Newspaper
Del
Pasado - Por el Conde San Juan de Jaruco
Sobre el Tema de los Cementerios
En los primeros
tiempos se encontraban diseminadas las tumbs por los bosques y
caminos, siendo Abraham, padre de los fieles, el primero que instituyó
el Cementerio al morir en Palestina Sara, su tierna y amada esposa.
Una vez terminados los oficios del funeral, queriendo el Patriarca
enterrarla en sepultura propia, consiguió que los hijos de Heth le
vendiesen una porción de tierra, diciéndoles: “Daré el precio del
campo, recíbanlo, y de esta manera enterraré en él mi muerto”
(Génesis). La tierra adquirida por Abraham era la que existía dentro
de una cueva frente a Mambré situada en un valle nutrido de frondosos
árboles y plantas aromáticas que embellecían y perfumaban aquel lugar,
y entre los cuales se destacaba el Terebinthus, árbol resinoso, tan
antiguo como el mundo, según el voto de San Jerónimo, que proyectaba
una hermosa sombra, y debajo del cual anunciaron los ángeles a Abraham
el milagroso nacimiento de Isaac, y a cuyo pie enterró Jacob los
falsos ídolos.
Era costumbre sembrar en los
cementerios sauce, ciprés, pino, limón y otras plantas cuyas
balsámicas emanaciones se consideraban beneficiosas para la salud
pública, como el girasol que tiene la propiedad de absorber por sus
flores y hojas los efluvios que se desprenden de los lugares infectos.
Esta última planta, que sembró Teuler, ingeniero en jefe de las obras
hidráulicas de Rochefort, hicieron desaparecer las calenturas, las que
también desaparecieron en el Potomac con la misma planta, que hizo
sembrar Mauri. Para impedir el desarrollo de enfermedades
pestilenciales, se ordenó en Francia sembrar con profusión girasoles.
(Informe publicado en 1868, por el doctor Ambrosio Gonzáles del Valle
y Cañizo).
Los parsio tenían dos
cementerios, uno negro para los que se habían distinguido por sus
virtudes, enterrándose los demás en el otro. Las nieves sirvieron de
sepulturas a los escitas, y a los garamantios la arena. Los chinos
entierran a sus familiares en los jardines, y los turcos en las
costas. A petición del emperador Carlomagno, y en tiempos de Teodosio
el Grande, quedaron reservadas las sepulturas subterráneas para los
reyes y religiosos, y en la nave mayor de la iglesia dispusieron
enterrarse los reyes de Constantinopla, desde cuya época comenzaron a
sepultarse en los templos no sólo los emperadores y sacerdotes, sino
también todos los cristianos, los cuales no pudieron al principio
hacer mucho uso de los cementerios por las persecuciones que les
hacían, viéndose obligados a ocultar los cadáveres en casas
particulares, enterrándolos en las Catacumbas durante la noche, de
donde tomó origen la costumbre de llevar luces en los entierros.
En la Habana, siguiendo la
costumbre establecida en todas partes del mundo, se enterraba en las
iglesias, siendo las sepulturas preferentes las que se encontraban
inmediatas a las gradas del altar mayor. En nuestra parroquial mayor
se destinó la sacristía para sepultura de los sacerdotes , y por auto
de 26 de agosto de 1799, concedió el obispo Felipe José de
Trespalacios a los dueños de ingenios la gracia de establecer
cementerios en ellos. En los campos se enterraba en los montes y
anualmente se conducían los huesos al cementerio de la parroquia mayor
de La Habana, y recibían entonces sepultura eclesiástica, para que se
inhumaran en lugar bendecido.
