Sir
George Keppel, tercer conde de Albemarle nacido en Londres el 8
de abril de 1724, de ilustre alcurnia, era hijo de un gran señor
flamenco de la provincia de Gueldres, privado del príncipe de
Orange, que trasladó su residencia para Inglaterra. Sir George,
hizo sus primeras armas en la campaña de Holanda contra los
franceses y en 1745 asistió a la batalla de Fontenay como ayudante
del duque de Cumberland, hermano de Jorge II,
habiendo ascendido poco después a Mariscal de Campo por sus acciones
de guerra en Culloden. En 1757, por la muerte de su padre, heredó
los Estados y el título nobiliario de conde de Albemarle, que
remonta su antigüedad al año 1697.
A
principios de 1762, Albemarle fue ascendido a Teniente
General, en los momentos en que Inglaterra tenía ya ha resuelto
declarar la guerra a España, teniendo entre sus planes emprender la
conquista de la Isla de Cuba. En Londres se preveía la adquisición
de un gran botín en La Habana y el duque de Cumberland,
protector de la familia Keppel aseguró a tres miembros de ésta
mandos de categoría en la expedición que había de llevarse a cabo
para la conquista de esta Isla.
Efectivamente, una vez declarada la guerra a España y acordada la
conquista de la Isla de Cuba, se entregó el mando del ejército al
conde de Albemarle en la escuadra de sir George Pockok,
encargada hasta entonces de proteger las posesiones inglesas de las
Antillas. Formaban parte también esta expedición el comodoro sir
Augusto (más tarde almirante, vizconde Keppel y barón de Elden),
y el general Guillermo Keppel, hermanos menores de
Albemarle.
El 6
de junio de 1762, pusieron cerco a La Habana con doscientas
embarcaciones de distintas clases, ocho mil doscientos veintiséis
marineros de las tripulaciones, doce mil cuarenta y un soldados de
desembarque, dos mil negros y sesenta hombres de Sanidad Militar,
comenzando, con arreglo a las instrucciones que traían del almirante
Knowles, por batir la torre de Cojímar defendida por
cuatrocientos hombres al mando del general Caro, al cual hicieron
retirar con sus tropas, procediendo entonces los ingleses al
desembarco por ese lugar y por Bacuranao.
A los
dos meses de haber iniciado los ingleses el asedio, a pesar de la
valiente y vigorosa resistencia que encontraron, se apoderaron de La
Habana, llamada la "Reina de las Indias". Durante ciento cincuenta
años a partir de la fecha en que el corsario Drake emprendió
varios intentos contra esta capital, ésta había burlado todos los
esfuerzos de los británicos por acercarse a sus vírgenes muros. Se
le consideraba a La Habana inexpugnable, inviolable, símbolo del
poder de España.
Al
siguiente día de la capitulación la lista de las bajas inglesas
acusaba mil ochocientos muertos, sin contar miles de enfermos y de
heridos, muchos de los cuales morían diariamente. Durante todo el
otoño, las enfermedades continuaron sus estragos. En los primeros
días de octubre las listas acusaban quinientos sesenta muertos de
heridas y no menos de cuatro mil setecientos de enfermedades. El
número total de los muertos representaba la tercera parte de la
fuerza británica que había tomado parte en el sitio, sin contar
otros centenares que murieron en Inglaterra o en las colonias del
norte, o que escaparon a la muerte sólo para llevar en lo adelante
una existencia precaria, a causa de una salud quebrantada
irreparablemente. Incluso Albemarle, fue un hombre enfermo
para todo el resto de su vida.
Las
pérdidas españolas durante el sitio fueron veintidós jefes muertos,
más trescientos cincuenta y ocho soldados de la marina, el ejército
y las milicias. Los heridos sumaron veintitrés jefes y un mil
cuatrocientos setenta soldados; los prisioneros, algo más de
quinientos entre marineros, soldados y milicianos.
