Escribo no para suscitar soberbias ni pueriles vanidades, impropias
de una persona bien, sino para dar a conocer la verdad histórica
sobre una materia casi desconocida en la actualidad en nuestro país,
como es el origen de la nobleza cubana, erróneamente juzgado por
escritores sin escrúpulos que falsean sin conciencia la historia,
algunas veces por ignorancia y otras por halagar a las mayorías, sin
necesidad, pues en la vida existen otros valores, que no son
precisamente la cuna, como son el talento y el dinero; pudiendo
también observarse que con más frecuencia practican la democracia
los miembros de la nobleza que los que se encumbran por su propio
esfuerzo.
Con
estas publicaciones también trató de despertar el espíritu de
familia que conservan cuidadosamente los pueblos que tienen
tradición y cuya indiferencia es símbolo de degeneración y
decadencia, como bien lo ha dicho el cultísimo Padre Rubinos,
miembro destacado de la Compañía de Jesús: "Un pueblo sin tradición,
es un pueblo perpetuamente niño, pues ser civilizado es tener
tradiciones, conservar y mejorar lo que otras generaciones nos
transmiten. Romper y renunciar a toda tradición es querer comenzar
siempre. Somos civilizados porque tenemos tradiciones".
Los
acompañantes de Cristóbal Colón en sus viajes a Cuba, no
quedaron en la isla, pero poco después llegaron personas de linajes
esclarecidos, segundones de familias notables, expertos marinos,
valientes militares, jurisconsultos graduados en las mejores
universidades, hombres de refinada cultura, que aunque no tenían
bienes de fortuna, traían lo mejor de la cultura occidental al Nuevo
Mundo. Éstos fueron quienes constituyeron las familias que
arraigaron en nuestro país y también fueron los troncos iniciales de
nuestra antigua nobleza.
El
primer gobernador de la Isla, capitán Diego Velázquez de Cuéllar,
puso buen cuidado en las personas que enviaban a Cuba, recomendando
siempre que prefirieran a los castellanos. La villa de Cuéllar, cuna
del ilustre gobernante, debió de haber quedado desierta, pues fueron
muchos los parientes y paisanos del gran colonizador que llegaron
junto a él. En los primeros tiempos, para pasar a Cuba, era
necesario obtenerse un pasaporte dado por la Casa de la
Contratación, que radicaba en Sevilla, donde los pasajeros hacian
constar sus antecedentes antes de embarcar. (Véase “Pasajeros a
América”). Por lo tanto, no es cierto que a nuestro país viniera la
escoria de la población metropolitana, como afirman maliciosamente
quienes, denigrando a los fundadores de nuestra cultura, no caen en
la cuenta de que denigran a sus propios abuelos.
La
Habana, y cada una de las provincias, tenía su nobleza, que
administraba la cosa pública y la cual estaba constituida por un
grupo de familias emparentadas, ricas y poderosas, que en su mayor
parte descendían de los primeros conquistadores y pobladores de la
Isla. Con arreglo a la notable legislación de la época, habían
probado su hidalguia ante sus respectivos ayuntamientos, pues
debemos de tener presente que, en aquellos tiempos, para poder
ocupar cargos públicos y otras elevadas posiciones, era necesario no
sólo acreditar los méritos personales del pretendiente, sino también
tenían que hacer previamente información de legitimidad, limpieza de
sangre e hidalguía, dándose gran importancia a estas condiciones
hereditarias que no se improvisaban. Las milicias urbanas estaban
confiadas a los miembros de estas familias, que también supieron
conquistar alta graduaciones en el ejército español, prometiendo dar
más adelante, en una nueva publicación, una relación minuciosa de
los cubanos que brillaron en el referido ejército, dando nombre a
nuestro país en el extranjero, como militares distinguidos.
Por su
antigüedad en el territorio y por su importancia, pueden
considerarse estas familias como las clásicas cubanas. Durante
muchas generaciones fueron contribuyendo notablemente en todas las
ramas de la actividad humana, al desarrollo y fomento de la Isla;
fundaron pueblos y ciudades a su costo, desempeñaron los primeros
cargos y gozaron de gran influencia con sus gobernadores. Por los
méritos contraídos dentro del territorio cubano, muchas de ellas
obtuvieron títulos nobiliarios, algunas con Grandeza de España, y
otros con Señoríos, cuyas mercedes representan a través del tiempo
el recuerdo de grandes servicios prestados en la Isla de Cuba; por
lo cual, sus nombres se encuentran vinculados a la historia de la
nación.
Hasta
mediados del siglo pasado, estas familias continuaron ocupando una
gran posición social y económica en el país, pero tan pronto como
comenzaron a tomar incremento las ideas separatistas, los
gobernantes fueron desplazando de los empleos a los nativos,
sustituyéndolos por peninsulares, en su mayor parte comerciantes
enriquecidos en Cuba, que obtuvieron cargos de importancia y altas
graduaciones en el Cuerpo de Voluntarios, habiendo también
obteniendo algunos de ellos títulos nobiliarios oscuros, sin méritos
de significación alguna y desprovistos de verdadera historia. Por lo
tanto, no debemos confundir a esta clase que se improvisó
violentamente en un momento de confusión política, con la antigua
nobleza criolla, descendiente de los conquistadores y primeros
pobladores de la Isla, que aportaron brillantes pruebas de nobleza
para ingresar en las órdenes militares y en las Maestranzas y que
obtuvieron sus títulos nobiliarios por la gran labor prestada en
Cuba durante muchísimas generaciones ilustres, nacidas dentro de
nuestro territorio.
La
desaparición de los mayorazgos, que eran bienes inagenables y que
servían para sostener con el decoro debido el prestigio de estas
familias; la extinción de la esclavitud, la Guerra de los Diez Años
y de la Independencia, durante las cuales fueron destruidos multitud
de ingenios y el desplazamiento en los cargos públicos que sufrieron
los miembros de las antiguas familias coloniales, fueron las
principales causas que ocasionaron la ruina de las viejas familias
del país, unido a la incapacidad e ignorancia de gran parte de sus
descendientes, que no supieron dar aprecio a los grandes prestigios
que heredaron; obra de siglos, que con todo el poder y el dinero no
pueden improvisarse.
7
Julio 1946