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Del
Pasado - Por el Conde San Juan de Jaruco
El Gobierno Inglés en La Habana
El 12
de agosto de 1,762, se firmó con los ingleses la capitulación de la
plaza de La Habana en el cuartel general español establecido en
aquella ocasión en la casa de Aróstegui (sitio donde hoy se
encuentra la “Lonja del Comercio”), suscribiendo el acta por parte
de los ingleses, el teniente general sir Augusto Keppel,
conde de Albemarle, vizconde de Bury, y el almirante sir George
Pockock, caballero de la Orden del Baño; y por parte de los
españoles, don Juan de Prado y Malleza, capitán general y
gobernador de la Isla de Cuba; don Antonio Remírez de Estenoz y
Soto, coronel de Ejército y sargento mayor de la plaza de La
Habana, y don Gutiérrez de Hevia y Bustamante, marqués del
Real Transporte, comandante en jefe de la Escuadra.
De
acuerdo con lo pactado, el 13 de agosto del propio año, el conde de
Abemarle tomó posesión de La Habana y parte de su territorio,
consistiendo el fruto de esta conquista, en una escuadra de 12
navíos de línea y más de diez millones de pesos fuertes entre
caudales en numerario y valores pertenecientes a la Corona, cantidad
que hizo subir más tarde el vencedor a fuerza de violentas
exacciones.
Con el
pretexto de gratificar a los artilleros, según costumbre de aquella
época al conquistar una plaza, exigió el conde de Albemarle al
ilustrísimo Pedro Morell de Santa Cruz y Lora, obispo de La
Habana, la entrega de las campanas de todas las iglesias y
conventos, aviniéndose más tarde a recibir en sustitución diez mil
pesos, prorrateados entre parroquias y monasterios. Poco después,
exigió también el vencedor la entrega de un templo para el culto
protestante y datos sobre rentas y otros ingresos eclesiásticos, a
lo que se negó valerosamente el Prelado, que estuvo a punto de ser
ahorcado, ordenando entonces Albemarle su expulsión del país, por lo
que fue llevado a la fuerza, en hombros de los granaderos ingleses
hasta el buque que lo condujo a San Agustín de la Florida. En el
Colegio Seminario de San Carlos de La Habana, se conserva un cuadro
de mediana ejecución que representa esta última escena.
En
transportes británicos fueron conducidos a España el general Prado,
almirante marqués del Real Transporte, teniente general don José
Antonio Manso de Velasco y Sánchez de Samaniego, conde de
Superunda, virrey del Perú; don Diego Tabares, mariscal de
Campo, ex gobernador de Cartagena de Indias, y más de novecientos
individuos entre oficiales de mar y tierra, tropa y marinería, que
en su mayor parte constituían la guarnición de esta plaza, y otros
que se encontraban de paso en nuestra capital para embarcar hacia la
Península. Sometidos varios oficiales a un consejo de guerra,
presidido por el célebre ministro conde de Aranda, fueron condenados
a distintas penas, entre ellos el general Prado y el almirante
marqués del Real Transporte.
El 25
de agosto de 1,762, más de cien señoras pertenecientes a la mejor
clase del país , dirigieron a Su Majestad una relación muy detallada
del sitio de La Habana, atribuyendo su adverso desenlace a la
incapacidad del gobernador Prado. También la ilustre habanera doña
Beatriz de Jústiz y Zayas, marquesa de Jústiz de Santa Ana,
expuso a la Reina, que la pérdida de La Habana provenía de haber
desatendido el capitán general Prado ideas y ofrecimientos de los
cubanos más prominente, pero el respetable historiador Pezuela
dice: “que sólo debía culparse a la imprevisión del Gobierno
Supremo, la inferioridad de los medios defensivos y la suma
superioridad de las fuerzas y recursos de los ingleses”. Es
indiscutible, que en aquella ocasión se cometieron muchas torpezas y
se dispusieron inútiles medidas, como fueron echar a pique los
navíos “Neptuno” y “Asia”, y encallar al “Europa” para cerrar la
entrada al puerto de La Habana, atravesando al mismo tiempo la
distancia desde la fortaleza del Morro hasta el Castillo de San
Salvador de la Punta, con una cadena de maderos y clavos.
Al
capitular esta plaza, eran alcaldes de La Habana, el licenciado
Pedro de Santa Cruz y Calvo de la Puerta, (hermano del Conde de
Jaruco) y don Miguel Calvo de la Puerta y Arango, (hermano
del Conde de Buena-Vista), y síndico procurador general, don
Felipe José de Zequeira y León, más tarde Conde de Lagunillas.
