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Del Pasado - Por el Conde San Juan de Jaruco

O'Farrill

Por el convenio sancionado en Madrid el 26 de marzo de 1713, se otorgó a Inglaterra el privilegio de introducción de esclavos africanos en las colonias españolas, durante tres años, en sustitución del que tenía Francia. En vista de esta concesión, el gobierno inglés estableció una factoría en La Habana, nombrando para presidirla a Ricardo O’Farrill y O’Daly, caballero católico, descendiente de una antigua y noble familia de Irlanda, aunque nacido accidentalmente en la isla de Monserrate.

En aquellos tiempos, el fomento de la esclavitud en América, en vez de ser anatemizado como lo que fue más tarde, era mirado como un gran servicio que se les hacía a estos seres faltos de las más indispensables nociones de civilización, convirtiéndolos en cristianos y en trabajadores utilísimos, sobre todo para la agricultura en Cuba, donde se necesitaban hombres para los ingenios de azúcar, por cuya razón encontramos que todas las clases económicas del país apoyaban el tráfico de esclavos.

D. Ricardo O’Farrill y O’Daly, que más tarde se hizo súbdito español, casó en La Habana con doña María Josefa de Arriola y García de Londoño, hija de un alto funcionario  de administración y dieron origen a una distinguida y dilatada  descendencia que hizo alianzas con las principales casas de la antigua nobleza del país. Entre los miembros más destacados de esta familia se encuentran:

Don Gonzalo O’Farrill y Herrera, nieto por línea materna de los cuartos marqueses de Villalta, bautizado en la Catedral de La Habana, el 31 de enero de 1754, que fue uno de los militares cubanos que más nombre y prestigio han dado a nuestro país en el extranjero, pues su nombre resonó con honor en todo el mundo civilizado, mezclándose a los más grandes acontecimientos de su época. Durante el reinado de don Carlos IV, alcanzó el grado de teniente general de los Reales Ejércitos y desempeño los cargos de director del colegio militar del Puerto de Santa María y del Real Cuerpo de Artillería, inspector general de infantería, comisario regio, ministro extraordinario en Prusia, ministro de la Guerra y presidente del Consejo. Al abandonar Carlos IV  España el general O’Farrill figuraba como miembro de la Junta Suprema de Gobierno.

El general O’Farrill fue uno de los principales personajes que en su difícil época se acogieron al partido francés, aceptando el cargo de ministro de la Guerra del rey José Bonaparte, y siendo a su vez uno de sus más influyentes consejeros. Su conducta no sabemos concienzudamente juzgarlas, pues en realidad no sabemos si su apoyo al gobierno francés obedeció al deseo de conservar su rango y dignidades o si perteneció al grupo de los que se resignaron a ser temporalmente franceses por conjurar los males por los que atravesaba en esos momentos España. En la Memoria Justificativa del año 1814, el general O’Farrill dijo: "no se nos podía acriminar o al menos era muy disculpable nuestra conducta al abrazar el partido de la sumisión temporal, porque ya las transacciones de Bayona nos habían dejado sin rey, porque ya no nos quedaba que elegir, sino entre los horrores de la anarquía o los inciertos resultados de una guerra heróica, sin término ni éxito probable, y que habían de acarrear mayores males al país" . En esto convinieron muchos escritores de aquella época diciendo que el general O’Farrill pseudo-bonapartista, no fue menos patriota español, que antes de la invasión. El propio rey José le decía a menudo: "el Emperador os detesta y os cree inglés de corazón". Palabras que revelando su repugnancia al partido que se llamó afrancesado, hacen los elogios de su lealtad sólo ficticiamente desmentida, pues se comprende que en este caso el peor súbdito francés, era el mejor ciudadano español. La precipitación de la salida de España del general O’Farrill, le impidió sincerarse ante la opinión pública, pero bien sabemos que poco después el rey Fernando VII, le rehabilitó en todos sus empleos y dignidades. No regresó jamás a España, falleciendo en París el 19 de julio de 1831, reposando sus restos junto con los del general Merlín, en el panteón que se fabricaron en el cementerio de Pere-Lachaise.

La condesa de Merlín, Mercedes de Santa Cruz y Montalvo, que también tuvo que huir

precipitadamente de la Corte, como todos los tachados de afrancesados, dice en su obra “Souvenirs”: "mi tío el general O’Farrill es uno de esos seres que el cielo envía a la tierra para consolarnos y para advertirnos que todo no es decepción y mentira en este mundo. ¡Cuántas sensaciones de ternura, de admiración y cuántos sentimientos religiosos evoca en mi alma su venerado nombre! ¿Qué puede hallarse de más bello, más grande, más santo sobre la tierra, que la virtud? Los imperios caen, las generaciones sucumben en los siglos caminando con pasos gigantescos, arrastran consigo los jirones de la vanidad humana... Todo perece, todo desaparece, pero las huellas del hombre virtuoso permanecen. Su ejemplo, sus buenas acciones, indican como las señales que se ven en los altos picos, el camino que debe seguirse; da fuerza a los débiles y sirven de guía a los hombres de buena voluntad".

Otros miembros de la ilustre familia de O’Farrill, obtuvieron altas graduaciones en el ejército español y en las milicias de la plaza de La Habana; desempeñaron los primeros cargos en nuestro Ayuntamiento y fueron figuras importantísimas de la real Sociedad Patriótica o Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana.

22 Diciembre 1946

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