El 23
de octubre de 1634, tomó posesión del gobierno y capitanía General
de la Isla de Cuba, el maestre de campo don Francisco Riaño y
Gamboa, natural de Burgos, Caballero de la Orden de Santiago. La
nave en que venía de Cádiz la estrelló una tempestad sobre la costa
del Mariel, por lo que desnudo y hambriento sólo pudo salvar su
persona y sus papeles.
Poco
tiempo después de iniciar su mando en Cuba, el temible pirata
Cornelio Vols, más conocido en su tiempo por el mote de "Pie de
Palo", por haber perdido una pierna cortada por una bala de cañón en
un combate naval, y que había llegado a ser almirante de la flota
holandesa por sus proezas, apareció con dieciseis galeones sobre las
costas de esta Isla. La rica flota de Veracruz, próxima a salir del
puerto, cuyo numérico sólo ascendía a más de veinte millones de
pesos, habría infaliblemente caído en sus manos, si Riaño no
se hubiese apresurado avisar al virrey de México, cuales eran las
fuerzas y la situación del enemigo. Este aviso lo llevó a Veracruz
don Francisco Poveda, el práctico más atrevido e inteligente
del puerto de La Habana. Pero los pocos galeones que venían de
Portobelo y Chagres al mando del marqués de Caracena, sin recibir
aviso alguno, se encontraron en las aguas de Cabañas con la escuadra
holandesa y no pudieron evitar uno de los combates más sangrientos,
aunque felizmente más gloriosos para la marina española. Seis
galeones cargados de riqueza pelearon contra dieciseis animados por
la pericia de su jefe. El mar se enrojeció de sangre en aquel sitio.
El marqués de Caracena, que como "Pie de Palo" salió de la refriega
herido, no sólo salvó sus naves, sino que persiguió a los holandeses
y les echó algunas a pique, pudiendo refugiarse luego en el puerto
de La Habana para reparar sus infinitas averías.
El
capitán general Riaño trajo la comisión especial a Cuba de
poner en orden todo lo referente al Fisco que hasta entonces estaba
en manos de los contadores y tesoreros de la Real Hacienda, para que
les tomase cuenta a éstos y arreglaran mejor la administración de
Rentas Reales.
Todo
el período de su mando lo concretó casi exclusivamente a tomar
cuentas a los empleados de Hacienda, a variar su personal, cobrar
atrasos a los deudores del Fisco y establecer arancel fijo de
derechos de importación y de consumo, arreglando también los
aranceles de Aduanas e introduciendo todas las reformas que acababan
de establecerse en México y otras provincias americanas.
En
cuanto a la toma de cuentas, tuvo Riaño que apelar a medios
represivos y violentos que ocasionaron algunos incidentes
deplorables, como fue el que ocurrió al alférez Agustín Pérez de
Vera, enviado a Sancti Spíritus a ejecutar sus providencias, al
cual lo mataron allí a lanzadas en los últimos días del mes de enero
de 1637, obligando al gobernador a mandar al capitán Melchor
Reyes de Toledo con alguna tropa y con el título de su teniente
general para apresar y castigar a los delincuentes, sin que lo
lograra, pues éstos se fugaron al enterarse del envío de tropas,
quedando impune el delito cometido.
El
gobernador Riaño se encontró, que desde el comienzo de la
administración en Cuba, los oficiales reales de Hacienda, encargados
de las recaudaciones de rentas de esta Isla, Santo Domingo, Puerto
Rico, Jamaica y la Florida, daban cuenta de sus operaciones al
Tribunal de Cuentas establecido en México, dando lugar esta
distancia a errores y fraudes que eran de esperarse con grandes
perjuicios para el Fisco. Un regalo, un empeño dirigido por el
interesado al funcionario que influyese en las resoluciones,
dilataba la revisión de las cuentas de Cuba largos años, y no era
raro, cuando apareciese el alcance, hubiesen desaparecido hasta del
mundo de los vivos el oficial real, el deudor y hasta la fianza. Así
lo acreditaban dos ejemplos, entonces muy recientes, los del
tesorero Lupercio de Céspedes y del contador Juan de
Guiluz. Creyó Riaño que se extinguieran esos abusos
estableciendo el La Habana una Contaduría que interviniese, además
de todas las cuentas de esta Isla, todas las de las islas de
Trinidad y Puerto Rico, naciendo de este principio la idea del
establecimiento de un Tribunal de Cuentas en La Habana.
