La
primitiva plaza pública que tuvo la villa de San Cristóbal de La
Habana, se encontraba situada en el solar que hoy ocupa el Castillo
de la Fuerza, en cuyo terreno existía una pequeña ensenada que era
conocida con el nombre del "Boquete". La construcción de esta
fortaleza, obligó a tomar para la nueva plaza los terrenos
inmediatos a ella, en los cuales se encontraban varias casas de
pequeña importancia. A la nueva plaza se le dio el nombre de Plaza
de la Iglesia, por estar situada frente a la iglesia mayor
parroquial (lugar en que hoy se encuentra el Ayuntamiento), y en los
solares que la rodeaban, se fundó el primer barrio aristocrático de
La Habana, formados por las familias Velásquez de Cuéllar, Rojas,
Cepero, Sotolongo, Pérez-Borroto, Recio, Cárdenas, Calvo de la
Puerta, Pedroso, González de la Torre, y otras que se establecieron
en esta villa durante el siglo XVI.
Don
Diego Fernández de Quiñones, hijo del conde de Luna, que tuvo el
mando del Castillo de la Fuerza, y el gobierno militar de esta Isla,
desde 1583 hasta el 95, ordenó que los ejercicios militares se
hiciesen en la Plaza de la Iglesia, por lo que ésta tomó más
adelante el nombre de la Plaza de Armas.
El
teniente general Francisco Antonio Cajigal y de la Vega,
capitán general y gobernador de la Isla de Cuba, hermano del marqués
de casa Cajigal, en 1754, adornó con un modesto obelisco el lugar
donde se dijo la primera misa al fundarse la villa de San Cristóbal
de La Habana, sitio en que poco después se construyó el Templete.
Durante el laborioso mando del capitán general Felipe Fons de
Viela, marqués de la Torre, se empezaron en 1773 a nivelar y
empedrar el pavimento de la Plaza de Armas. En el capítulo
veintitrés de la memoria de su gobierno, que este ilustrado capitán
general entregó a su sucesor, aparece lo siguiente: "Al mismo tiempo
que solicité de Su Majestad la aprobación del palacio de los
Gobernadores, propuse la formación de una plaza donde ahora está la
de Armas, con edificios uniformes e iguales al que se está haciendo
para la Intendencia, entre los cuales habían de estar un cuartel de
infantería, la aduana y la contaduría".
La
construcción del palacio de los Capitanes Generales, iniciado por el
gobernador marqués de la Torre, y terminado a fines del siglo
XVIII por el notabilísimo capitán general don Luis de las Casas y
Aragorri, dió a la Plaza de Armas una importancia
extraordinaria, a la cual también concurría a sus retretas, en sus
bellos y quitrines, lo más selecto de la nobleza del país.
Durante los gobiernos de los capitanes generales don Salvador de
Muro y Salazar, marqués de Someruelos, y de don Juan José
Ruiz de Apodaca y Eliza, conde de Venadito, se colocaron en la
Plaza de Armas bellos faroles y bancos de piedra, y también se
trasplantaron hermosos árboles; y los demás gobernadores sucesivos
de esta Isla, siempre se esmeraron en el cuidado y ornato de esta
aristocrática Plaza. Por iniciativa del famoso intendente Conde
de Villanueva, se colocó hacia el año 1828, una estatua de
Fernando VII, obra del escultor Sola, que representa al
monarca con cetro, manto, toisón y traje de ceremonia.
A
mediados del siglo XIX, cuando la Plaza de Armas se encontraba en su
apogeo, brindaba por el norte con el hermoso edificio de la
Intendencia; por el oeste, con el palacio de los Capitanes
Generales; por el sur, con varias casas de poca importancia de la
calle de Obispo, pertenecientes al vínculo de don Antón Recio y
Castaño; y por el este, con el Castillo de la Fuerza y el Templete,
y a continuación de este último, se encontraba la casa de los condes
de Santovenía, sobre cuya familia vamos a tratar.
A
mediados del siglo XVII, se estableció en La Habana don Juan
Martínez de Campos, natural de la villa de Coria, en Sevilla,
dando origen a una distinguida descendencia, entre la que se
encuentra:
Don
Manuel Martínez de Campos y Flores, que fue alguacil mayor y
guarda mayor de Rentas Reales de la Aduana y RiBera del puerto de La
Habana. Casó con doña María Candelaria González del Alamo y Soto,
y tuvieron entre otros hijos: a Julián y a Nicolás Martínez de
Campos y González del Alamo. Los cuales:
1-.