El
botín obtenido por los ingleses fue enorme junto con la ciudad
hubieron de rendirse nueve buques de línea, tres más habían sido
hundidos a la entrada del puerto de La Habana, y dos que estaban
próximos a ser terminados en el astillero, pasaron a poder de los
vencedores. Los catorce buques mencionados, constituían la quinta
parte de toda la fuerza naval de España. A estas pérdidas navales
debían añadirse seis fragatas reales y varios barcos correos
capturados, bien en el puerto o en diversas oportunidades, más un
buque de sesenta y ocho cañones y seis fragatas armadas en tierra
pertenecientes a la Real Compañía de Comercio. En cuanto los buques
mercantes apresados por la marina inglesa, sumaban no menos de cien.
Completábase el botín con más de cien cañones de bronce, grandes
cantidades de efectos militares y un abasto enorme de mercaderías.
La suma conquistada en efectivo como botín, distribuida por igual
entre el ejército de la marina, se elevó a unas setecientas
cincuenta mil libras esterlinas. Los jefes, desde luego, tomaron la
parte del león, según las reglas de distribución que para tales
casos prevalecían en Inglaterra. Pockok y Albemarle
alcanzaron ciento veintidós mil libras esterlinas cada uno. Los tres
hermanos Keppel, en su conjunto, ciento cincuenta mil libras,
o sea, más de un quinto del total. La parte de Pockok, dice
un famoso historiador y crítico inglés, estaba bien pagada, aunque
sólo fuese por haberle dado a Inglaterra, con lord Clive, el
imperio de la India.
La
participación que Albemarle obtuvo en el reparto del botín no
fue la única suma que el Conde sacó de La Habana. Dentro de las
prácticas inglesas, en el botín entraban las campanas de los
templos. Para que estos no fuesen despojados, el obispo Morell de
Santa Cruz pagó diez mil pesos. Posteriormente, de una manera
indirecta pero firme, Albemarle exigió del clero otra suma de
cien mil pesos, la cual al fin y al cabo, quedó reducida a setenta
mil. Los vecinos, por su parte, se vieron obligados a hacerle una
donación gratuita de doscientos treinta mil pesos, que al principio
se había pretendido que fuese de cuatrocientos mil. Las dos últimas
cantidades fueron aportadas a prorrata por los eclesiásticos y los
habaneros más acomodados.
A
pesar de los fuertes rozamientos que tuvieron las autoridades
británicas con el obispo José Agustín Morell de Santa Cruz,
los vecinos de La Habana no sufrieron la menor molestia en sus
prácticas religiosas, pero el irascible obispo, al final tuvo que
ser deportado para la Florida.
En
España, los honores de la brillante defensa correspondieron en
primer lugar a los héroes de la Fortaleza del Morro: don Luis
Vicente de Velasco e Isla, y a su segundo, el marqués
González. Los cuales:
Don
Luis Vicente de Velasco e Isla, natural de Noja, en Santander,
se encontraba de paso en La Habana, con el grado de Capitán de
Navío, cuando ocurrieron estos acontecimientos. Se encargó del
gobierno del Morro, donde se inmortalizó en su defensa, muriendo de
las heridas recibidas en brazos de su sobrino, siendo sepultado en
el convento de San Francisco. A su memoria se levantó una estatua en
Noja, que le representa con la mano izquierda puesta en la herida y
blandiendo la espada con la derecha. En Inglaterra también
perpetuaron su heroísmo levantando de una estatua en la Abadía de
Westminster, en unión de su compañero, don Vicente González de
Bassecourt, marqués González, capitán de Navío y Caballero de la
Orden de Santiago, que también murió acribillado de balazos
defendiendo la fortaleza. Por Real Orden se dispuso que
perpetuamente la Armada española tuviese un barco con el nombre de
Velasco, y por un Real Despacho se le concedió a su hermano Iñigo
José de Velasco e Isla, el título de marqués de Velasco. También
Su Majestad premió los servicios del marqués González,
concediéndole a su hermano el título de conde del Asalto del Morro.
En
Cuba, los que más se distinguieron en su actuación durante el asedio
fueron: don José Antonio Gómez y Pérez Bullones, el valiente
guerrillero conocido por "Pepe Antonio"; don Lorenzo Montalvo
Ruiz de Alarcón, el famoso Intendente, a quien llamaba
Velasco su consuelo por la ayuda que le prestaba en la defensa
del Morro; don Laureano Chacón y Torres, hermano del segundo
conde de Casa Bayona, que trató de luchar para recuperar a La
Habana; a don Agustín de Cárdenas y Castellón, a don Pedro
José Calvo de la Puerta y Arango, y a don Felipe José de
Zequeira y León, que obtuvieron por su actuación sus títulos
nobiliarios, al coronel don Antonio Fernández Trebejo y Zaldívar,
ingeniero militar, que en unión de don Luis José de Aguiar y
Pérez de la Mota, coronel de ejército, lucharon hasta el fin
para defender el torreón de la Chorrera y la playa de San Lázaro.
