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Del
Pasado - Por el Conde San Juan de Jaruco
La Compañía de
Jesús
La
religión católica ha contribuido notablemente a la civilización de
Cuba, pues no podemos olvidar que a ella debemos las fundaciones de
los primeros colegios, hospitales, asilos, cementerios y la Real y
Pontificia Universidad de La Habana, creada esta última por los
religiosos de la orden de Predicadores de Santo Domingo, en unión de
la Compañía de Jesús y a semejanza de las primeras universidades del
mundo.
También debemos de tener presente, que mientras otras naciones
mantenían la ignorancia en sus colonias, España por el contrario
establecía toda clase de centros culturales en las suyas, por eso
vemos que cuando a fines del siglo XVIII, varios destacados cubanos,
miembros de la primera nobleza del país, se dirigieron al ilustre
capitán general don Luis de las Casas y Aragorri, solicitando
la instalación en La Habana de la Real Sociedad Patriótica,
encontraron en el culto y caballeroso gobernador la más cordial
acogida, fundándose poco después esta Institución que ha sido la que
más ha contribuido en Cuba al fomento de la instrucción pública, de
la prensa periódica y de las vías de comunicación, y que más ha
promovido los adelantos de la agricultura, del comercio, de la
industria popular y de todas las demás ideas progresistas en el
país. Esta bien intencionada política española, observada en todas
sus colonias de América, fue la que dio lugar a que más tarde
surgieran grandes figuras republicanas en ellas, que consiguieron su
independencia, fundándose nuevos Estados, que son en la actualidad
un orgullo, incluso para la misma nación creadora.
La
Compañía de Jesús ha sido una de las órdenes religiosas que más han
contribuido a la instrucción y a la educación en Cuba, enseñando a
sus discípulos no sólo los diversos conocimientos culturales, sino
también los grandes principios morales, que son la base de nuestra
civilización; debiendo tener presente que es muy peligroso instruir,
cuando no se encuentran bien arraigados estos principios.
Los
jesuitas Pedro Martínez, Juan Rogel y Francisco
Villarreal, fueron los primeros miembros de esta Compañía que
llegaron a Cuba por el mes de agosto de 1566, en una embarcación
belga que había salido dos meses antes del puerto de Sanlúcar de
Barrameda y los cuales traían la comisión de Felipe II de
pasar a San Agustín de la Florida para evangelizar a los indios
floridanos.
Los
tres referidos sacerdotes, para cumplir su comisión, en compañía de
otros hombres embarcaron en el puerto de La Habana en dirección de
la Florida, regresando a esta villa tres meses después sin el
superior Pedro Martínez, que extraviado en un pequeño bote
cerca de las costas de la Florida, donde hacía exploraciones para
efectuar el desembarco con toda su gente, pereció durante un
temporal a manos de los indios Tacatucuranos.
A raíz
de estos acontecimientos fue conquistada la Florida, por don Pedro
Menéndez de Avilés, general de la Real Armada de las Indias,
gobernador de la Isla de Cuba, el cual por orden de Felipe II
destruyó las colonias protestantes francesas y a su jefe Ribaud
con más de seiscientos calvinistas que se habían establecido en esa
provincia española bajo la protección del almirante Coligni.
El general Menéndez de Avilés dispuso colocar en el pecho de
los vencidos un cartel que decía así: "Muertos, no por franceses,
sino por herejes".
Una
vez en La Habana los supervivientes Padre Juan Rogel y el
Hermano Villarreal, comenzó el primero a predicar algunos días y
otros sin interrupción los dedicaba al confesionario y el Hermano
Villarreal explicaba al pueblo habanero la doctrina cristiana.
Después de algunos días invertidos en este trabajo, y haciendo uso
el Padre Rogel de sus facultades extraordinarias como
misionero, publicó un jubileo "que ocasionó una gran conmoción en
toda la villa de San Cristóbal de La Habana". Poco después y en
compañía del gobernador Menéndez de Avilés, partieron
nuevamente para la Florida el padre Rogel y el Hermano
Villareal, para cumplir su comisión y en la cual había sucumbido
su superior el Padre Martínez terminando de esta manera la
primera estancia de los Jesuitas en Cuba.
En el
segundo tercio del siglo XVII comienza la segunda época de la
historia de la Compañía de Jesús en La Habana, durante cuyo período
gestionaron la fundación de su Colegio en esta ciudad, y también
ayudaron a los Dominicos en el establecimiento de la Real y
Pontificia Universidad de La Habana, a semejanza de la que ya
existía en la isla de Santo Domingo.
