La ocupación y
destrucción de la villa de San Cristóbal de La Habana, ocurrida el
10 de julio de 1555 por el pirata francés Jacques de Sores,
bajo el débil gobierno del licenciado Gonzalo Pérez de Ángulo,
alarmó grandemente al virrey de Nueva España y al Consejo de Indias,
pensando en peligro que constituiría la ocupación permanente del
puerto de La Habana por los franceses, creando dificultades en la
comunicación entre Veracruz y Sevilla.
Por esa época,
las calamidades caídas sobre la Isla de Cuba habían consumado la
ruina total de la Colonia. La población blanca había quedado
reducida a treinta y cuatro vecinos con sus respectivas familias,
según la relacción de habitantes enviada a la Corte a raíz del
saqueo de Sores, por don Francisco Pérez Borroto,
escribano público y de cabildo. Los indios, en una condición
miserable estaban dedicados al servicio doméstico de los cristianos,
a pequeños cultivos y a vagar por los campos en busca de elementos
de subsistencia. Varias centenas de esclavos negros, propiedad de la
Corona y de algunos pobladores menos empobrecidos que los demás,
completaban el corto vecindario de La Habana.
Ante esa
situación el Consejo de Indias dispuso reforzar las defensas de la
Villa, dotándola de una guarnición permanente y confiar el gobierno
de la Isla en lo sucesivo, exclusivamente a militares, cuyo primer
deber sería defender una población que comenzaba a considerarse “la
llave de las Indias”, y otros la consideraban como “un puente de
todos los fugitivos para correr todas las Indias”.
En vista de lo
resuelto en la Corte, eligió para suceder al gobernador Pérez de
Angulo, al capitán Diego de Mazariegos, natural de
Zamora, que se había distinguido notablemente junto a Hernán
Cortés, marqués del Valle de Oaxaca, en la conquista de Nueva
España, (México), donde fundó la provincia de Chiapa y varias villas
importantes.
El capitán
Mazariegos, no llegó a ocupar el gobierno de la Isla de Cuba
hasta el 7 de abril de 1556, debido a la dificultad de
comunicaciónes en el lejano lugar donde residía y al mismo tiempo a
la obligación de rendir cuentas antes de embarcar. Su nombramiento
fue acogido con gran beneplácito por los vecinos, debido a lo
aborrecido que era el anterior gobernador y a la fama de hombre
competente para el cargo que traía Mazariegos. Este llego
con un piquete de veinte arcabuceros, seis cañones y doce mil pesos
de asignación anual para los gastos públicos, dedicándose de
inmediato a fortalecer en todo lo posible las plazas fuertes de la
Isla, a lo que cooperaron con el mayor entusiasmo los vecinos
esquilmados por las recientes invasiones que el temible Sores
había realizado, primero en Santiago de Cuba y después en La Habana.
Al poco tiempo
de tomar posesión del gobierno de la Isla, el capitán Mazariegos
ordenó levantar una torre de cal y canto en el promontorio desde el
cual se divisaba unas ocho leguas de las aguas que lo rodeaban,
lugar donde más tarde construyeron en La Habana la fortaleza del
Morro. No quiso reconstruir la primitiva fortaleza de la Villa, casi
destruida por los continuos ataques de los piratas, la cual se
encontraba situada en un saliente que existía en la calle de Chacón
esquina a San Ignacio, comunicando a la Corte que era necesario
construir una nueva fortaleza en la “Plaza de Armas”, en los solares
que ocupaban las casas (sitio donde hoy se encuentra la “fuerza”) de
Juan de Roxas, Melchor Rodríguez, Juan Gutiérrez,
Antón Recio, Alonso Sánchez del Corral, Diego de
Sotolongo, Andrés de Nis, Juan de Roxas Inestrosa
e Isabel Nieto viuda de Cepero, que eran los vecinos más
distinguidos de la Villa, que habían hecho de aquel lugar el primer
barrio aristocrático de La Habana.
Durante el
acertado mando del capitán Mazariegos en Cuba, se ordenó que
en lo adelante residieran los gobernadores en La Habana en vez de
Santiago de Cuba, por cuánto se estimaba que el puerto de esta Villa
era el que servía de parada para las flotas que iban a las Indias.
Igualmente se dispuso en su época, el nombramiento de tenientes
generales que asesoresen y sustituyesen en caso de enfermedad o
ausencia a los gobernadores de la Isla y que habían de ser
forasteros para qué dirimieran toda cuestión de justicia, con
independencia absoluta de relaciones y afectos con los residentes de
la tierra. El primer nombramiento recayó en el licenciado Lorenzo
Martínez Barba.
