La
primitiva Iglesia Mayor Parroquial de La Habana, era un bohío que
estaba situado frente a la plaza de Armas, donde después se
construyó el palacio del Segundo Cabo o Teniente Gobernador de la
Isla, y donde en la actualidad se encuentra el Tribunal Supremo de
Justicia de la República de Cuba.
Ya
existía esta iglesia en 1524, pues desde esa fecha hay constancia
que se obraban diezmos y la cual fue profanada e incendiada por un
corsario francés en 1537, por lo que se ordenó que se celebrará la
misa en el Hospital, que en sus principios había sido capilla y el
cual estaba situado en parte de la manzana donde después se
construyó el convento de Santo Domingo comprendido entre las calles
de O'Reilly, Mercaderes, Obispo y San Ignacio, y cuyo edificio está
dedicado en la actualidad a casa de vecindad.
En
tiempos que gobernaba esta Isla el licenciado Gonzalo Pérez de
Ángulo, en 1550, se comenzó a construir una nueva iglesia,
situada también como la primitiva, frente a la plaza de Armas, en
parte del terreno donde después se hizo el palacio de los Capitanes
Generales y donde hoy se encuentra el Ayuntamiento de La Habana. En
su principio, su construcción era de cal y canto, pero cuando el
saqueo realizado a esta Villa, el 10 de julio de 1555, por el pirata
Jaques de Sores, sin estar aún terminada la Iglesia, fue casi
totalmente destruida. En el cabildo celebrado por el Ayuntamiento el
25 de septiembre de 1556, consta que aún no estaba terminada su
reconstrucción, y que se estaba haciendo de tapia y ladrillo,
habiéndose autorizado en el mismo cabildo, que se enterrara en el
Coro, al referido Gobernador Pérez de Ángulo, por haberse
iniciado durante su mando las obras de construcción.
Don
Juan de Roxas, destacado vecino de la Villa, que en varias
ocasiones había desempeñado el cargo de Teniente Gobernador de la
Isla, costeó en gran parte, de su peculio particular, la
reconstrucción de la referida Iglesia, la cual también fue terminada
con un legado que éste le hizo en su testamento, como así lo hizo
constar ante el Cabildo su sobrino y heredero don Jerónimo de
Roxas Avellaneda, que también fue Teniente Gobernador de la
Isla, en tiempos de don Francisco Carreño, y el cual luchó
tenazmente con el cabildo del Ayuntamiento de La Habana, para que
fueran grabadas en las paredes de la Capilla Mayor de la Iglesia, el
escudo de armas de su ilustre familia de Roxas, lo que pudo
conseguir años después.
En
1573, el obispo Castillo proyectó la construcción de una
torre, y donde Francisco Calona, Maestre Mayor del Castillo
de la Fuerza, trazó su plano; pero a pesar de todos estos trabajos,
en realidad parece que la Iglesia no estaba terminada pues
posteriormente el Cabildo y el Gobernador pidieron ayuda al Rey para
edificar la sacristía, tribunas y torres, informando al mismo tiempo
que la Iglesia carecía de retablo, libros y ornamentos y que sólo
tenía una campana. Las sepulturas que existían dentro de la Iglesia
se vendían y sus propietarios tenían el derecho de sentarse sobre
ellas mientras se celebraba la misa, poniéndose reparo a que las
mujeres invadiesen la capilla, aunque poseyeran un sepulcro allí,
pues el obispo Castillo creía, que aquellos asientos debían
de ser reservados para personas ilustres que ocuparan cargos de
importancia.
El 30
de junio de 1741, voló el navío "Invencible", incendiado por un rayo
en el muelle de la "Machina", ocasionando el sacudimiento grandes
desperfectos a la Iglesia, por lo que fue clausurada, siendo sus
vasos sagrados trasladados al vasto oratorio de San Ignacio, que
hacía pocos años habían edificado los Padres Jesuitas, junto a su
convento y sobre los mismos solares en que se encuentra construida
en la actualidad la Catedral de La Habana. Así terminó la antigua
Iglesia Mayor Parroquial de San Cristóbal de La Habana.
A raíz
del saqueo que le hizo a La Habana un corsario francés en 1527 y en
el cual destruyeron los bandidos de mar su primitiva Iglesia, llegó
a Cuba para tomar posesión del gobierno de la Isla, el adelantado
Hernando de Soto, Caballero de la Orden de Santiago, que traía
la misión de mandar a construir una fortaleza que sirviera de
protección a La Habana, contra los continuos saqueos que le hacían
los piratas, encargando al Capitán Mateo de Aceituno, para
que llevara a cabo las obras de su construcción, nombrándolo al
mismo tiempo, primer Alcaide de dicha fortaleza.