El 17
de marzo de 1687 llegó a La Habana para tomar posesión de la mitra
de Cuba el ilustrísimo don Diego Evelino de Compostela, el
cual solicitó del Muy Reverendo Padre General el
establecimiento del Colegio de los Jesuitas en esta ciudad, siendo
rechazada su petición por carecer de rentas suficientes para su
sostenimiento. No obstante esta negativa, el piadoso y constructivo
obispo Compostela, compró por su cuenta en diez mil pesos a
la orilla del mar, en lo que se llamó la Ciénaga (lugar donde hoy se
encuentra la Catedral), porque en tal lo convertían las aguas al
invadirlo, un terreno donde sólo se levantaban algunas chozas de
pescadores y allí fabricó a San Ignacio de Loyola una humilde ermita
de horcones y techo de guano, suplicando al Muy Reverendo le
enviase varios Jesuitas para atender la ermita y misionar por toda
la Isla, a lo cual accedió el general de la Compañía, mandando de
México a fines de 1704, a los Padres Andrés Recino, hermano
del obispo de la Florida y la Francisco Díaz Pimienta y Santander,
natural de La Habana que antes de ordenarse había servido en las
Galeras y la Armada Real del Mar Océano a las órdenes de su deudo y
padrino el general habanero don Francisco Díaz Pimienta y Pérez
de Mendizábal, almirante de las Flotas y Armada Real de la
Guarda de las Indias.
Pocos
años después, gracias a la donación que hizo a la Compañía de Jesús
el caritativo sacerdote cubano don Gregorio Díaz Ángel, pudo
fundarse en La Habana el primer colegio de Jesuitas. La donación
consistió en una hacienda con dos corrales anejos, valuado todo en
cuarenta mil pesos y que producían de cuatro a cinco mil pesos
anuales. La escritura de cesión se otorgó el 4 de octubre de 1716
ante el escribano Gaspar Fuertes. Para la obra y plantamiento del
Colegio fueron nombrados los Padres José de Castro Cid y
Jerónimo Varaona.
El
referido sacerdote don Gregorio Díaz Ángel, compareció el 15
de octubre de 1720 y declaró ante el brigadier don Gregorio Guazo
Calderón, capitán general y gobernador de la isla de Cuba “que
por la gloria de Dios y utilidad que resultaría al bien público de
la ciudad, había deseado siempre con vivas ansias la fundación de un
colegio de la Compañía de Jesús, por lo que había hecho donación a
sus religiosos”. En vista de esta declaración, el capitán general
Guazo Calderón acudió a Madrid en demanda de la Real
aprobación, la cual se obtuvo por una real cédula expedida en Lerma
el 19 de diciembre de 1721, tomándose razón en el cabildo del
ayuntamiento de la Habana el 3 de noviembre de 1725.
Entonces se acordó la plantificación del Colegio de Jesuitas en el
citado paraje y ermita de San Ignacio de Loyola (adquirida y
construida por el obispo Compostela), que estaba al sur de la plaza
de la Ciénaga y de la actual Catedral. Los principales donantes
fueron el presbítero Jacinto Pedroso y González Carvajal, don
Diego de Peñalver Angulo y Calvo de la Puerta, tesorero
oficial de las Reales Cajas de La Habana y su mujer doña María
Luisa de Cárdenas y Sotolongo (padres del obispo Peñalver,
del marqués de Arcos y del conde de Santa María de Loreto);
don Matías Fernández Poveda y Bravo, comandante de milicias
de los Batallones de esta plaza y don Ignacio Francisco Barrutia,
coronel de los Reales Ejércitos y caballero de la orden de Santiago,
que donó un ingenio de azúcar valuado en más de ochenta mil pesos.
El 30
de junio de 1741, voló el navío “Invencible”, incendiado por un
rayo, estando atracado al muelle de la Machina, ocasionando el
sacudimiento grandes desperfectos a la iglesia mayor parroquial de
La Habana, por lo que fue clausurada ésta, siendo sus vasos sagrados
trasladados al oratorio de San Ignacio de Loyola, que hacía pocos
años habian terminado los Jesuitas, junto a su convento y sobre los
mismos solares en que hoy se encuentra construida la catedral.
En el
año 1767, durante el reinado de don Carlos III, fueron
expulsados los Jesuitas y ocupadas sus temporalidades, el Gobierno
accedió a que el obispo cubano don Santiago de Hechaverría
Elguesua y Nieto de Villalobos, trasladase el antiguo seminario
de San Ambrosio para el edificio que habían construido los Jesuitas
para su colegio al fondo de la actual catedral.
Así
terminó la segunda estancia de los Jesuitas en La Habana dejando
para el próximo artículo su regreso a Cuba y su instalación en el
Colegio de Belén.
22
Junio 1947
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