Acostumbrado el
capitán Mazariegos a concentrar toda autoridad en su persona,
según se practicaba en los pueblos que habían ido fundando y
constituyendo en el virreinato de Nueva España, dictó varias
providencias prohibiendo que se eligiesen alcaldes ordinarios en
Santiago de Cuba y La Habana. Los capitulares de dichas ciudades se
resignaron a ello, tanto en las elecciones del año 1557, como en las
del 58, pero no sin protestar y establecer consiguientes
reclamaciones ante la Audiencia de Santo Domingo y la Corte,
obteniendo poco después de una polémica sin ruidos ni enemistades
personales, el que por ejecutoriales de la referida Audiencia se
devolviera a los Ayuntamientos citados las facultades de ejercer sus
funciones electivas, según consta en el libro de Cabildo de la
sesión celebrada el 28 de marzo de 1558.
Durante el
gobierno del capitán Mazariegos, se calmaron los temores de
corsarios con la venida en el mes de junio de 1556 al mar de las
Antillas de algunas galeras bien armadas al mando del famoso marino
español don Pedro Menéndez de Avilés, el cual, con algunos
golpes y presas en aquel verano le bastaron para purgar aquellas
aguas de piratas. Con esto y con dos flotas que en ese año fondearon
en La Habana a la ida y al retorno de Veracruz, empezó a animarse el
tráfico del puerto con la exportación de cueros y de bastimento y
por lo mucho que hacían pagar sus vecinos a los transeúntes por sus
alojamientos y consumos.
A pesar del
mejoramiento que obtuvo la Isla de Cuba durante el mando del
gobernador Mazariegos, el juego se extendió notablemente y la
conducta privada de los habitantes dieron muestras de una gran
relajación moral. El propio Mazariegos vivió largos años en
concubinato con una hija de su antecesor, licenciado Gonzalo
Pérez de Angulo, y a las censuras que le dirigía el clero por
este motivo, contestaba poniendo en duda la castidad de éste. Era
frecuente el que aparecieran en las calles carteles difamatorios
contra la honra de las personas, y que se produjeran incendios en
venganza de cualquier agravio.
El mando del
capitán Mazariegos en Cuba duró hasta el 19 de septiembre de
1565, en que llegó a La Habana el capitán de galeones don
Francisco García Osorio antiguo oficial de la fracasada
expedición a la Florida del adelantado Hernando de Soto, para
hacerse cargo del gobierno de la Isla de Cuba, y el cual negó
víveres y auxilios de todas clases al gran marino español don
Pedro Menéndez de Avilés, para la conquista de dicha provincia,
por lo que fue preso y enjuiciado García Osorio, siendo
sustituido éste poco después en el gobierno de la Isla de Cuba por
el referido Menéndez de Avilés.
A las pocas
horas de salir de La Habana el capitán Mazariegos acompañado
de sus tres hijos, en dirección a su nuevo destino en Tierra Firme,
estando cerca del Mariel fue sorprendida y apresada su nave por dos
galeras francesas ocupadas por protestantes que se habían sublevado
contra su jefe Ribaud en la Florida, y los cuales ignoraban
que Menéndez de Avilés andaba por estos mares comisionado por
don Felipe II para destruír las colonias francesas
establecidas en dicha provincia. Los jefes de los sublevados eran
los luteranos Farnoux, Etienne y Lacroix, que
ansiosos de dinero dieron fácil oído a las ofertas de rescate que
les hizo el astuto capitán Mazariegos, diciéndoles que había
dejado en La Habana bajeles rezagados debido a las tormentas que
había sufrido. Anclado los tres barcos en el Mariel, le permitió
Farnoux al capitán Mazariegos, que éste escribiera a su
vista una orden a su esposa, que aún residía en La Habana, para que
le enviara sin detención alguna la suma del rescate, y que uno de
sus hijos llevara por tierra esa misiva. El francés vio la orden
escrita, pero no se dio cuenta de la contraorden verbal que el padre
indicó al hijo al tiempo de entregarsela. El joven Mazariegos
provisto de caballo en una hacienda próxima, tardó muy pocas horas
en dar cuenta del apuro de su padre al gobernador de la Isla.
García Osorio, él cual asimismo comunicó a Menéndez de Avilés
lo que ocurría, despachando este inmediatamente una fragata y dos
pataches bien armados para combatir a los franceses. Trabajó en el
Mariel una refriega breve, pero recia, en la cual recobraron su
libertad Mazariegos y sus hijos. Farnoux, Etienne
y Lacroix con veintidós luteranos lograron tomar el largo
peleando con la más andadora de sus galeras. Seis franceses murieron
en el combate, y todos los demás, como cuarenta, fueron llevados
prisioneros a La Habana y remitidos luego a disposición de la
Inquisición de Sevilla, donde confesos de sus herejías sufrieron los
castigos que solía aplicar aquel tribunal inexorable.
29
Abril 1952