listos para emprender la
travesía cinco barcos españoles. Don Juan de Roxas, teniente
gobernador de esta villa, ordenó a varios navíos que persiguieran y
combatieran al pirata, y después de una lucha que duró tres días los
franceses se dispusieron a huir, pero el viento sopló repentinamente
desfavorable para los españoles, que se vieron obligados a abandonar
sus navíos, quemando dos y marchándose en el tercero. El audaz
corsario entró en la bahía de La Habana, y anunció su propósito de
saquear la población en el caso que sus navíos sufriesen algún daño
durante la permanencia en el puerto.
Poco
después, otro pirata francés que pasó por Santiago de Cuba, cayó
sobre la Habana, quemó un bajel en la bahía, saqueó la población
durante quince días, se llevaron la campana de la Iglesia y
ultrajaron la imagen de San Pedro, colgándola de la puerta de una
choza, donde sirvió de blanco para los objetos que le tiraban los
bandidos.
Al
llegar a Santiago de Cuba don Hernando de Soto, primer
adelantado de la Florida, para tomar posesión del gobierno de esta
isla, el 20 de marzo de 1537, enterado de los acontecimientos que
hemos narrado, comunicó que traía la misión de llevar a cabo en La
Habana una fortaleza que la protegiera contra los continuos saqueos
que venía sufriendo, encomendado su construcción al Capitán Mateo
de Aceituno, a quien también nombró primer alcaide de la
fortaleza que iba a construir. Las obras se terminaron el 12 de
marzo de 1540, sobre un saliente que existía la calle de Chacón
esquina a San Ignacio.
El
licenciado Juan de Avila, gobernador de esta Isla, le añadió
a la fortaleza varios bastiones bajo la dirección de su segundo
alcaide don Francisco Paradas, capitán de infantería. A pesar
de estas mejoras, el propio Avila informó al Rey: "que de
fortaleza no tenía más que el nombre, que estaba mal situada y peor
construida".
Su
tercer alcaide fue el valiente don Juan de Lobera, miembro de
una nobilísima familia española, que antes de tomar posesión del
mando de la fortaleza, ya había desempeñado cargos en esta villa.
Pasó a la metrópoli para proveerla de artillería, pero sabía que era
completamente inservible para defensa de La Habana, y así se lo
comunicó al gobernador de esta Isla y a su Cabildo.
Efectivamente, poco después, uno de los más audaces corsarios de la
época, el francés Jacques de Sores, apareció por los mares
cercanos a Cuba. Había sido almirante con Pie de Palo, (Francois
LeClerq), cuando saqueó la isla de la Palma, en Canarias, y en
esa ocasión, habiendo tenido diferencias con Pie de Palo, su
general, se fue con un solo navío a las Indias, con ciento cincuenta
hombres bien armados, compuestos en su totalidad por herejes y
luteranos. Dicen algunos historiadores, que Sores estaba
patrocinado por la propia reina Isabel de Inglaterra, y en
Francia por el príncipe de Condé, uno de los principales
jefes de los hugonotes y tío del que después fue Enrique IV.
Desembarcó el famoso pirata acompañado de su lugarteniente el
navarro renegado Juan de Plan, en la caleta de Juan Guillén
(después de San Lázaro), situada frente al actual Casa de
Beneficencia, en la mañana del 10 de julio de 1555, avanzando desde
allí por tierra sobre la pequeña población de La Habana.
El
doctor Gonzalo Pérez de Angulo, que a la sazón gobernaba esta
Isla, huyó cobardemente hacia el pueblo de Guanabacoa, mientras que
el valiente alcaide Lobera, se encerró con su gente en la
débil fortaleza que se le había confiado, con cuatro ballesteros y
seis piezas de artillería, impidiendo al bergantín que había
desembarcado a los invasores, que entrara en el puerto de La Habana.
Derribó la bandera del corsario que había izado en la ermita,
rechazando con energía los requerimientos de rendición que le hacía
el enemigo, pero al anochecer los franceses incendiaron la puerta
que había en la muralla y tomaron posiciones firmes alrededor de la
fortaleza. Admirado el pirata del valor de Lobera, insistía
en que se rindiera, anunciándole para el amanecer su muerte y la de
todos los suyos, si no lo hacía, pero Lobera continuó
resistiendo en espera de socorros que le enviara el gobernador
Pérez de Angulo, los cuales nunca llegaron. Al romper el alba
vió el perdido alcaide que se hallaba cercado, convenciéndose que
estaba perdido, viéndose obligado a rendirse al enemigo, que le
perdonó la vida, exigiéndole un rescate que pagó la pequeña
población.
Antes
de embarcarse los piratas, prendieron fuego a esta villa, por los
cuatro costados. Nada quedó en pie, con excepción de las paredes de
la iglesia y de las casas del ilustre don Juan de Roxas,
cuñado de Lobera. Sores ultrajó las imágenes de los
altares y sus soldados se hicieron capotes de sus vestiduras. Trató
el famoso corsario de encontrar al gobernador Pérez de Angulo,
pero éste ya se encontraba a muchas leguas de La Habana. El pirata
sondeó el puerto y en la media noche del 5 de agosto, se hizo a la
vela, después de haber dejado reducida la población de esta Villa a
treinta y seis vecinos.
Poco
después marchó a la Corte don Juan de Lobera, con amplios
poderes del cabildo del ayuntamiento de La Habana, para exponer la
cobarde actuación asumida por el gobernador Pérez de Angulo
durante el saqueo de Jacques de Sores, y la triste situación
en que había quedado la villa de San Cristóbal de La Habana.
