El 27
de septiembre de 1647, fue nombrado gobernador y capitán general de
la Isla de Cuba, el maestre de campo don Diego de Villalba y
Toledo, caballero de la orden de Santiago, y por su lugar
teniente al licenciado Francisco de Molina.
El
gobernador Villalba luchó valientemente contra los bandidos
de mar, y muy especialmente con los que habitaban en la casi
desierta Isla de la Tortuga, situada próxima a la costa
septentrional de Cuba, en poder unas veces de los ingleses y otras
de los franceses, que era un nido formidable de piratas, una
asociación, centro común de todos ellos, un mercado casi
internacional al cual concurrían a abastecerse y a canjear o vender
sus mercaderías y el botín de que se apoderaban en sus incursiones.
Atacaban con la mayor crueldad con sus barcos ligeros denominados
fly boats a toda embarcación de cualquier nacionalidad, prefiriendo
a los españoles, por ser estos piratas en su mayor parte ingleses,
franceses y holandeses, los cuales decían descaradamente, "que se
habían arrogado el derecho de vengar todos los abusos que los
grandes capitanes de la Conquista española, habían cometido con los
indígenas de América".
A
fines del mes de agosto en 1643, una nave filibustera de mayor porte
de las que solían usar estos bandidos, después de apresar dos barcos
costeros de Cuba, tuvo la arrogancia de insultar a La Habana,
cruzando muy despacio delante de sus fuertes, sabiendo que en él
puerto no había en aquel momento ninguna embarcación capaz de
salirle al encuentro. El capitán general Villalva, indignado
con semejante osadía, ordenó inmediatamente que armasen dos pequeños
navíos con algunas piezas de artillería y soldados, para que
apresasen al atrevido filibustero, pero éste huyó, con tan mala
suerte para los perseguidores, que habiendo tenido que entrar en uno
de sus puertos costeros para estrellarse, encallaron, teniendo el
gobernador que enviarles socorros, los cuales originaron gastos, que
para pagarlos motivaron la creación de una sisa sobre el vino,
contribución que subsistió por mucho tiempo y que sirvió de
precedente para otros casos de urgencia que se presentaron después.
Desde
el mes de marzo hasta octubre de 1649, asoló a la Isla una terrible
epidemia desconocida en aquella época, que se supuso fue introducida
por buques procedentes de Portobello y Cartagena de Indias, en que
una tercera parte de la población de La Habana fue devorada por una
fiebre pútrida que arrebataba a los atacados en tres días.
Villalba se condujo con gran humanidad, demostrando un gran
celo, improvisando varios hospitales para los pobres, a los que
visitaba diariamente haciéndoles regalos a los enfermos, hasta que
al fin contrajo dicha epidemia, de la cual se curó tiempo después,
habiendo gobernado la Isla durante su ausencia, primeramente, su
lugar teniente don Francisco de Molina en lo político y en lo
militar, don Lucas de Carvajal alcaide de la fortaleza del
Morro, pereciendo víctima del mal el primero, que fue sustituido en
el cargo, primero, por el licenciado Pedro Pedroso y García,
y después por don Fernando de Tovar y por don Pablo
Olivares, que también fallecieron a causa de la terrible
epidemia.
Durante esa enfermedad dieron gran ejemplo de humanidad los
religiosos establecidos en la Isla, recibiendo en sus conventos a
los contagiados por tan horrible mal, amparándolos y hasta
enterrando ellos mismos a los muertos en los cementerios que se
destinaron para ese efecto, destacándose entre esos sacerdotes por
su caridad evangélica el padre Antonio Jesús María. El cual,
pasados los días de aquel azote, supo recordarlos durante un Te-Deum
que se celebró en la Parroquial Mayor de La Habana, con las
siguientes palabras que pronunció: “lloraban los más tiernos niños
su orfandad, los más robustos jóvenes su desamparo, y su viudez
muchos que acaban de celebrar sus bodas. No hay casa donde no hay
duelo, y en muchas no quedó ni quien llorara. ¡Oh, Señor! Cuántas
veces vi cadáveres privados del infausto beneficio de la sepultura,
deseando mi compasión dar los hombros al helado peso, pero la
necesidad de los que agonizaban me limitó a encomendarlos a vuestra
clemencia”.