Don Julián Martínez de Campos y González del Alamo, fue
catedrático de la Facultad de Derecho de la Real y Pontificia
Universidad de La Habana, y auditor de Guerra de la Capitanía
General de esta Isla.
2-.
Don Nicolás Martínez de Campos y González del Alamo, fue
oidor de la Audiencia de Cuba, fiscal del real cuerpo de Artillería
y de las Rentas de Correos, y alcalde ordinario de La Habana. Por
real despacho del año 1824, se le concedió el título de conde de
Santovenia, el cual a su fallecimiento pasó a su sobrino: el
Dr.
José María Martínez de Campos y de la Vega, que fue abogado,
segundo conde de Santovenia, coronel de caballería del regimiento de
milicias de Matanzas, senador del Reino, regidor del Ayuntamiento y
alcalde ordinario de La Habana, miembro de mérito de la Sociedad
Económica de Amigos del País de esta ciudad. Casó con la bella
matancera Elena Martín de Medina y Molina, y tuvieron por
hijos: a Mercedes, Serafina, y a José María
Martínez de Campos y Martín de Medina. Los cuales:
1-.
Doña Mercedes, casó con don Francisco Serrano y Domínguez,
segundo duque de la Torre, tercer conde de San Antonio, hijo de don
Francisco Serrano y Domínguez, primer duque de la Torre,
capitán general y gobernador de la Isla de Cuba, y de doña
Antonia Domínguez y Borrell, natural de La Habana, segunda
condesa de San Antonio.
2-.
Doña Serafina, casó dos veces: la primera, con don Juan
Crisóstomo de Peñalver y Montalvo, primogénito de don Juan
Crisóstomo de Peñalver y Peñalver, tercer conde de San Fernando
de Peñalver, gobernador político de la Isla de Cuba, y doña María
Josefa Montalvo y Cárdenas. Casó por segunda vez con don
Ignacio Montalvo y Montalvo, marqués de Casa Montalvo.
3-.
Don José María, fue tercer conde de Santovenia. Casó con doña
María de la Concepción Serrano y Domínguez, hija de don
Francisco Serrano y Domínguez, duque de la Torre, capitán
general y gobernador de la Isla de Cuba, y de doña Antonia
Domínguez y Borrell, condesa de San Antonio. Tuvieron por hijos
a:
Don
Carlos Martínez de Campos y Serrano, que es actual duque de la
Torre, conde de San Antonio, primer conde Llovera y comandante de
Artillería del ejército español. Casó con doña María Josefa Muñoz,
hija del conde de la Viñaza, natural de La Habana, y tuvieron por
hijo: a don Leopoldo Martínez de Campos y Muñoz, que es
actual conde de Llovera.
Doña
Elena Martín de Medina y Molina, nombrada anteriormente, casó
tres veces: la primera, con don Juan de la Cruz Vander Putter,
regidor del Ayuntamiento de Matanzas; la segunda, con el referido
conde de Santovenia; y la tercera con don Domingo Dulce y
Garay, marqués de Castell Florite, capitán general y gobernador
de la Isla de Cuba
El
general Dulce fue uno de los mejores y más queridos gobernantes
españoles que tuvo la Isla de Cuba. A su llegada ordenó el derribo
de las ya inútiles murallas de La Habana, y persiguió tenazmente a
los traficantes de esclavos, aplicándoles duros castigos, por lo que
obtuvo el aplauso de todos los hombres rectos de esta Isla, entre
ellos el del distinguido escritor cubano don Gaspar Betancourt y
Cisneros (El Lugareño), miembro destacado de una de las
principales familias de Camagüey, que cantó la alabanza del
general Dulce en “El Fanal”, el cual había fundado una Sociedad
para combatir la repugnante trata de esclavos.
Cuando
llegó a Cuba la noticia del relevo del general Dulce, en
1865, se dirigió una bella exposición a la Reina, en la que se le
pedía que continuara este pundonoroso capitán general al frente del
gobierno de esta Isla. A su partida, entre otros honores que le
dispensaron, le ofrecieron una serenata durante la cual le entregó
un regalo don Manuel Valdés y Peñalver, tercer conde de San
Esteban de Cañongo, a nombre del Ayuntamiento de La Habana.
6
Abril 1947