Con el
objeto de dar conferencias en América, estuvo recientemente en La
Habana, el príncipe imperial y real Othón de Austria, Hungría y
otros Estados, habiendo asistido a una comida en el Hotel
Nacional que le organizó el “Executive Club”. Durante las pocas
obras que permaneció en nuestro país, hablo el Príncipe sobre el
comunismo, bajo el lema de “Democracia cristiana o comunismo”.
El
heredero de las citadas coronas procedía de los Estados Unidos,
donde había ofrecido varias conferencias que le conquistaron grandes
simpatías. Anteriormente, durante la última guerra mundial, también
había estado en esa nación queriendo organizar una legión austriaca
para luchar contra Hitler; y en Francia, lanzó una bella
proclama exhortando a los súbditos de sus antepasados para que
promovieran una revolución contra el usurpador, quien por medio de
una corte alemana lo condenó a muerte en ausencia.
Nació
el príncipe imperial y real Othón, en Austria, el 20 de
noviembre de 1912, y es hijo de Carlos, último emperador, y
de la princesa Zita de Borbón-Parma. Además de sus excelentes
condiciones personales, representa el Príncipe la primogenitura de
una de las dinastías más antiguas y gloriosas del mundo, pues
recordemos que en 1273 fue electo emperador Rodolfo I, conde
de Habsbourg por el Señorío del castillo fuerte que en Suiza y a
orillas del Aar, habían levantado sus abuelos. Su hijo Alberto I,
también emperador en 1293 se tituló Duque de Austria por su
matrimonio con la heredera de estos vastos y ricos Estados, y por
eso se dijo que, “el hizo pasar el nombre de Austria a sus
descendientes, que abandonaron el de Habsbourg, según el uso común
en aquellos tiempos, de tomar el nombre de los grandes feudos en que
se sucedía por alianza”.
La
tierra sin nombre de los Habsbourg no era un ser estatal cerrado,
basado en la unidad de una nación que se inicia; era un
amontonamiento de países que llegaban desde el alto del Rhin hasta
el Alt, el río fronterizo con Valaquia, y que se mantenían unidos
por el talento y el poder de una prestigiosa familia. Por muy
grandes que fuesen las condiciones de los miembros de esta
dinastía, para impregnar de su carácter a los países y dominarlos,
tenían que vencer obstáculos que parecían invencibles. Así
continuaron gobernando los descendientes del emperador Rodolfo I,
de varón en varón, a través de los siglos, engrandeciendo y
mejorando siempre a sus Estados, hasta llegar a Carlos VI (el
que disputó a Felipe V la corona de España, durante la larga
y sangrienta guerra de Sucesión, al extinguirse los Austria en
España), que falleció el 20 de febrero de 1740 sin dejar
descendencia masculina, pasando entonces el trono a su hija mayor,
María Teresa, casada con Francisco de Lorena, Gran
Duque de Toscana que supo conservar el poder valientemente,
haciéndole frente a los planes de Francia, Prusia, Baviera, España,
Nápoles y Sajonia, de repartirse a Austria bajo el pretexto de no
poder suceder la archiduquesa María Teresa en el trono de sus
antepasados, dada su condición de mujer, lo que había resuelto
previamente su padre por medio de una ley de la dinastía con la
Pragmática Sanción
La
extraordinaria emperatriz María Teresa, modelo de mujer y
gloria de su linaje, fue coronada el 25 de junio de 1741 como reina
de Hungría, con toda la pompa del ceremonial histórico. No había
entre los nobles del país que rodeaban el trono en la iglesia de San
Martín, ningún puesto para su marido, a quien tanto amaba María
Teresa, pues la Dieta húngara hacia resistencia entonces para
concederle a Francisco de Lorena la corregencia del Reino. La
magnífica ceremonia continuó en la iglesia de los Franciscanos, tuvo
su final en el cerro del Rey. María Teresa, con el manto de