Antes
de emprender su viaje a Cuba el Adelantado Hernando de Soto,
dejó concertado con el Rey la conquista de la Florida, para cuya
empresa salió del puerto de La Habana, el 12 de mayo de 1529, en una
lujosa expedición, acompañado por el Capitán Vasco Porcallo de
Figueroa, importante conquistador y poblador de la isla de Cuba,
a quien nombró teniente general de la malograda expedición que costó
la vida al valiente Adelantado Hernando de Soto, junto al río
Mississippi, el 30 de junio de 1540.
Mientras durara su estancia la Florida, dejó don Hernando de Soto
he encargado el gobierno de la Isla de Cuba, a su mujer doña
Isabel de Bobadilla y como su Teniente a Guerra, al poderoso
respetado vecino de La Habana, don Juan de Roxas, quien
asumió poco después, a la muerte de la Gobernadora el poder absoluto
del mando de la Isla, hasta la llegada del propietario, licenciado
Juan de Avila, el 2 de febrero de 1544.
En
aquella época nadie podía competir en prestigio y poderío en La
Habana, con la familia Roxas. Uno de sus miembros más prominentes
fue don Manuel, que aparece como uno de los primeros
conquistadores y pobladores de la isla de Cuba, adonde llegó en
compañía de su primo el Adelantado Diego Velázquez de Cuéllar
y al cual representó más tarde en la Corte, para acusar de traición
a Hernán Cortés. Después de desempeñar don Manuel de Roxas
multitud de cargos en la Isla, la gobernó dos veces: la primera, a
la muerte de Velázquez, hasta el 14 de marzo de 1525; y la
segunda, desde 1532 hasta el 34.
Don
Juan de Roxas Inestrosa, hijo del referido Manuel, fue
tres veces Teniente Gobernador de la Isla de Cuba, durante los
mandos de los Gobernadores Antonio Chávez, Gonzalo Pérez
de Ángulo y don Pedro Menéndez de Avilés. Casó con Doña
María Cepero y Nieto, que fue una de las víctimas que
ocurrieron en La Habana durante pasaban estos acontecimientos, pues
falleció a consecuencia de una herida recibida por una bala de
arcabuz, mientras se encontraba en la Iglesia asistiendo a una
fiesta religiosa que ella había organizado. A su memoria se le
dedicó un sencillo monumento que ostenta una cruz y un querubín con
otras alegorías funerarias. Este monumento se conservó en la Iglesia
Mayor Parroquial de La Habana y al derribarse esta, en 1772 fue
trasladado a la casa solariega de los Cepero, que estaba situada en
Obispo esquina San Ignacio, donde solían residir los Gobernadores de
la Isla, hasta que se terminó el Castillo de la Fuerza. En la
actualidad se encuentra este pequeño monumento en el Ayuntamiento de
La Habana.
Don
Juan de Roxas y Inestrosa y su mujer doña María Cepero y
Nieto tuvieron por hija a:
Doña
Magdalena de Roxas Inestrosa y Cepero, que casó con don
Alonso Velázquez de Cuéllar, capitán de Caballería, Regidor del
Ayuntamiento, Tenedor de Bienes de Difuntos y Alcalde ordinario de
La Habana, pariente del primer Gobernador de la Isla. De este
matrimonio, desciende toda la antigua nobleza de La Habana.
En
este trabajo no debemos olvidar la familia de doña María Cepero y
Nieto, que pertenecía a una de las principales del país, pues su
padre, el Capitán Francisco, sirvió a Su Majestad en la
pacificación de la Isla, habiendo también desempeñado los cargos de
Escribano Público y de Alcalde ordinario de La Habana en 1543.
Don
Francisco Cepero y Nieto, hermano de María, fue Capitán
de Infantería, y asistió a la conquista de la Florida mandando uno
de los galeones a las órdenes del Adelantado Pedro Menéndez de
Avilés; y su otro hermano, don Bartolomé Cepero y Nieto,
entre otros cargos de importancia que desempeñó en La Habana, obtuvo
el de Gobernador Interino de la Isla, en 1594.
Don
Diego de la Rivera Cepero, miembro también de esta familia, fue
uno de los Cabos principales que acompañaron al Adelantado
Menéndez de Avilés a la conquista de la Florida, el cual nombró
a don Diego, lugarteniente de la isla de Cuba.
Las
familias Sotolongo, Pérez Borroto, Recio, Calvo de la Puerta,
Menéndez de Avilés, Cárdenas, Pedroso, González de la Torre, y otras
aparecen también en La Habana, durante el siglo XVI, ocupando cargos
de importancia y alternando con los Velázquez de Cuéllar, Roxas y
Cepero, anteriormente mencionadas. Los miembros de estas familias se
enlazaron, dando comienzo de esta manera al grupo poderoso de
familias nobles que obtuvieron más tarde títulos nobiliarios en
recompensa a servicios prestados en Cuba, a través de varias
generaciones ilustres.
25
Agosto 1946