España
conoció la importancia que podía tomar como rentas los correos,
mucho antes que las demás naciones europeas, incluso Francia.
Reinando doña Juana, hija de los Católicos, se creó el oficio de
maestro mayor de postas y correos, confiriéndolo a don Francisco
de Tassis, aunque antes que éste y sin autorización, había
desempeñado el cargo en la península, don García de Ceballos.
Durante varias generaciones continuó vinculado este oficio en la
familia Tassis, y en 1603, don Felipe III concedió el título
de conde de Villamediana a don Juan de Tassis y Acuña, correo
mayor de España, embajador en Inglaterra y caballero de la orden de
Santiago. Respecto a la correspondencia de las posesiones de
América, por la misma época, se confirió el cargo de correo mayor al
doctor Lorenzo Galíndez de Carvajal, que también lo vinculó
en su familia, encontrándose entre sus descendientes, don Fermín
Francisco de Carvajal y Vargas, primer duque de San Carlos, VIII
correo mayor de las Indias, teniente general y comandante general
del reino del Perú.
Durante todo el siglo XVI, la correspondencia de Cuba se despachaba
en igual forma que los demás paquetes de carga, cada cuatro meses en
las flotas y galeones que hacían escala en el puerto de La Habana, y
la correspondencia interior de la isla era quincenal, en una
expedición que se hacía entre esta capital y Santiago de Cuba, que
pasaba por Villaclara, Sancti Spíritus, Puerto Príncipe y Bayamo.
El
duque de Grimaldi y el marqués de Squillace, ministros del ilustrado
monarca Carlos III, al ser nombrado don José Antonio Armona y
Murga, administrador general de rentas reales de la isla de
Cuba, lo comisionaron en 1756 para organizar el servicio de los
correos marítimos entre España, La Habana y otros puntos importantes
de la América Central y también para mejorar el servicio interior de
nuestra isla.
El
competente y alto funcionario Armona, que más tarde fue
intendente del Ejército, cumplió admirablemente la misión que le
encomendaron, mejorando notablemente el servicio de correos en
Cuba. Todos los meses del año, con excepción de septiembre, salía
del puerto de La Habana un correo en dirección de La Coruña,
haciendo escala en varias naciones del continente hispanoamericano;
y respecto a la correspondencia interior de la isla, estableció un
servicio semanal entre esta capital y los pueblos anteriormente
referidos, en los cuales puso postillones que llevaran la
correspondencia a los no comprendidos en la ruta principal.
Don
Antonio de la Luz y de Cabo, natural de Lisboa y naturalizado
como español en 1718, pasó a La Habana donde fue magistrado y
síndico procurador general de este ayuntamiento los años 1736 y 37.
Casó en esta ciudad con doña María Meyreles y Bravo de Acuña,
dejando una ilustre descendencia, entre las que se encuentra:
El
capitán José Cipriano de la Luz y Meyreles, que fue el primer
regidor correo mayor de la isla de Cuba, habiendo fundado la primera
estafeta en La Habana el 9 de diciembre de 1757. Con arreglo a las
leyes de aquella época, vinculó este oficio en su familia como lo
hicieron en España los condes de Villamediana y los duques de San
Carlos. Además, desempeñó los siguientes cargos: síndico procurador
general de los Santos Lugares de Jerusalén y Tierra Santa de la
provincia de Santa Elena de la Florida, vocal general de
temporalidades de los ex jesuitas expatriados, de la policía y
alcalde mayor de Tenango del Valle y sus agregados en el reino de
Nueva España, regidor perpetuo, receptor del Santo Oficio de la
Inquisición y alcalde ordinario de La Habana. Su hijo: el
Licenciado José Eusebio de la Luz y Poveda, fue regidor
correo mayor de la isla de Cuba en 12 de abril de 1782, alcalde
ordinario, vocal de las reales juntas de Temporalidades y comisario
de las obras de la casa de Gobierno y de Cabildo de La Habana. Su
hermano: el
Teniente coronel Antonio de la Luz y Poveda, fue regidor
correo mayor de la isla de Cuba en 22 de abril de 1796 y alcalde
ordinario de La Habana. Concurrió a la expedición de Santo Domingo
en 1795 y mandó interiormente las fuerzas del distrito de Mirabales.
Su hijo:
Don
Francisco de la Luz y Caballero, fue regidor correo mayor de la
isla de Cuba en 27 de agosto de 1818, y su hermano: el
Licenciado José Cipriano de la Luz y Caballero, fue abogado
distinguidísimo, habiendo sucedido en la clase de Filosofía al
eminente don José Antonio Saco. Consagró su existencia al
mejoramiento de la instrucción pública, por lo que conquistó el
título de “Apóstol de la Enseñanza en Cuba”. El sabía que la
educación es luz para el espíritu, como la ignorancia es la noche de
la razón, origen de la inmoralidad y manantial de los vicios. Sabía
que la instrucción primaria no significaba nada respecto a la
moralidad de un pueblo, cuando no se aplica directamente a la
disciplina de los sentimientos y afecciones del alma, no menos que
al cultivo de las facultades mentales. Esas fueron sus palabras que
revelaban su credo en la enseñanza, sobre todo cuando se les añade
por complemento su notable aforismo “educar no es dar una carrera
para vivir sino templar el alma para la vida”. Su reputación
traspasó los limites de Cuba y el nombre del sabio cubano se
pronunciaba con respeto en países extranjeros. La escritora cubana
condesa de Merlín en su obra “La Havana”, dice “es un talento
perspicaz, químico de primer orden, notable filólogo y escritor
espiritual”, y otro erudito de la época le llamaba “honra y prez de
su patria, primer mentor de la juventud cubana”. El ilustre
educador, decía muy a menudo en sus clases, en el colegio El
Salvador: “cuando la muerte haya apagado mi voz para siempre,
todavía mi espíritu velará por la nave de El Salvador”. Fue
director de la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana,
miembro de mérito de la Real Academia de Ciencias y director del
Real Seminario.
5
Enero 1947