La
hidalga y valiente actitud asumida por el Cuerpo Municipal de La
Habana ante el Conquistador, representa uno de los actos de mayor
patriotismo y de caballerosidad de nuestra historia colonial:
"Citados por el gobernador conde de Albemarle, los miembros
del Cabildo del Ayuntamiento habanero, el 8 de septiembre de 1762
para junta extraordinaria, y entrando en la Casa Consistorial entre
las filas de una compañía de granaderos y entre los centinelas
colocados en las puertas y hasta la sala de sesiones, no les
sobrecogieron estos aparatos. Por gran reserva que sobre el objeto
de la convocatoria hasta allí hubiera guardado el general lord
inglés, detrás de ellos entró resplandeciente con sus insignias y
veneras, lo adivinaron los Municipales, cuyo patriotismo no desmayó
ante aquellos preludios de violencia. Albemarle abrió la
discusión como un discurso que explicó el intérprete don Miguel
Brito, declarando al Ayuntamiento que conquistada la ciudad por
las armas del rey Jorge III, éste era ya el verdadero
soberano a quien debían jurar obediencia y vasallaje. A esta
exigencia, un destello de altivez nacional brilló en los rostros de
los capitulares y una intrépida voz se alzó al instante a
interpretar sus sentimientos: Milord, exclamó el alcalde don
Pedro de Santa Cruz y Calvo de la Puerta, somos españoles y no
podemos ser ingleses; disponed de nuestros bienes, sacrificad
nuestras vidas antes de exigirnos juramento de vasallaje a un
príncipe para nosotros extranjero. Vasallos por nuestro nacimiento y
nuestra obligación jurada del señor don Carlos III, rey de
España, ese es nuestro legítimo monarca y no podríamos sin ser
perjuros jurar a otro. Los artículos de la capitulación de esta
ciudad no os autoriza legalmente más que a reclamar de nosotros
obediencia pasiva, y ésta, ahora os la prometemos de nuevo y
sabremos observarla. Por decidido que fuera el Conde de Albemarle
a la sesión a conseguir su objeto, hallaron tan nobles sentimientos
secreto eco en el pecho del caballeroso magnate inglés, que ayer
representaba a tan gran pueblo. Dejó libre de jurar o no jurar al
los Municipales, y las palabras del alcalde Santa Cruz se
escribieron en el Acta de aquella sesión inolvidable. La página
mugrienta ya, que las recuerda en los libros del Ayuntamiento de La
Habana, brilla como la más gloriosa de su historia. Hasta dos
regidores que se desentendían ya con su conducta de tan patriótica
protesta, se adhirieron al voto de los otros, si no con los deseos a
lo menos con la firma".
Después de permanecer en La Habana unos tres meses marchó el Conde
de Albemarle para Inglaterra el 15 de noviembre de 1762 en el
navío "Rippon", llevándose dos buques que habían sido apresados en
La Habana, dejando su lugar en esta capital a su hermano el mariscal
de campo sir Augusto Keppel, hasta el mes de agosto de 1763
en que llegó a La Habana el teniente general don Ambrosio Fulnes
de Villalpando y Abarca de Bolea, conde consorte de Ricla e hijo
menor de los condes de Atarés, que venía a tomar posesión de la Isla
de Cuba de acuerdo con el artículo 19 del Tratado de Versalles.
El
Conde de Albemarle, gentilhombre de cámara del duque de
Cumberland, continuó al servicio de su Gobierno hasta su
fallecimiento ocurrido el 13 de octubre de 1772. Había casado en
Londres el 20 de abril de 1770, con Ana Miller, hija menor de
sir Juan, baronnet de Chichester y conde de Susseux, dejando
un niño de tres meses.
13
Julio 1952