El
laborioso teniente don Felipe Fons de Viela y Ondeano,
marqués de la Torre, capitán general y gobernador de la Isla de
Cuba, con el objeto de crear recursos a la Casa de Recogidas de San
Juan Nepomuceno (cárcel de mujeres), inició una subscripción
popular, recolectando fondos para construir a favor de esta prisión
el primer teatro que tuvo La Habana, el cual al mismo tiempo
serviría de recreo a los habitantes de esta ciudad, pues hasta
entonces las compañías que pasaban por esta Isla tenían que
representar las mejores obras de teatro en locales poco apropiados.
Efectivamente, a finales del mes de septiembre de 1773, empezó a
funcionar bajo la dirección del empresario don Bernardo
Llagostera, el primer teatro habanero, construido en mampostería
y tabla por el célebre ingeniero militar cubano don Antonio
Fernández Trevejo y Zaldívar, en el lugar llamado "El
Molinillo", situado a principios de la Alameda de Paula (donde hoy
se encuentra el Hotel de Luz), cuyo hermoso paseo fue también obra
del propio e ilustrado capitán general marqués de la Torre.
A
principios del siglo XIX, durante el mando del capitán general don
Salvador de Muro y Salazar, marqués de Someruelos, se derribó
el primer teatro habanero y se buscaron arbitrios para edificar otro
de mampostería en los mismos solares en que estuvo construido el
primitivo, bajo un plano muy parecido al del teatro "Principal de
Madrid", y el cual subsistió con el nombre de "Teatro Principal"
hasta principios del año 1846, en que el capitán general don
Leopoldo O'Donnell y Jorris, duque de Tetuán y conde de Lucena,
ordenó ampliarlo y hermosearlo elegantemente bajo la dirección del
inteligente general de ingenieros don Mariano Carrillo de
Albornoz, que logró concluir su reedificación por el mes de
septiembre del referido año, habiendo renovado con piedras de
sillería toda la fachada de la parte que miraba a la bahía. A los
pocos días de haberse inaugurado este coliseo, fue destruido por el
terrible huracán que azotó a la Habana el 10 de octubre de 1846,
quedando sólo en pie la parte del edificio construida por el notable
ingeniero militar Carrillo de Albornoz, desapareciendo para
siempre de esta manera el primer teatro que tuvo La Habana.
La
calle de Oficios, donde estaba situado el primer coliseo habanero,
se llamó así porque en ella se encontraban los principales
establecimientos comerciales de la ciudad, y a pesar de ello, a
mediados del siglo XIX, residía en esta calle gran parte de la
nobleza del país, entre ellos, los marqueses de San Felipe y
Santiago, Campo Florido y Real Proclamación; Condes de Macuriges,
Barreto, Gibacoa, Valle-Llano, O'Reilly, y Peñalver, y las ilustres
familias de Zayas, Sotolongo, Luz, Caballero, Horruitiner y
Matienzo. En el número 2, se encontraba instalado el colegio de San
Francisco de Sales; en el número 4, el Obispado; en la esquina de
Muralla, estuvo durante algún tiempo establecida la Casa Cuna, y en
otra de las esquinas principales de esta calle existió temporalmente
la residencia de los capitanes generales y gobernadores de esta
Isla, durante los primeros años del siglo XVII.
Doña
Margarita Foxá y Calvo de la Puerta, marquesa de Casa Calvo,
casada con don Julio de Arellano y Arróspide, marqués de Casa
Arellano, distinguido diplomático español, a principios del actual
siglo donó al Gobierno de España su casa situada en la calle de
Oficios esquina a Acosta, para que en ella se instalara la Legación
o Embajada de España en nuestro país, y en la cual se encuentra un
magnífico retrato de la donante, obra del gran pintor Moreno
Carbonero, y también en la Casa de Beneficencia existe otro
retrato de la marquesa de Casa Calvo, obra del general Sorolla,
que fue colocado en esta Institución en consideración al gran legado
que esta ilustre y benefactora cubana hizo a este Asilo.
Otra
de las grandes familias coloniales de Cuba que residió en la calle
de Oficios, fue la de Beitia o Veytia, marqueses del Real Socorro,
familia procedente del señorío de Vizcaya y establecida de La Habana
a mediados del siglo XVIII. Su progenitor en esta Isla fue el don
José de Beitia y Rentería, primer marqués del Real Socorro, que
acreditó su hidalguía el 22 de diciembre de 1755, ante el cabildo
del Ayuntamiento de la Habana. Su hijo:
Don
Antonio José de Beitia y Castro, nacido en La Habana, fue
segundo marqués de el Real Socorro, brigadier de los Reales
Ejércitos, coronel del regimiento de milicias de infantería de esta
Plaza, depositario general y regidor perpetuo del Ayuntamiento de La
Habana. Casó con la ilustre habanera doña María Luisa O'Farrill y
Herrera, miembro de una de las principales familias de la
nobleza del país y dieron origen a una distinguida descendencia
entre la cual se encuentran:
Don
José Francisco Beitia y O'Farrill, tercer marqués del Real
Socorro, que fue teniente coronel de milicias de infantería de la
plaza de La Habana, y regidor de su Ayuntamiento. Casó con su prima
doña María Josefa de Armona y Beitia, y tuvieron por hijo a:
Don
Antonio José de Beitia y Armona, cuarto marqués del Real
Socorro, que casó con doña Micaela Herrera y de la Barrera,
hija de los condes de Gibacoa, y no tuvieron sucesión, por lo que a
su fallecimiento pasó el título nobiliario a su primo don Antonio
José de Beitia y Zayas, que fue quinto marqués del Real Socorro,
y el cual casó con doña Josefa de Ayala y Zayas, dejando una
numerosa descendencia que reside en La Habana.
20
Abril 1947
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