Por el
año 1743, llegó a La Habana el valiente oficial de marina, don
Juan Antonio de la Colina Racines, natural de Bárcena de Cicero,
en Santander, al mando del navío “África” destinado a la carrera de
Veracruz, Cartagena y La Habana, cuyo buque formaba parte de la
escuadra del almirante don Andrés de Regio.
Al
mando del “África” con gran valor y pericia, luchó Colina en
todos los encuentros que se presentaron contra la escuadra inglesa
de las Antillas, mandada por el almirante Knowles, pero en un
sangriento combate que duró más de dos horas, cuando el “África”
había perdido su mástil, el resto de los palos y gran parte de su
valiente tripulación, frente a las costas de Bahía Honda, se vio
obligado Colina a prender fuego a su navío, para evitar que
cayese en manos del enemigo. El general Regio fue sometido a
un Consejo de Guerra, encargándose de su defensa el propio Colina,
quien con gran inteligencia y valentía, logró sacar suelto al
pundonoroso general.
El 17
de enero de 1761, volvió Colina a entrar en el puerto de La
Habana mandando al “América”, después de haber escoltado al “Reina”
que traía tesoros de Veracruz. Desde esta fecha data la epidemia del
vómito negro, que se supone introducida en La Habana por dichos
buques, y que sólo en tres meses causó 1820 víctimas entre la tropa.
Durante el sitio y toma de la plaza de La Habana por los ingleses,
en 1762, fue Colina uno de los que más se distinguieron en la
defensa de esta ciudad. Una vez firmada la paz, fue preso y
transportado a España con don Juan de Prado y Malleza,
capitán general de Cuba; Gutiérrez de Hevia y Bustamante,
marqués del Real Transporte, general de Marina, y otros, para
esclarecer su conducta durante el referido sitio y capitulación de
la plaza de La Habana. A pesar del rigor del Tribunal de Guerra que
condeno a Prado a muerte, salió absuelto Colina,
recuperó su empleo y sueldo de dos años que duró la causa, y se
promovió poco después a jefe de escuadra de la Real Armada.
En
1767, se creó la plaza de comandante de marina de La Habana, y se le
confió el mando a Colina, jefe de escuadra, con todas las
atribuciones de un capitán general de departamento. Este distinguido
marino inauguró su mando con un reglamento para el Arsenal, y se
echaron al agua primeramente el navío “Santísima Trinidad” y
después, los nombrados “San Jorge” y “San Rafael”, y “San Pedro de
Alcántara”, la fragata “Lucía” y otras embarcaciones de menor
importancia.
El
cargo de comandante general de Marina era anexo al del Apostadero de
La Habana, siendo la graduación de este jefe superior del ramo de la
isla de Cuba y Puerto Rico, la de jefe de escuadra por lo menos. El
comandante general era por su calidad de tal asesor nato del jefe
supremo de la Isla en los asuntos del ramo, y miembro en tal
concepto de la junta superior de autoridades. Titulábase general de
la marina del puerto e Isla de Cuba, de las fuerzas navales en las
Islas de Barlovento e Indias Occidentales y principalmente de los
correos marítimos, de las matrículas de esta Isla y de las de Puerto
Rico, presidente de la Junta de Marina y del conocimiento de
náufragos, inspector del Arsenal y astillero y de la tropa del
cuerpo de artillería de Marina. Residía en el palacio de la
comandancia inmediato a la Machina, en cuyas azoteas se encontraba
establecido un telégrafo que se correspondía con el del Morro.
Don
Juan Antonio de la Colina y Recines, después de haber continuado
las obras de reparación del Arsenal (destruido cuando la guerra con
los ingleses en 1762), iniciadas por don Lorenzo Montalvo,
conde de Macuriges, falleció repentinamente en La Habana el 31 de
marzo de 1771. Había casado dos veces: la primera, con doña María
Gamba y de la Torre, y la segunda en la catedral de La Habana el
10 de diciembre de 1770, con la ilustre cubana doña María Manuela
Cárdenas y Castellón, hija del capitán Miguel de Cárdenas y
Sotolongo, alcalde de la Santa Hermandad, maestrante de Sevilla
y de doña María Luisa Castellón y Calvo de la Puerta.
Pertenecía la segunda mujer del general Colina a la ilustre
familia de Cárdenas, establecida en La Habana a mediados del siglo
XVI. Sus hermanos Agustín y Nicolás de Cárdenas y
Castellón, era el primer marqués de Cárdenas de Monte Hermoso
por sus numerosos servicios prestados en el país durante el asedio
inglés de 1762, y el segundo, don Nicolás, marqués de Prado
Ameno, por haber desempeñado multitud de cargos públicos, entre
ellos, receptor de penas de cámara y regidor del Ayuntamiento de La
Habana, alcalde ordinario de esta ciudad y familiar del Santo Oficio
de la Inquisición. Doña María de Jesús de Cárdenas y Castellón
casó con don Luis Francisco Bassave y Espellosa, coronel de
dragones del Rey y su otra hermana doña María Josefa de Cárdenas
y Castellón, casó con don Sebastián Calvo de la Puerta y
Arango, oidor de la real audiencia de Guadalajara y alcalde del
crimen de la corte de México, hermano del primer conde de Buenavista
y tío del primer marqués de Casa Calvo. En las ramas menores de los
Cárdenas, se crearon los marquesados de Campo Florido, de San Miguel
de Bejucal y de Bellavista y el condado de Campo Alegre, llevados
todos en la actualidad distintos miembros de esta familia, que
supieron dar estimación y aprecio a los honores conquistados por sus
antepasados, en premio a los servicios prestados en la isla de Cuba.
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Mayo 1948