El ya
mencionado licenciado Pedro Pedroso y García, lugar teniente
de la Isla de Cuba, por fallecimiento del auditor Francisco de
Molina, víctimas ambos de la horrible epidemia, adquirió en 1628
un oficio de regidor del Ayuntamiento de La Habana, que vinculó en
su familia por juro de heredad, y el cual pertenecía a una de las
más esclarecidas familias de la ciudad, donde años después, varios
miembros de ella obtuvieron los títulos de Conde de Pedroso y Garro,
y de Marqués de San Carlos de Pedroso. El referido don Pedro,
era hermano de don Pablo Pedroso y García, natural de Alcalá
la Real y originario del antiquísimo solar de Pedroso, en Logroño,
que fue tronco inicial de esta noble familia en Cuba, establecida en
La Habana a fines del siglo XVI, donde fue don Pablo capitán
de Caballos, alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición y
alcalde ordinario de esta ciudad. De sus dos matrimonios efectuados
en la Parroquial Mayor de la Habana, dejó una dilatada y noble
sucesión, que desempeñó los primeros cargos públicos en esta
capital, habiendo probado su nobleza varias veces sus miembros para
ingresar en las Ordenes Militares de Alcántara, Calatrava, Santiago
y Montesa.
Una
vez restablecida la calma en Cuba, por haber cesado la epidemia,
fueron entregados todos los asuntos de justicia y contenciosos al
nuevo auditor de la Isla de Cuba, don Cristóbal de Aragón,
pudiendo entonces el capitán general Villalva dedicarse a
otros asuntos de importancia, como fueron ampliar muchas troneras en
los castillos de la Fuerza y de la Punta, abrir un foso en el fuerte
de Cojímar y dar distintas órdenes a los jefes del las galeotas y
buques corsarios al servicio de Cuba, para que se limitarán a cuidar
la costa septentrional entre Cabañas y Matanzas, los cuales
sostuvieron combates repetidos y a veces muy felices contra los
piratas, regresando a La Habana con mucha frecuencia trayendo
colgado en sus arboladuras, como trofeos de victoria, los cuerpos de
los filibusteros apresados, pero a pesar de esta vigilancia no
pudieron evitar que en los últimos días del mes de agosto de 1652,
una banda de bandidos de la Isla de la Tortuga, saqueara una vez más
a la sufrida villa de San Juan de los Remedios, llevándose las joyas
y vasos sagrados de la Iglesia, así como a varios hombres, mujeres y
niños principalmente, ejerciendo las más crueles represalias sobre
todo su vecindario desarmado y débil. La mayor parte de sus
habitantes se fugaron con sus familias a los montes, limitándose a
hacer rogativas y organizando procesiones para pedir a Dios que los
piratas devolvieran a los prisioneros que fueron inhumanamente
conducidos a la Isla de la Tortuga, donde tenían el depósito
principal de sus rapiñas. Los continuados saqueos por parte de los
piratas que sufrió San Juan de los Remedios, dieron lugar a pensar
el traslado de la villa para otra comarca cercana, que estuviera
situada más lejos de la costa, haciendo de esta idea, años después,
la fundación de Villaclara.
El
gobernador Villalba para atender también a la defensa de La
Habana, contra los ataques de los piratas, organizó una compañía de
jinetes milicianos, cuyo mando confirió a don Martín Calvo de la
Puerta y Arrieta, familiar del Santo Oficio de la Inquisición,
que era uno de los vecinos más prestigiosos de La Habana, fundador
de la conocida obrapía que lleva su nombre, y progenitor de los
Condes de Buenavista, marqueses de Casa Calvo.
El
capitán general Villalva, tenía por costumbre halagar mucho a
los miembros del cabildo del Ayuntamiento y a los notables de La
Habana, asistiendo siempre afablemente a sus fiestas y banquetes.
Por eso se explica los públicos elogios que le tributaron en varias
sesiones del Ayuntamiento, y a las repetidas recomendaciones que
dirigieron en distintas ocasiones al Rey, pero el gobernador
Villalva tuvo menos acierto en el trato con el contador Pedro
de Santa Cruz y Beitia, fundador del Real Tribunal de Cuentas,
que molesto por las continuadas e injustas intervenciones que le
hacían de sus operaciones, elevó a Su Majestad un memorial en el que
acusaba al capitán general Villalva de serias demandas de
desórdenes positivos y de introducción y ventas clandestinas que se
venían realizando en el país, con anuencia del referido Capitán
General, dando lugar esta denuncia a que fuera destituido don
Diego de Villalva y Toledo, del cargo de gobernador y capitán
general de la Isla de Cuba, encargándose de residenciarlo el
licenciado don Francisco de Pantoja y Ayala, oidor de la Real
Audiencia de Santo Domingo, que a la sazón desempeñaba otra comisión
semejante en la provincia de Campeche, México. El maestre de campo
don Francisco Xelder, caballero de la orden de Calatrava fue
nombrado el 28 de marzo de 1653, para sustituir en el gobierno y
capitanía General de la isla de Cuba a don Diego de Villalba y
Toledo.
Dos
siglos después, otro prestigioso funcionario en Cuba, el conde de
Villanueva, hizo saltar a otro capitán general, a don Miguel
Tacón y Rossique, duque de la Unión de Cuba y marqués del Bayamo,
aunque por distintos motivos, a pesar de haber sido grandes amigos.
25
Mayo 1952