San Esteban, la corona ceñida y la espada al cinto, subió a galope
el cerro, desenvainó la espada y señaló con ella a los cuatro puntos
cardinales, para indicar que se comprometía a defender el país
contra cualquier enemigo. Al mismo tiempo escribió un conocido
historiador lo siguiente: “se deslizaba un hombre buscando la sombra
de las callejuelas próximas, sin que nadie reparase en él, para
desde lejos, contemplar fragmentos de aquel cuadro brillante, era el
esposo de la Reina, Francisco de Lorena”. En otra ocasión,
cuando las necesidades del Imperio eran urgentísimas, pues
necesitaba tropas y únicamente Hungría podía dar soldados en
cantidad suficiente para defender a Silesia, Austria, Bohemia y
Moravia, la fuerte emperatriz María Teresa se dirigió a los
valientes húngaros, consiguiendo de los notables del país que le
dieran un ejército de cuarenta mil hombres. Cuatro días después
recibió a los miembros de la Dieta en la sala de audiencia del
castillo de Pressburgo, presentándose con traje de luto y con la
corona de San Esteban en la cabeza, y les dijo: “Abandonada por
todos, vengo huyendo a ponerme bajo la protección de la fidelidad de
los húngaros y de su valor célebre desde la antigüedad. En el
momento de mayor peligro pido para Nuestra Persona, para Nuestros
Hijos, para la Corona y para el Imperio.” Tuvo que interrumpir su
discurso llorando; una emoción indescriptible se apoderó de la
reunión, cuyo orgullo se aumentó al ver que la Reina buscaba la
protección de los húngaros. Un grito de cien gargantas atronó la
sala diciendo: “Ofrecemos a Su Majestad nuestra vida y nuestra
sangre”, y así pudo la gran María Teresa reunir cien mil
hombres que salvaron el Imperio y aprovechó inteligentemente ese
momento, para que reconocieran los fieles húngaros a su adorado
marido el derecho de corregencia del Reino.
El
emperador Francisco José, descendiente directo de María
Teresa, casó con la princesa Isabel, duquesa de
Baviera, que fue asesinada en Génova, el 10 de septiembre 1898.
Nació de este matrimonio un sólo varón, el archiduque Rodolfo,
príncipe imperial y real, que apareció muerto misteriosamente en
Mayerling, el 30 de enero de 1889, sin dejar descendencia masculina
de su matrimonio con la princesa Estefanía de Bélgica.
Entonces pasó a ser heredero del Trono el archiduque Francisco
Fernando, sobrino carnal del emperador Francisco José,
que fue asesinado junto con su mujer, la condesa de Chotek
(matrimonio morganático), en Sarajevo, el 28 de junio de 1914,
comenzando con estos crímenes la primera guerra mundial.
Al
fallecimiento del viejo emperador Francisco José, ocurrido el
21 de noviembre de 1916, después de un largo y triste reinado (a
causa de varias desgracias de familia, como fueron, entre otras, el
fusilamiento en México, de su hermano el archiduque Maximiliano),
y no pudiendo suceder en el trono los hijos del archiduque asesinado
Francisco Fernando, (los príncipes de Hohenberg), a causa de
haber nacido de matrimonio desigual, pasó la Corona a la archiduque
Carlos, sobrino nieto del referido emperador Francisco
José, que después de un breve y turbulento reinado, tuvo que
renunciar en el mes de noviembre de 1918, teniendo que refugiarse en
Madeira, Portugal, donde falleció prematuramente a causa de una
pulmonía, el 1 de abril de 1922, estableciéndose poco después su
viuda, con ocho hijos, en Lequeitio, Vizcaya, bajo la protección de
la Casa Real de España, con la cual tiene la emperatriz Zita de
Borbón-Parma diversos parentescos, entre ellos, descender
directamente del infante Felipe, que obtuvo de su padre
Felipe V de España, el ducado de Parma, y la corona real de
Etruria.
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Mayo 1948