Una de
las figuras más importantes de nuestra Historia, es la de don
Lorenzo Montalvo Ruiz de Alarcón, primer conde de Macuriges,
tronco inicial de esta ilustre familia en Cuba, que fue bautizado en
la ciudad de Valladolid, parroquia de Santiago, el 17 de agosto de
1704.
Procedía don Lorenzo de la antiquísima casa de Montalvo,
fundada en la villa de Arévalo del Rey, en la provincia de Avila. La
rama de su familia radicaba desde el siglo XV en Palencia, donde se
encontraban empadronados como hijosdalgos de casa y solar conocido,
habiendo ganado ejecutoria de nobleza en la Cancillería de
Valladolid el 27 de agosto de 1527. Sus descendientes obtuvieron en
Cuba el título de Conde de Casa Montalvo.
Llegó
don Lorenzo a La Habana con el cargo de oficial de
Contaduría, y el 12 de agosto de 1730, fue nombrado ministro de
Marina del Apostadero de esta Plaza, por cuyo motivo empezó a ser
jefe a los veintiseis años de edad. En 1734, obtuvo de don Felipe
V el empleo de comisario de Guerra, en consideración a los
buenos servicios que venía prestando en la Real Hacienda de La
Habana.
Como
una de sus más importantes obligaciones era la de proveer y atender
a las construcciones de barcos, estableció el famoso Arsenal y
Astillero de La Habana, contribuyendo notablemente a la gran obra de
la sierra de agua, tan célebre y necesaria en aquella época. Desde
el año en que tomó posesión del cargo de ministro de Marina del
Apostadero de La Habana, hasta su fallecimiento ocurrido en esta
ciudad el 9 de diciembre de 1778, se construyeron treinta y seis
navíos de línea, once fragatas, cinco bergantínes, un chaviquin de
treinta cañones y dos anguillas, no habiéndose construido en los
treinta y siete años siguientes ni la mitad de dichos buques.
Montalvo
creó la Marina de este Apostadero, eligió los almacenes y oficinas
de cuenta y razón, organizó el corte y las remesas de las excelentes
maderas de esta Isla para enviarlas a España, contribuyendo así a la
construcción y engrandecimiento de la Real Armada. En su época, la
marina de Guerra del Apostadero de La Habana destruyó la plaga de
piratas que navegaban por los mares de Cuba, protegidos por los
gobernadores de la isla de Jamaica, perjudicando el comercio y la
industria de nuestro país.
Don
Lorenzo tuvo a su cargo por espacio de siete años la dirección
del ramo de Tabacos y en 1742 fue nombrado ministro de las Reales
Cajas de La Habana, apareciendo de certificaciones expedidas por dos
jefes de esta Plaza y de los contadores de la Real Factoría de
Tabacos, el cero y pureza con que se condujo Montalvo,
teniendo también la satisfacción de haber recibido de Su Majestad
una carta en que le daba las más expresivas gracias.
Pero
donde tomó Montalvo más oportunidad de demostrar sus méritos
fue, durante el asedio y toma de La Habana por los ingleses en 1762.
Por el carácter de su empleo de Comisario Ordenador y como ministro
principal de Marina, fue uno de los seis vocales que presididos por
el capitán general don Juan de Prado y Malleza, componían la
Junta de Guerra instaurada para tratar de todo lo relativo a la
defensa de la Plaza, desde el 6 de junio de 1762, en que se
presentaron ante el puerto los ingleses, hasta el 12 de agosto del
mismo año en que capituló. Los jefes de aquel tiempo y los
principales vecinos de La Habana atestiguaban que a los cuantiosos y
generosos y oportunos auxilios de boca y guerra, facilitados por
Montalvo, se debió en gran parte la tenaz resistencia ofrecida.
Si no estuviera plenamente probado, parecería increíble que en seis
días con sus noches durante los cuales no se permitió descanso
alguno, construyera ciento ochenta explanadas con otros tantos
cañones en todos los baluartes y baterías de la Plaza, con gran
asistencia personal y riesgo para su persona, proveyendo a los demás
de utensilíos y municiones. Inventó un número de baterías flotantes,
que construidas a su vista, hizo colocar sobre planchas de maderas
en todos los esteros y márgenes de la bahía, con los cuales causó
extraordinarios daños al enemigo. Tomó mucha parte en la defensa del
Morro, por haber ideado unos parapetos de madera a cuyo abrigo se
restablecían todos sus fuegos y troneras de piedras, desde el
segundo día del asalto. También fortificó la puerta del Castillo de
la Punta, el de la Fuerza y las baterías del Boquete, San Ignacio y
San Telmo, reforzando además con espaldones de madera las golas de
los baluartes de la puerta de Tierra, para cubrir su guarnición, que
desde las baterías que el enemigo tenía en La Cabaña podía ser
tomada por las espaldas. En una noche hizo construir una batería en
la loma de Soto, donde hoy se encuentra el castillo de Atarés, a
cuya vista se retiró inmediatamente el enemigo del punto por dónde
podía cortar la entrada de víveres y comunicación de la Plaza con el
campo. Facilitó para la defensa de la ciudad las atenciones del
campo y mantenimiento de las tropas que guarnecían a Matanzas. Todos
sus esclavos, mulos, bueyes y cuánto tenía, los puso a disposición
de las tropas perdiendo casi todo y con ello una parte considerable
de su fortuna. Los quebrantos sufridos por Montalvo en sus
ingenios "Ojo de Agua" y "Miraflores", y en su hacienda "Macuriges"
pasaron de cincuenta mil pesos. Esta última quedó sin una sola
cabeza de ganado, por haberlas facilitado para el mantenimiento de
las tropas de la provincia de Matanzas.