Después de los acontecimientos que hemos relatado, quedó la
fortaleza abandonada por inservible, pero a pesar de ello, el
gobierno continuó haciendo los nombramientos de sus alcaides, hasta
que fueron terminadas las obras en el castillo de la "Fuerza",
situado frente a la plaza de Armas, al lado del edificio que en la
actualidad ocupa el Tribunal Supremo de Justicia de la República.
El
Gobernador Diego de Mazariegos comunicó a la Corte que era
necesario construir una nueva fortaleza en La Habana y con esa
finalidad, en 1557, Bustamante de Herrera, se preparó para
pasar a Cuba para llevarla a cabo, pero cayó enfermo, comisionando
entonces la Corona al ingeniero Bartolomé Sánchez, que tomó
posesión de las casas que quería derribar para el sitio en que
pensaba construir la nueva fortaleza llamada la "Fuerza", las cuales
pertenecían a Juan de Roxas, Melchor Rodríguez,
Juan Gutiérrez, Antón Recio, Alonso Sánchez del Corral,
Diego Sotolongo, el sacerdote Andrés de Nis, Juan
de Roxas Inestrosa e Isabel Nieto, que eran los vecinos
más distinguidos de la población, y que habían hecho de las
cercanías de la "Fuerza", el primer barrio aristocrático de La
Habana.
En
vista que la construcción de la nueva fortaleza no adelantaba lo
suficiente, fue sustituido el ingeniero Sánchez por don
Francisco Calona, maestro de cantería, que embarcó para La
Habana, el 10 de noviembre de 1561. Sin estar concluida la “Fuerza”,
el gobernador Pedro Menéndez de Avilés nombró al capitán
Baltasar de Barreda, alcaide de dicha fortaleza, el cual también
desempeñó los cargos de diputado, tenedor de bienes de difuntos y de
regidor perpetuo de esta Villa.
El
gobernador Francisco Carreño, al llegar a Cuba, quedó muy
descontento de la actuación de Calona en la construcción de
la “Fuerza”, muriendo envenenado en 1579, después de haber comido de
un plato de manjar blanco, que le habían enviado.
Don
Francisco Calona y su mujer doña Leonor Peralta, dieron
origen en Cuba a una de las más antiguas y aristocráticas familias
de Camagüey. Fueron dos las hijas que tuvo este matrimonio: Ana y
Mariana Calona y Peralta. Las cuales:
1-.
Doña Ana Calona y Peralta, casó en la parroquial mayor de La
Habana, el 20 de junio de 1594, con don Alonso Sánchez de
Torquemada y Angulo, primera alcaide que tuvo la fortaleza del
Morro.
2-.
Doña Mariana Calona y Peralta, casó en la parroquial mayor de
La Habana, el 15 de febrero de 1596, con don Gregorio de la Torre
Sifontes, alcalde ordinario de la villa de Santa María de Puerto
Príncipe, y dieron origen en Camagüey a la ilustre familia de la
Torre.
Veinte
años duró la construcción del castillo de la “Fuerza”, residencia
que fue de los capitanes generales y gobernadores de la isla de
Cuba. Sus alcaides sustituían a éstos en el mando de la Isla, en
caso de ausencias, enfermedad o muerte de los gobernadores, hasta el
año de 1615 en que eran sustituídos por los alcaides del Morro
El 2
de noviembre de 1578, fue sustituido el alcaide Baltasar de
Barreda, por el capitán Melchor Sardo de Arana, almirante
y general de las urnas de los bastimentos en la flota del adelantado
Pedro Menéndez de Avilés. También desempeñó Sardo de Arana
los cargos de contador de Hacienda y de alcalde ordinario de La
Habana; habiéndose velado en la parroquial mayor de esta villa, con
doña Luisa de León Farfán y tuvieron por hija a:
Doña
Ana de León Sardo de Arana, que casó con don Luis de
Céspedes, procurador general, regidor del ayuntamiento, alcalde
ordinario y de la santa hermandad en La Habana, miembro destacado de
la familia del general Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de
Mendizábal, almirante de las Flotas y Armada Real de la Guarda
de las Indias.
Son
muchísimos los cubanos que descienden del alcaide Sardo de Arana,
y el cual fue sustituido en el mando de la “Fuerza” en 1579, por el
capitán Juan Bautista de Roxas-Sotolongo y Laredo, que
también tuvo dos veces el gobierno interino de la Isla. Le sucedió:
Don
Diego Fernández de Quiñones, hijo del conde de Luna, que tuvo el
mando del castillo de la “Fuerza” en 1582, y el gobierno militar de
la Isla desde 1583, hasta el 21 de abril de 1586. Por esa época
amenazó La Habana el corsario Sir Francis Drake, por lo que
se proveyeron dos galeras para que limpiasen las costas de Cuba de
piratas, llegando a La Habana la “Brava”, mandada por el capitán
Pedro Álvarez de Ruesga, casado con la habanera doña Catalina
de Sotolongo y González. A Fernández de Quiñones le
sucedió en la “Fuerza”, su teniente:
El
capitán Tomás Bernardo de Quirós, almirante, procurador a
Corte ante la Real Audiencia de Santo Domingo, regidor perpetuo y
tesorero de Cruzada en La Habana, casado con doña María Recio y
Avellaneda, hija del mayorazgo Juan Recio. Por cédula de
19 de octubre de 1588, se le ordenó a Bernardo de Quirós que
entregará el mando de la “Fuerza”, al gobernador Manuel de Luján,
el cual puso al frente de la referida fortaleza al capitán
Melchor Sardo de Arana, como su teniente y el cual, como hemos
dicho antes, ya había desempeñado este cargo.
Por
los antecedentes suministrados en esta publicación, podemos ver que
muchos cubanos descienden de los alcaides de nuestras antiguas
fortalezas, que son figuras notables para la historia del país.
8
Septiembre 1946
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