Obtuvo
Riaño mejor éxito en plantear sus aranceles, recibiendo sin
disgustos por la moderación de las tarifas que implantó, las cuales
fueron aprobadas por el Rey con el nombre de arbitrio de Armadilla.
Desde
entonces se reformaron todos los gravámenes de introducciones de
mercancías y géneros procedentes de Nueva España, Campeche,
Honduras, Caracas, Maracaibo, Guayaquil, Tabasco, Río de la
Magdalena, y de cualquier otro punto de América, destinándose los
fondos que producían para conservar la Armardilla de galeones
guardacostas, y que, como todas las contribuciones, que casi nunca
cesan con el motivo que las dicta, se aplicaron a otras necesidades
después que aquellos buques desaparecieron. Por lo demás, en nada se
alteraron con los aranceles de Riaño los derechos
anteriormente planteados sobre productos y consumos. Los de la
importación y exportación para España siguieron como antes.
Noticioso el Consejo de Indias de las irregularidades que
continuaban ocurriendo en Cuba con las recaudaciones del Estado a
pesar de las reformas y buenos deseos que animaban al capitán
general Riaño, ordenó la creación de un Tribunal de Cuentas
en La Habana, eligiendo para su fundación por comisión particular,
el 20 de marzo de 1638, al licenciado Pedro Beltrán de Santa Cruz
y Beitia, con facultad para intervenir también en las
operaciones de las referidas islas de Barlovento, y el cual fue
confirmado en el cargo de contador mayor por real cédula dada por
don Felipe IV con fecha de 13 de mayo de 1639. Hasta entonces,
conforme a la Ley primera del 24 de agosto de 1605, sólo se habían
fundado en Indias tres Tribunales de Cuentas: uno de ellos, en el
Perú; otro en Santa Fé (Colombia), y el tercero en Nueva España
(México).
El
referido licenciado Pedro Beltrán de Santa Cruz y Beitia,
nacido accidentalmente la ciudad de Quito y de familia oriunda de
Canarias, fue tronco inicial de esta noble familia en Cuba.
Desempeñó el cargo de contador mayor del Real Tribunal de Cuentas de
la Isla de Cuba, por espacio de treinta y dos años y entre sus
numerosos servicios prestados en nuestro país, aparece su proyecto
de surtir de agua a La Habana, trayéndola del río Armendares por
medio de una zanja, para hacerlas derramar en la bahía de esta
ciudad, pero no se llevó a cabo su proyecto. En primero de enero de
1669, salió electo alcalde ordinario de La Habana. Casó en la
catedral de esta ciudad el 22 de diciembre de 1633, con la ilustre
habanera doña Isidora de Noriega y Recio, hija del sargento
mayor don Alonso de Noriega y Venegas, alcalde de la Santa
Hermandad, y de doña María Recio y Sotolongo, descendiente de
los primeros pobladores de la Isla.
Los
descendientes del contador Pedro Beltrán de Santa Cruz y Beitia,
continuaron prestando numerosos servicios en nuestro país, pudiendo
considerarse a esta familia, como una de las que más han contribuido
al desarrollo y fomento de la Isla de Cuba, en todas las ramas de la
actividad humana, durante los últimos trescientos años de la
dominación española; en consideración a ello, los Reyes don Carlos
III y don Carlos IV, concedieron a varios miembros de esta familia
los títulos de conde de San Juan de Jaruco, con la jurisdicción
civil y criminal en Primera Instancia, anexa a la Vara de Justicia
Mayor de la población de este nombre, y de conde de Santa Cruz de
Mopox, con Grandeza de España; así como también a don Agustín de
Santa Cruz y Castilla, se le prometió el condado de Santa Cruz
de Cumanayagua, por haber donado al Estado las tierras en que está
fundada la ciudad de Cienfuegos, a cuyo fomento y desarrollo
contribuyó notablemente. En los respectivos Reales despachos de las
concesiones de estas dignidades, se hace constar que éstas fueron
otorgadas principalmente por los servicios prestados por esta
familia en Cuba, teniendo igualmente en consideración, que los
miembros de este linaje han estado sirviendo a la corona desde
mediados del siglo XIV.
11
Mayo 1952