Los
títulos y mercedes nobiliarias en España, tienen su origen en el
Imperio Romano, pasando más tarde a la Monarquía Visigoda, en que
los duques representaban al caudillaje militar; los condes, los
altos cargos de la administración o de gobierno territorial; y los
marqueses, el mando de los territorios fronterizos.
La
creación de los ejércitos regulares y las leyes desvinculadoras de
principios del siglo XIX, con la abolición de los señoríos y
mayorazgos, hicieron perder a la nobleza privilegios de carácter
señorial y de jurisdicción, quedando desde entonces reducidos los
títulos y demás dignidades nobiliarias, a lo honorífico,
conservándose en esta forma a través de los años, probando así el
arraigo y la fuerza social de la Historia sobre los vaivenes de la
política y de los tiempos; representando en la actualidad la nobleza
únicamente los valores históricos de la nación, perfectamente
compatible con los mayores avances económicos y sociales del mundo,
que no pueden nunca confundirse con el materialismo y la vulgaridad
reinante; a lo que han contribuido notablemente la mayor parte de
los principales dirigentes de los gobiernos en casi todos los
pueblos del mundo, con sus leyes y costumbres, que no son más que el
producto de una educación amoral y escéptica.
Conforme a la nueva ley aprobada recientemente por las Cortes
españolas, ha sido facultado el jefe del Estado para conceder y
suscribir cartas de sucesión y de rehabilitación en las grandezas y
títulos del Reino, prerrogativas que considerábamos exclusivas de la
realeza, defiriendo de este criterio el señor Antonio de
Goicoechea, alto personaje del Reino, exponiendo lo siguiente
ante las referidas Cortes, a nombre de la Comisión de Justicia: "que
es cierto que estas prerrogativas nobiliarias nacieron al amparo de
la Monarquía y por especial concesión de los Monarcas, pero que no
es menos cierto que en la ausencia de los soberanos, vacante el
Trono, interrumpido el ejercicio de la realeza, los jefes de Estado
o simplemente los de los Gobiernos, ejercitaron esa facultad con
pleno derecho".
El
culto historiador Goicoechea recuerda, que unas veces las
Juntas Regionales, otras la Junta Central y alguna vez las Cortes,
concedieron grandezas y títulos nobiliarios, que más tarde fueron
respetados por los monarcas al recuperar el Trono de sus
antepasados. Durante la guerra de la Independencia española, desde
1808 hasta el 14, en ausencia de don Fernando VII, el Gobierno
concedió quince títulos, entre ellos, el ducado de Ciudad Rodrigo a
favor del duque de Wellington. Más tarde se repitió el caso,
cuando el capitán general don Baldomero Espartero y Álvarez,
príncipe de Vergara, duque de la Victoria y conde de Luchana,
ejerció la Regencia desde octubre de 1840 hasta julio del 43,
durante el cual concedió seis títulos, entre ellos, los otorgados al
general Prim, y el marquesado de Almendares al distinguido
habanero don Miguel Antonio Herrera y O’Farrill, teniente
coronel del tercer escuadrón rural de Fernando VII, miembro de la
ilustre casa de los marqueses de Villalta y condes de Fernandina,
grandes de España, en consideración a sus numerosos servicios y muy
especialmente por su iniciativa en la construcción de los
ferrocarriles de La Habana a Güines, en la Isla de Cuba. Lo mismo
ocurrió cuando el capitán general don Francisco Serrano y
Domínguez, duque de la Torre y conde de San Antonio, ejerció la
Regencia del Reino desde 1869 al 71 y durante el año 1874 como
presidente del Poder Ejecutivo, en cuyos períodos concedió cincuenta
y ocho títulos y numerosas rehabilitaciones.
La
nobleza Carlista también alegó ante el gobierno del generalísimo
Franco, "que las Grandezas y Títulos concedidos por los reyes
Carlistas, son en buena doctrina jurídica, tan legales y auténticos
como los concedidos por cualquiera de los reyes que lo fueron de
España". Recuerdan que en el “Tratado de Viena” celebrado el año
1725, el rey Felipe V de España reconoció las concesiones de
Grandezas y Títulos que había otorgado el pretendiente, archiduque
Carlos de Austria, quien como es sabido le disputó la Corona
a dicho Monarca en la sangrienta y larga Guerra de sucesión al trono
de España, comenzada al fallecer sin hijos don Carlos II,
último de la casa de Austria. También agregaron que don Alfonso
XII no tuvo inconveniente en reconocer las dignidades
nobiliarias concedidas por Amadeo de Saboya, como rey de
España.
El
prestigioso y conocido investigador don Julio de Atienza,
profesor de la Universidad Central en el Doctorado de su Facultad de
Derecho, ha dado a conocer recientemente un libro donde aparecen
todas las Grandezas y Títulos concedidos por los reyes Carlistas,
excluidos hasta ahora de la “Guía Nobiliaria de España”, publicada
en estos últimos años por el inteligente abogado Roberto Moreno y
Morrison, (fallecido en octubre de 1947), cuya obra ha sido
siempre autorizada y comprobada por la Excelentísima Diputación de
la Grandeza de España, de la cual es actual presidente el cultísimo
duque de Alba.
Según
el doctor Atienza, los reyes Carlistas, sus hijos y
herederos, usaron varios títulos de nobleza en diversos tiempos y
circunstancias, como fueron los ducados de Elizondo, Madrid, Chalvet
y San Jaime, condados de Molina, Montemolin, Alcarria y Breu, y
concedieron a sus fieles y valientes servidores solamente dos
grandezas, dos ducados, veinte y dos marquesados, treinta y cinco
condados, cuatro vizcondados y doce baronías, sosteniendo con gran
arrogancia, que en su inmensa mayoría fueron concedidos por acciones
de Guerra.
De las
dos grandezas concedidas por los reyes Carlistas, una fue en 1834 al
tercer marqués de Valdespina, don José María de Orbe y Elio,
llamado “El Manchuelo de Ermua”, y la otra fue al segundo conde de
Samitier, barón de Hervás, fusilado más tarde por los liberales. El
ducado de la Victoria fue concedido al valiente general guipuzcoano
don Tomás Zumalacárregui, que fue herido de muerte en el
sitio de Bilbao, en lo alto de Begoña y muerto en Cegama en 1835.
Más tarde, la reina Isabel II concedió otro ducado con la
misma denominación, de la Victoria, al general Espartero,
mencionado anteriormente.
Uno de
los títulos más honroso de los Carlistas fue, el condado de Esaín y,
otorgado a don Bautista de Esaín por haber llevado en hombros
a don Carlos V, atravesando con la real carga los montes de
Igoa y Saldias, cuando la presencia de Rodil. El condado de Vergara
fue concedido al general Carlos de Algarra, ayudante de
Carlos V, famoso militar que exclamó dirigiéndose a los
batallones Carlistas "Me voy a Francia. El que sienta latir en su
pecho el sentimiento del honor que me siga. ¡Viva Carlos V!".
Según
la referida nueva ley sobre grandezas y títulos del Reino, todos los
títulos Carlistas podrán ser rehabilitados por sus descendientes.
9 Mayo
1948