Por convocatoria del gobernador Albemarle, reunióse el 8 de
septiembre de 1,762 el Ayuntamiento habanero, entre centinelas,
ocupando todo el vestíbulo por granaderos ingleses; presentóse en
traje de gala el Lord, y en un discurso exigió juramento de
fidelidad a su soberano Jorge III: “con romana entereza, con
admirable hidalguía contestó el alcalde Pedro de Santa Cruz, que por
vínculos de sangre y por juramento, él y sus colegas eran vasallos
de Carlos III; que legalmente sólo podía pedirles obediencia
pasiva, y ésta prometían; que en aras de su felicidad, estaban
dispuestos a sacrificar bienes y existencia. Capaz Albemarle de
apreciar tanta nobleza moral, no persistió en su deseo”.
En
aquella ocasión algunos cubanos creyeron que el gobierno inglés se
afianzaría en Cuba, entre ellos, el abogado Sebastián de Peñalver
y Calvo de la Puerta, miembro de una de las más antiguas y
nobles familias del país, que fue teniente de alguacil mayor de La
Habana, receptor de penas de cámara y regidor perpetuo de este
Ayuntamiento. También había obtenido la primera vara de alcalde
ordinario de esta ciudad, y durante el sitio de La Habana por los
ingleses se distinguió notablemente, tanto en el desempeño de sus
obligaciones concejiles y facciones de guerra, como por haber dado
amparo y socorros de todas clases a numerosas familias que se
refugiaron en sus haciendas, por lo que el capitán general de la
Isla lo nombró coronel de milicias de La Habana. Rendida poco
después esta plaza, el vencedor, conde de Albemarle, en el cabildo
que el Ayuntamiento celebró el 31 de agosto de 1,762, lo designó
Teniente de Gobernador de los súbditos españoles, cooperando con los
ingleses en todos los actos que éstos realizaron en La Habana.
Restituida poco después esta Isla a España, fue acusado don
Sebastián de ser adicto a Inglaterra, pasando preso a la Península a
responder a los graves cargos que le imputaron, siendo su causa más
tarde sobreseída por la influencia de sus parientes en Cuba, y
principalmente por el prestigio de su hijo don Gabriel,
creado marqués de Casa-Peñalver en el año de 1,790.
También el ilustre habanero don Gonzalo Recio de Oquendo y Hoces,
VII poseedor del mayorazgo más antiguo de Cuba, se vió complicado en
el problema político de aquella época. Era regidor perpetuo y
alcalde de La Habana, y como alférez mayor de nuestro Ayuntamiento,
había proclamado a Don Fernando VI y a Carlos III como
reyes de España, y cuando la toma de la plaza de La Habana por los
ingleses, el vencedor lo nombró el 14 de septiembre de 1,762,
teniente de gobernador político de La Habana, sustituyendo a
Peñalver en este cargo. Devuelta esta plaza a España , se le formó
causa, la que fue sobreseída poco después, obteniendo con su enorme
influencia en la Corte, el título de marqués de la Real Proclamación
por despacho de 13 de diciembre de 1,763.
Sir
George Keppel,
mariscal de campo, reemplazó el 15 de noviembre de 1,762, a su
hermano el teniente general, conde de Albemarle en el gobierno de la
Isla de Cuba, en donde, si bien trató con más cordura a la
generalidad del vecindario de La Habana, consintió que le afligieran
con muchas vejaciones algunos funcionarios del país que ejercieron
oficios de justicia bajo el dominio extranjero, útil, a pesar de los
males que le acompañaron, por la multitud de brazos negros que se
introdujeron y el repentino ensanche que tomó el comercio. Más de
900 buques entraron en el puerto de La Habana, canjeando todos sus
cargamentos por dinero o por especies en el corto periodo de la
dominación inglesa, que sólo duró diez meses y catorce días. El
gobernador de Santiago de Cuba, don Lorenzo de Madariaga, que
como todas las demás autoridades españolas de la Isla había
desechado y desobedecido las intimaciones que le dirigieron
Albemarle, y después su hermano, reforzó la guarnición del Castillo
de Jagua, puso sobre las armas a todas las milicias de su territorio
y el de Puerto Príncipe, reconcentró en Villaclara y luego en Jagua
algunos piquetes veteranos que no se habían sometido a la
capitulación, y poniéndose de acuerdo con el famoso intendente de
marina don Lorenzo Montalvo Ruíz de Alarcón, más tarde conde
de Macuriges, y los ilustres habaneros coronel don Luis José de
Aguiar, don Agustín de Cárdenas y Castellón, marqués de
Cárdenas de Monte-Hermoso; don Pedro José Calvo de la Puerta y
Arango, conde de Buena-Vista, y otros notables de la capital, se
preparaba a ponerse en marcha para reconquistar la Isla, cuando se
recibieron noticias oficiales de haberse firmado el 10 de febrero de
1,763 en Versalles, un pacto definitivo por el cual se comprometía
la Gran Bretaña a devolver lo adquirido en Cuba, recibiendo en
compensación la Florida y los territorios al E. y al O. del
Mississippi.
20
Junio 1948