El
inmortal Velasco, capitán de Navío, que se había hecho cargo
de la defensa del Morro, apelaba constantemente a Montalvo,
expresándose así: "usted es nuestro paño de lágrimas, nuestro
consuelo y nuestro único recurso. A pesar de su genial eficacia para
fortificar más y más la fortaleza del Morro, poco o nada se
adelanta, porque la gente que trabaja para repararlo, no lo hace con
la actividad que corresponde".
En
vano se opuso Montalvo a la destrucción de la trinchera
formada y construida por él al día siguiente de aparecer la flota
inglesa frente a La Habana y en donde había emplazado ya nueve
cañones. Convencido de su importancia se opuso tenazmente a que la
suprimieran porque "el punto de La Cabaña domina toda la Plaza;
mientras la conservemos nosotros, no habrá mucho que temer, mientras
que si el enemigo se apodera de ella, él nos enseñoreará y nos
abrasará con sus fuegos y tendremos que capitular. Por lo mismo, mí
opinión es que no sólo debemos sostenerla a todo trance si no
fortificar la cada día más y más con gentes y armas". No convencidos
por todo ello los vocales del grupo, ordenaron abandonar La Cabaña y
bajar la artillería, ocasionando todo ello tal sorpresa y disgusto
entre la población, que incluso se pensó en alguna traición. Con
igual vehemencia se opuso al descabellado hundimiento de los navíos
"Neptuno", "Asia" y "Europa" para cerrar la entrada del puerto, pues
"nada, decía, se adelanta con esto, pues no basta obstruir el canal
por donde pueden entrar los buques del enemigo; señoreando este de
la parte de tierra, pueden entrar uno a uno". Su opinión era
dejarlos como baterías flotantes a manera de Pontones para
contribuir con ellos a la defensa del Morro vivamente atacado por la
parte del mar, pero no pudo prevalecer su criterio contra la opinión
de la mayoría y los buques fueron hundidos con el propósito
expuesto, no logrando su objetivo, pues poco después los navíos
ingleses entraron en la bahía como había predicho Montalvo,
uno a uno, sin el menor obstáculo. Este acontecimiento consolidó su
elevada reputación y convencido al capitán general Prado de
los yerros que había cometido por no haber aceptado sus consejos, le
escribió: "Ojalá, le decía, en su carta de fecha 14 de agosto de
1762, que todos los votos se hubiera reunido constantemente con el
de V.S., pues en este caso no hubiéramos venido al estado en que
después nos vimos reducidos; confieso, añade más adelante, el
singularísimo mérito que V.S. ha contraído no sólo suministrando
víveres, pertrechos y maderas y demás cosas necesarias para poner
esta Plaza en estado de defensa, sino con infatigable actividad, su
prudente consejo y extraordinarios recursos". Siguiendo expresado
los demás servicios que se han detallado tales como su puntual
asistencia a las juntas de guerra, la construcción de las
explanadas, monturas de cañón, invención construcción y colocación
de las baterías flotantes, su efectos, los parapetos que hizo poner
en él Morro, fortificaciones, etc., etc. En otra carta del señor
Prado, fecha 4 de enero de 1763, en Madrid, decía: "he informado
al ministro del celo, honor y extraordinaria actividad que he notado
en V.S. desde su ingreso en ese mando, y más particularmente en todo
lo relativo a la defensa de esa Plaza, pero no contento con ello, he
formalizado mi exposición por escrito para llevarla a presencia del
Rey diciendo en sustancia: que no es posible ponderar lo que V.S.
hizo, no sólo en el Ministerio sino en las señaladas operaciones del
sitio y defensa de la plaza de La Habana y de la fortaleza del
Morro". En la misma carta le anuncia que el Ministerio había visto
con la mayor satisfacción las cuerdas operaciones y en la delicada,
así como vigorosa y oportuna oposición que para moderar las
violentas excesivas contribuciones le habían puesto los generales
ingleses por medio de impuestos a los vecinos de la Habana y demás
habitantes de los territorios que dominaban. Por esta oposición
atrajo sobre sí todo el encono y rigor de los conquistadores
Arbemarle y Keppel, los cuales llegaron amenazarlo y
trataron de coaccionarlo seriamente y en diversas ocasiones le
advirtieron: "que de seguir dando las contestaciones que solía hacer
y comportándose en la forma en que lo estaba siendo, se verían
obligados a expulsarlo del territorio".