Durante el gobierno del teniente
general don Salvador de Muro y Salazar, marqués de Someruelos,
capitán general y gobernador de la Isla de Cuba, fue desterrada la
viciosa práctica de enterrar en las iglesias, fundándose cementerios
en todos los pueblos de esta isla. Durante su mando y por indicación
de don Manuel de Godoy y Alvarez de Farias, príncipe de la Paz
y duque de la Alcudia, célebre ministro de don Carlos IV, fue nombrado
obispo de La Habana don Juan José Díaz de Espada y Fernández de
Landa, natural de Alava, el cual llegó a esta ciudad el 25 de
Febrero de 1802, siendo consagrado en esta Catedral por el obispo
cubano don Luis de Peñalver y Cárdenas, y fueron sus padrinos
el capitán general marqués de Someruelos, don Juan de Raoz, general de
marina del apostadero de La Habana, el intendente Viguri y el
almirante Gravina, muerto más tarde, en la famosa batalla de
Trafalgar.
A los pocos días de haberse
hecho cargo de la mitra de Cuba el obispo Espada, fue atacado de la
fiebre amarilla, siendo salvado milagrosamente por la pericia del
eminente médico cubano doctor Tomás Romay y Chacón. Durante su
gravedad hizo este prelado voto de establecer en La Habana el
cementerio que más tarde llevó su nombre, desterrado de esta manera la
antigua y perniciosa práctica de enterrar en las iglesias, ya abolida
en España desde el 3 de abril de 1787, por real orden del ilustrado
monarca Carlos III, y conservada en esta isla por el interés del clero
parroquial a pesar del empeño que para terminarla demostró el mariscal
de campo don José de Ezpeleta y Galdeano, conde de Ezpeleta,
capitán general y gobernador de la isla de Cuba.
El cementerio de Espada,
inaugurado y bendecido el 2 de febrero de 1806, estaba situado a una
milla al oeste de la capital, en la actual calle de San Lázaro, en los
terrenos de la Huerta, cedidos para esta finalidad por el doctor
Francisco Teneza y Rubira, consultor del Santo Oficio de la
Inquisición y protomedico de la Habana. Lindaba por su izquierda con
el pequeño cementerio del hospital de San Juan de Dios, más tarde
donde se construyó (1828) el asilo de Dementes de San Dionisio, a
continuación de este último, se encontraba establecido el hospital de
San Lázaro.
En la parte superior de la
portada del cementerio de Espada se hallaba la siguiente inscripción:
“A la Religión. A la salud pública. El marqués de Someruelos,
Gobernador. Juan de Espada, Obispo”. Al crearse los nichos en
1845, en sustitución de la antigua costumbre de enterrar en bóvedas,
se colocó la siguiente lápida: “Bajo los auspicios del Exmo. Sr. Gob.
Civil Cap. Gral. Vice R. Patrono D. Leopoldo O’Donnell, se dio
principio a la construcción de nichos en este asilo”.
En la capilla, situada en el
centro del fondo, se destacaba el Juicio Final, hermoso cuadro del
célebre don José Perovani, donde demostró su autor ser un
excelente dibujante, que había estudiado con provecho las propiedades
del cuerpo humano, la anatomía pintoresca, la belleza en el ropaje, la
composición histórica, no menos que la armonía en los colores, y por
ultimo un ingenio portentoso en la expresión de asombro representada
en todos los semblantes de los personajes que figuraban en el cuadro,
al que servía de fondo y último término el mismo cementerio. También
deben citarse otros cuadros del mismo autor que adornaban la morada de
los muertos, entre ellos, El Tiempo y la Eternidad, y a sus lados, la
Religión y la Medicina. La Resurrección Universal, estampada en la
capilla, inspiró al poeta Zequeira estos versos:
“Antes del
postrer ruido de la trompa
Haces que se
abran los sepulcros yertos;
Animas las
cenizas, y a los muertos
Que amaron la
virtud pintas con su pompa
De esplendor
cubiertos”.
Don José Perovani, natural
de Brescia, en Venecia, fue educado en Roma. Casó en Filadelfia con
doña Juana Gordon y Balduari que estableció una academia de
idiomas en La Habana. Su hija, doña Elvira Perovani y Gordon,
casó con don Andrés de la Torre y Armenteros, miembro de una de
las más antiguas y nobles familias de La Habana, dejando una
distinguida descendencia.
