La
conquista, pacificación y colonización de la Florida, está muy
ligada a nuestra historia, pues los nombramientos de varios
gobernadores se hicieron exclusivamente para que acometieran esa
empresa desde Cuba, tomándola como base de operaciones y
aprovisionamiento, agotando de esta manera los escasos recursos que
le habían quedado, después que se realizaron las conquistas del
Darién y de México, en que también fue utilizada esta Isla en igual
forma.
Lazos
remotos de parentesco tienen varias familias cubanas con los
conquistadores de esa porción del continente americano, don Juan
Ponce de León y don Pedro Menéndez de Avilés, hombres que
enaltecieron nuestra raza con sus hechos heroicos, inmortalizando
sus apellidos y cubriendo de gloria las historias de muchas
familias.
Don
Juan Ponce de León, natural de Servás, España, después de haber
tomado parte en la guerra contra los moros, embarcó con Cristóbal
Colón en su segundo viaje al Nuevo Mundo, conquistando en el año
1509, la isla de Puerto Rico.
Tan
pronto como dejó pacificada esa isla, salió con 13 navíos a la
exploración de la región de Bimini, donde existía, según la leyenda
de los indios que la habitaban, la Fuente de la Juventud, con aguas
de un gran poder curativo. El 27 de marzo de 1513, descubrió la
tierra que llamó “de la Florida” por ser aquel día el de la
festividad de Pascua Florida, desembarcando al norte de la actual
ciudad de San Agustín de la Florida el dos de abril de dicho año, y
el día ocho tomó posesión de aquellas tierras en nombre del Rey de
España.
Después de haber explorado aquellas costas, volvió a la metrópoli en
1514, siendo recibido por don Fernando el Católico, quien lo
nombró gobernador de la Florida, comenzando a pacificar y colonizar
aquellas tierras en 1521; pero la bravura y fiereza de los indígenas
le impidieron obtener el éxito que deseaba. En un violento encuentro
que tuvo con los indios, Ponce de León, fue mortalmente
herido, siendo traído a La Habana donde murió en junio de 1521, de
resultas de las heridas recibidas. Sus restos fueron trasladados más
tarde a San Juan de Puerto Rico, por su nieto, llamado igualmente
Juan Ponce de León y colocados debajo de un pequeño monumento en una
de las plazas de dicha ciudad.
Muy
pronto se extinguió la descendencia directa del gran conquistador,
pero es posible que quedaran parientes en España, pues más tarde
aparecen en la Florida varios personajes de apellido Ponce de León
ocupando cargos de gran importancia, entre ellos:
Don
Nicolás Ponce de León, natural de España, que pasó a la Florida
con el cargo de contador de Real Hacienda 28 de enero del año 1631,
siendo nombrado el catorce de mayo de 1651, gobernador y capitán
general de dicha provincia. De su matrimonio con doña Estefanía
D’Avila y Mendoza, quedó una numerosa prole, cuyos
descendientes, en su gran parte, se establecieron y fundaron familia
en Cuba.
También fracasaron en la pacificación y total colonización de la
Florida, don Pánfilo de Narváez y el licenciado Lucas
Vázquez de Ayllón, a quienes se les confió la gobernación de la
rebelde y agresiva provincia.
Don
Hernando de Soto y Gutiérrez de Cardeñosa, natural de Jerez de
los Caballeros, que ya había adquirido nombre en las conquistas de
las provincias de Nicaragua y del Perú, habiendo sido también el
primer español que vio y halló a Atahuallpa, rey tirano y
último de los del Perú, suplicó al emperador Carlos V “le
hiciese merced de la conquista del reino de la Florida, que la
quería hacer a su costo y riesgo, gastando en ella su hacienda y
vida por servir a Su Majestad y aumentar la corona de España”.
Accedió el Emperador a la petición de don Hernando de Soto,
concediéndole el título de adelantado de la Florida y nombrándole
gobernador de la isla de Cuba, para que ésta sirviera de base de
operaciones y de aprovisionamiento para acometer la empresa.
Fueron
muchos los que solicitaron el favor de partir a América con el
adelantado de Soto, entre ellos, varios compañeros del
célebre conquistador Francisco Pizarro, marqués de la
Conquista, ofreciendo sus servicios y dineros para contribuir a los
gastos y demás necesidades de la expedición, lo que permitió al
Adelantado en menos de un año, preparar en Sanlúcar de Barrameda,
siete navíos y tres bergantines, con novecientos cincuenta hombres,
siendo la más lucida expedición que hasta entonces había salido de
España para el Nuevo Mundo, sobre todo, por la juventud y linaje de
sus cabos y oficiales.
El 6
de abril de 1538, se hizo a la vela la armada, bien provista de
artillería y municiones, yendo el Adelantado, su esposa doña
Isabel de Bobadilla y las demás personas que componían su
séquito, a bordo de la nao llamada “San Cristóbal”, que hacía de
capitana. También había tomado pasaje en ella, doña María de
Toledo, virreina de las Indias, que se dirigía a la isla
Española. Esta armada iba escoltada por una flota de veinte
embarcaciones grusas destinadas a Santo Domingo y a Nueva España,
mandadas por don Gonzalo de Salazar, y bajo las órdenes
también del adelantado Hernando de Soto.
Entraron en el puerto de Santiago de Cuba el siete de junio de 1538,
ocasionando su presencia gran alarma entre sus vecinos, que no los
esperaban, y que creyeron al principio que se trataba de un nuevo
ataque de los piratas, pues pocos días antes había llegado a la
bahía una nave corsaria francesa, con el propósito de saquear y
quemar la ciudad, y gracias a la heroica actitud asumida por un
vecino llamado Diego Pérez, capitán de un navío nombrado “La
Magdalena” que trabó combate con los bandidos, consiguiendo que se
retiraran sin lograr su intento.
