Por
primera vez en la Historia, tenemos un Cardenal cubano, hecho por Su
Santidad, en la persona del culto e ilustre Monseñor Manuel
Arteaga y Betancourt, descendiente por todas sus líneas de las
más antiguas y nobles familias del país.
Es
indiscutible que los grandes méritos de nuestro ilustre prelado han
contribuido notablemente para que Su Santidad nombrara en Cuba a un
cardenal. Por ello, debemos tener presente el gran prestigio que Su
Eminencia Arteaga ha dado a Cuba en el extranjero.
Hace
algunos años conocí al nuevo Príncipe de la Iglesia cuando era
Provisor y Vicario General del Obispado de La Habana, apercibiéndome
desde el primer momento que trataba no sólo con un culto y virtuoso
sacerdote, sino con un gran SEÑOR; por ello, todos los católicos,
todos los que hayamos heredado o conquistado alguna posición social
respetable en el país, debemos considerar este nombramiento como
algo nuestro, pues desgraciadamente, en los tiempos actuales, no es
frecuente que recaigan cargos de importancia en personas de tantos
méritos personales y de tan distinguido origen.
Entre
otras mejoras realizadas en la Iglesia durante su corto período de
Arzobispo de La Habana, merece mención especial el hermoso seminario
"El Buen Pastor", situado en Arroyo Arenas.
A sus
grandes méritos personales, podemos agregar que su familia viene
sirviendo a Cuba desde hace cerca de cuatro siglos, pues don
Martín de Arteaga y Eraso, natural de Sevilla y de origen vasco,
capitán de Navío de la Real Armada, fue el primero de esta familia
que se estableció en la Isla, dando origen a una noble y dilatada
sucesión. Casó en la Catedral de La Habana el cuatro de marzo de
1635, con doña Catalina de Roxas Sotolongo y Muñoz, miembro
de la Casa más antigua de Cuba. Su hijo, el capitán Ubaldo de
Arteaga y Roxas Sotolongo, fue alcalde ordinario y de la Santa
Hermandad de La Habana y don Francisco de Arteaga y Castro
Palomino, también desempeñó este último cargo.
El
capitán Gaspar de Arteaga y Roxas Sotolongo, pasó a la villa
de Puerto Príncipe, donde casó con doña Ana de Varona y Barreda,
miembro también de las grandes familias de Bayamo y Camagüey. Dieron
origen a una numerosa y distinguida descendencia que brilló durante
toda la época colonial y después en las guerras del 68 y del 95.
El
capitán Fernando de Arteaga y Varona fue sargento mayor de
Milicias y alcalde ordinario de Puerto Príncipe.
Don
Juan de Arteaga y Varona fue alcalde en 1754 y su hermano
Ubaldo fue párroco de la Soledad y después de la Catedral, y su
otro hermano Esteban, desempeñó el cargo de teniente de
Alguacil Mayor de la villa.
El
capitán Diego Félix de Arteaga y Varona fue alcalde ordinario
y administrador de la Real Hacienda.
Don
Jerónimo de Arteaga y Agramonte fue Regidor del Ayuntamiento y
alcalde ordinario, y su hermano Ubaldo también fue Regidor de
la villa y alcalde de la Santa Hermandad.
Don
Manuel Francisco de Arteaga y Betancourt fue capitán de Milicias
y alcalde ordinario.
Don
Carlos de Arteaga y Agüero fue alcalde ordinario, y el doctor
Juan de Arteaga y Borrero fue alcalde y Síndico Procurador
General.
Don
Juan de Arteaga y Agramonte, por sus ideas separatistas, tuvo
que huir del país y establecerse en Venezuela. Sus bienes le fueron
confiscados.
Su
hijo don Ricardo de Arteaga y Guerra Montejo fue catedrático
de Sagrada Teología y deán de la Catedral de Caracas, y su hermano
Rosendo, padre del actual Cardenal, fue comandante del
Ejército y ayudante de Carlos Manuel de Céspedes.
Por su
segundo apellido desciende nuestro ilustre Cardenal del capitán
Diego Alonso Betancourt, natural de la ciudad de la Laguna, en
Canarias, que pasó a Santiago de Cuba, donde fue Regidor del
Ayuntamiento en 1660, alcalde ordinario y su gobernador político,
siendo interminable la lista de los miembros de la familia
Betancourt que pudiéramos citar ocupando los primeros cargos
públicos en Santiago de Cuba y en Camagüey.
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Diciembre 1945