El cementerio Espada tenía en su
frente un ameno y dilatado jardín “destinado en lo futuro para plantas
medicinales, a fin de disminuir con su bello aspecto el aire sombrío y
melancólico de los sepulcros, y de ofrecer a la frente de los fúnebres
triunfos de la muerte los preciosos medios de resistir sus despiadados
ataques”. Los primeros restos que se depositaron el día de su
inauguración fueron los del mariscal de campo don Diego Antonio
Manrique, capitán general y gobernador de la isla de Cuba, que
falleció en la Habana del vómito negro el año siguiente de haber
tomado el mando de esta isla. De la capilla de la Casa de
Beneficencia, donde estaban depositados, partió el cortejo acompañado
por un piquete de Dragones, al que seguían la Cruz Catedral, Cabildo
Eclesiástico, dos regidores del Ayuntamiento, y dos coroneles que
llevaban las borlas de la caja. El Dean y Ministros, el Sr. Obispo,
los cuerpos militares y políticos con sus jefes, el intendente de la
Real Hacienda, el comandante general del Apostadero, el conde de
Jaruco y de Mopox, como subinspector de todas las tropas de la isla de
Cuba, y el Ayuntamiento, presidido por el capitán general, marqués de
Someruelos. Cerraba la procesión una compañía del regimiento fijo de
esta plaza. En el centro del cementerio se puso un catafalco y allí se
colocó la caja que encerraba los restos del gobernador Manrique. El
obispo Espada, revestido de medio pontifical, bendijo el lugar, al que
siguió la inhumación de los restos, colocados en la bóveda destinada a
los gobernadores de La Habana.
La gran mortandad que ocasionó en
La Habana el cólera de 1868, no permitió dar más sepulturas en el
cementerio de Espada, por lo que se ordenó el 4 de enero de dicho año,
que solamente se enterrasen en él a los que tuvieran nicho o bóveda,
quedando sirviendo de cementerio el de Atarés, hasta que se terminara
el de Colón, autorizado por real orden de 26 de Julio de 1854, y
confiada su realización al Gobierno de la Diócesis el 19 de Abril de
1862.
El doctor Ambrosio González
del Valle y Cañizo, eminente médico cubano, vocal de la Junta de
Cementerios, de familia procedente de Avilés, Asturias, consagró parte
de su vida al estudio de cementerios, escribiendo varios folletos de
gran erudición y ciencia sobre esta materia. Fue además, director de
la Sección de Medicina y Cirugía, vocal de la Junta de Sanidad,
regidor del Ayuntamiento, miembro de la Sociedad Económica de Amigos
del País, socio de mérito de la Academia de Ciencias de La Habana, y
correspondiente de la de Ciencias y Letras de las Baleares. Fueron sus
hermanos: Cosme, Manuel, Fernando, José Zacarías y Esteban. Los
cuales:
Don Cosme y don Manuel
fueron abogados distinguidos, este último catedrático, decano de la
Facultadad de Filosofía y Letras, vocal de la Junta de Gobierno y
Beneficencia Pública, alcalde mayor interino, teniente regidor del
Ayuntamiento, presidente y socio de mérito de la Económica de Amigos
del País de La Habana.
Doctor Fernando, fue
médico, cirujano mayor del Hospital de San Ambrosio, y del Civil de
Mujeres, catedrático y rector de la Universidad, y vicepresidente de
la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana, socio
corresponsal de la Academia de Escolapios de Madrid y comendador de
las órdenes de Isabel la Católica y de Carlos III.
Licenciado José Zacarías,
fue abogado de los reales tribunales de España, distinguido literato,
catedrático de Filosofía de la Universidad de la Habana y secretario
honorario de Su Majestad.
Don Esteban, fue médico
del Hospital de San Francisco de Paula, primer cirujano de los
hospitales de San Felipe y Santiago, de San Juan de Dios, y del de San
Ambrosio, y catedrático de la Universidad de la Habana.
15
Junio 1947
********
Back to Del Pasado 1947 List
- Page 1
Back to Del Pasado Index