Un
personaje muy importante de la isla, el capitán Vasco Porcallo de
Figueroa, fundador de las villas de Trinidad, Puerto Príncipe,
Sancti Spíritus y San Juan de los Remedios del Cayo, deudo muy
cercano de la Casa de Feria, fue inmediatamente a rendir pleitesía
al nuevo gobernador de la isla de Cuba, trayéndole como presente
cincuenta caballos, criados en sus grandes haciendas. Aceptó el
adelantado de Soto muy complacido el espontáneo regalo de
Porcallo y le nombró teniente general de la expedición que iba a
emprender a la Florida.
A
fines del mes de agosto, las fuerzas de infantería y parte del
séquito del gobernador, partieron de Santiago de Cuba a bordo de los
navíos rumbo a La Habana. Veinte días después, el Adelantado,
tomaba por tierra la misma dirección, acompañado del capitán
Porcallo y de cincuenta jinetes. Concluidos los preparativos de
la expedición, de Soto confió el gobierno de La Habana a don Juan
de Roxas, y a su esposa doña Isabel de Bobadilla, el de
la Isla. El 19 de mayo de 1539, se hizo a la mar rumbo a las costas
de la Florida, con una flota de cinco navíos, dos carabelas, dos
bergantines, trescientos cincuenta caballos y mil hombres, echando
anclas a los seis días de navegación en la misma bahía del Espíritu
Santo (Tampa Bay) visitada por Narváez, once años antes.
Al día
siguiente de desembarcar en la Florida, los indios acometieron a
flechazos a un grupo de infantes que había bajado a tierra y a cuyo
grupo salvó de ser destrozado, el valor y la intrepidez del teniente
general Vasco Porcallo de Figueroa, quien debido a su
avanzada edad, regresó a Cuba para enviar nuevos socorros al
Adelantado, previendo el desastre que iba a ocurrir, dejando a
de Soto en compañía de su hijo don Lorenzo Gómez Juárez de
Figueroa.
Como
hemos dicho antes, en La Habana quedó doña Isabel de Bobadilla,
esposa del Adelantado, en compañía de su hermano el reverendo padre
fray Francisco de Bobadilla, hijos ambos de don Pedro
Arias de Ávila, gobernador del Castillo de Oro, en el Darién, y
fundador de las ciudades de Panamá, Granada y León de Nicaragua; y
de doña Isabel de Bobadilla y Peñalosa.
Aunque
en distintas ocasiones se habían recibido noticias en La Habana del
fracaso de la expedición y se rumoraba la muerte del Adelantado,
noticias oficiales no se tuvieron hasta el cuatro de diciembre de
1543 en que entró en este puerto la nao nombrada "Santiago", con
cartas del virrey de Nueva España, en las que comunicaba a doña
Isabel de Bobadilla y a las autoridades de esta isla, la muerte
del adelantado Hernando de Soto, ocurrida junto a las
márgenes del río Mississippi, el 27 de junio de 1542.
Veintiséis años después, fue nombrado gobernador de la isla de Cuba,
don Pedro Menéndez de Avilés, general de la Real Armada de
las Indias, que ejerció el mando hasta el 21 de abril de 1572. En
realidad, poco duraba su estancia en esta Isla, pues el verdadero
motivo de su nombramiento en Cuba, obedecía al encargo que le hizo
Felipe II de destruir las colonias francesas de la Florida y
Carolina, formadas por protestantes, bajo la protección del
almirante Coligny, para lo cual salió del puerto de La Habana
con un armada formidable, en dirección de la Carolina, donde
exterminó al jefe Ribaud, con más de seiscientos calvinistas,
"no por franceses, sino por herejes", según decían los carteles que
le habían colocado en el pecho a los cadáveres.
Don
Pedro Menéndez de Avilés, fue más afortunado que sus
predecesores en la conquista y pacificación de la Florida, lo que
realizó definitivamente con mano dura y acertada. Sus hechos
heroicos llevados a cabo en favor de la corona de España, son
tratados en diversas obras históricas, especialmente en el "Ensayo
Cronológico", que escribió don Gabriel de Cárdenas. Fue su
sobrino:
Don
Pedro Menéndez Márquez, capitán general y gobernador de San
Agustín de la Florida, y lugarteniente de su tío en el mando de la
isla de Cuba. Fue muerto en una emboscada que le hicieron los
indios, durante su mando en la Florida. Su nieto obtuvo el título de
Conde de Canalejas.
Otro
miembro de esta familia, el capitán Alonso Menéndez Márquez y
Posada, natural de San Agustín de la Florida, pasó a La Habana
donde casó en la parroquial mayor el 25 de agosto de 1755, con doña
Luisa de Sotolongo y Figueroa, dando origen a una noble y
dilatada descendencia, entre los que se encuentra:
Don
Juan Menéndez Márquez y Pedroso, que fue sargento mayor de la
Gente de Guerra de la plaza de La Habana, factor juez real de
Hacienda y caballero de la orden de Santiago. Casó dos veces en esta
ciudad: la primera, con doña Teresa de Sotolongo y Figueroa;
y la segunda, con doña Antonia Urabarro y Carvajal, dejando
de ambos matrimonios una numerosa y distinguida descendencia.
Es
indiscutible que el conocimiento de estos hechos históricos, son
valiosos elementos de educación moral, influyendo notablemente en la
conducta de los descendientes; pues si bien es cierto que el hombre
es hijo de sus obras, no se puede negar que también lo es de sus
padres, y estos de sus abuelos; por lo que cada individuo recibe la
influencia atávica de virtudes y defectos de sus antepasados.
15
Septiembre 1946