Una
vez ocurrida la capitulación de la Plaza de La Habana, el Marqués
del Real Transporte ordenó a Montalvo y al comisario de
Guerra Nicolás José Rapún, factor de tabacos, que
permanecieran en La Habana para cuidar de un millar de militares,
marinos y milicianos heridos y enfermos postrados entonces en los
hospitales, y para entregar al vencedor las existencias metálicas,
la escuadra, la artillería, el armamento, los almacenes de
municiones y efectos pertenecientes a la nación. Deber bien doloroso
que les imponía el artículo cuarto de la referida capitulación.
Rapún entregó seiscientos siete mil y cincuenta pesos en
metálico; y Montalvo novecientos veintinueve mil pesos,
juntamente con los buques y las existencias de los almacenes de
tierra y del Arsenal, pero se las diligenciaron para poner a salvo
una gran cantidad de esclavos, bueyes, maderas y otros efectos de
las fortificaciones que ocultaron en varios ingenios y en otros
apartados de la Plaza.
Montalvo
envió aviso reservadamente al ministro de Marina Arriaga,
comunicándole que la recuperación de La Habana sería obra de
contadas horas, una vez que salieran Keppel y Pockoc,
pues estos sólo habían dejado en La Habana siete navíos y menos de
cinco mil hombres de todas armas, y de éstos, la mitad postrados por
sus males. Cuando Montalvo preparaba la reacción en unión de
otros vecinos importantes, llegó a La Habana una noticia inesperada,
apagando de repente el entusiasmo de los conjurados. Súpose que el
22 de noviembre de 1762, se habían firmado los preliminares de un
tratado de paz, con el cual podría La Habana seguir siendo española,
lo que se ratificó en Versalles poco después.
Cuando
el 8 de julio de 1763, llegó a La Habana el teniente general don
Ambrosio Funes de Villalpando y Abarca de Bolea, conde de Ricla,
hijo de los condes de Atarés, para hacerse cargo de la capitanía
General y gobierno de la Isla de Cuba, y recibe el del gobernador
inglés Conde de Albemarle la Plaza de La Habana, se encontró que el
Arsenal de esta ciudad había sido destrozado durante el asedio
británico, por lo que comisionó a don Lorenzo Montalvo para
la reparación del mismo establecimiento que había creado.
Por
sus numerosos y valiosos servicios prestados en Cuba, don Lorenzo
Montalvo Ruiz de Alarcón y Montalvo, se le concedió el título de
Conde de Macuriges, por Real decreto de 2 de mayo de 1765. Fundó
mayorazgo en su hacienda "Macuriges", situada a treinta leguas de La
Habana. Sólo los réditos de los censos que recaudaban sus
descendientes los condes de Macuriges, a mediados del siglo próximo
pasado, ascendían a sesenta mil pesos anuales. Don Lorenzo
casó dos veces en La Habana: la primera, en 1735 con doña Mariana
Bruñón de Vértiz y Arancibia; y la segunda, el año 1743 con doña
Teresa de Ambulodi y Arriola. De su primer matrimonio dejó
entre otros hijos a don José Rafael Montalvo y Bruñón de Vertiz,
que fue segundo conde de Macuriges, y en cuya descendencia continuó
el referido título hasta llegar a don Ramón Montalvo y Fernández
de Guevara, cuarto conde de Macuriges, que falleció soltero en
La Habana el 3 de julio de 1860 declarándose entonces caduco dicho
título por no haberlo reclamado persona alguna hasta el año 1891 que
fue rehabilitado por don Gonzalo Montalvo y Mantilla,
descendiente del primer conde de Casa Montalvo, hermano del segundo
conde de Macuriges.
Por
sus servicios también obtuvo don Lorenzo Montalvo Ruiz de Alarcón,
el título de Conde de Casa Montalvo, para su otro hijo don
Ignacio Montalvo y Ambulodi, debido con su segunda mujer doña
Teresa de Ambulodi y Arriola, en cuya descendencia ha continuado
dicha dignidad hasta don José Montalvo y de la Cantera, que
fue asesinado por los rojos durante la última guerra civil española.
Don José María Montalvo y Orovio, VII conde de Macuriges y
primogénito de este último, pereció combatiendo valientemente en la
citada guerra, dejando varias hijas, entre las cuales doña María
de la Soledad Montalvo y Careaga, es la actual condesa de Casa
Montalvo y de Macuriges.
18
Mayo 1952