La
Real Sociedad Económica y Patriótica de Amigos del País de La
Habana, influyó notablemente en el ánimo de los distinguidos
habaneros, marqueses de Cárdenas de Monte Hermoso, y de Casa
Peñalver, condesa de San Juan de Jaruco y del ilustre
Obispo don Luis de Peñalver y Cárdenas (parientes todos),
para que llevaran a cabo el establecimiento de la Casa de
Beneficencia, y en efecto, el 17 de marzo de 1792, estos señores,
miembros de las más antiguas y nobles familias del país, solicitaron
fundar a sus expensas este filantrópico establecimiento, el cual
existe floreciente en la actualidad admirablemente administrado,
para beneficio de los niños abandonados y para orgullo de nuestra
República.
Para
construir el edificio del asilo, el generoso obispo de Peñalver
comenzó por comprar varios solares situados frente a la desaparecida
caleta de San Lázaro, iniciando al mismo tiempo la primera
suscripción con una fuerte suma que dio a la naciente institución, y
la cual fue seguida por otras fuertes donaciones hechas por la
condesa de San Juan de Jaruco, marqueses de Arcos,
Cárdenas de Monte Hermoso, Casa Peñalver, Real Socorro,
Jústiz de Santa Ana y Villalta, y por don Mateo Pedroso y
Florencia, regidor perpetuo y alcalde ordinario de La Habana. En
otras suscripciones que se llevaron a cabo más tarde, también
aparecen en una larga relación, los primeros nombres de la Isla.
También contribuyó notablemente a la fundación de la Casa de
Beneficencia, el capitán general Luis de las Casas y Aragorri
(medio hermano del "héroe de Bailén", teniente general Francisco
Javier Castaños y Aragorri, duque de Bailén), que a la sazón
gobernaba brillantemente esta Isla, y desempeñaba también al mismo
tiempo el cargo de presidente de la Real Sociedad Patriótica del
Habana.
El
general Casas encargó la construcción del edificio a don
Francisco Wambitelli, comandante de Ingenieros de esta Plaza,
pudiendo inaugurarse el asilo el 8 de diciembre de 1794, bajo la
advocación de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, ingresando
en aquel mismo día, treinta y cuatro, niñas huérfanas, pues al
principio de su fundación, sólo admitía este asilo, a criaturas del
sexo femenino.
Don
Domingo de Lequerica, profesor de dibujo, reprodujo con
admirable maestría y fidelidad, el lienzo que pintó el artista
cubano Juan del Río, que representaba la escena de la entrada
en el asilo de las primeras treinta y cuatro niñas.
A
fines de 1823, la situación económica de la Casa de Beneficencia se
había agravado considerablemente, pues sus pequeños ingresos no le
permitían sufragar los gastos que ocasionaban los numerosos
huérfanos que habían ingresado en el asilo. Dándose cuenta el
capitán general Francisco Dionisio Vives, de la triste
situación en que se encontraba este establecimiento (que ya
anunciaba cerrar sus puertas), organizó una rápida recolecta popular
y creó un impuesto de un real de plata fuerte sobre cada barril de
harina que se introdujese en el mercado. Con estos auxilios y con
una consignación que estableció en cada sorteo ordinario de la
lotería, pudo el asilo pagar sus deudas y continuar funcionando.
El
caritativo general Vives, además de aumentar así los recursos
fijos de la Beneficencia, recurrió a diversas suscripciones y
arbitrios pasajeros, que permitieron ampliar el edificio, destinando
las nuevas construcciones para otras finalidades, como fueron: una
escuela para varones que se inauguró en 1827, un departamento para
mujeres dementes y otro para la reclusión de mendigos. Además,
obtuvo para el asilo el alto privilegio de una licencia episcopal
para administrar en su capilla la Santa Eucaristía, quedando también
autorizado para servir de parada a los cadáveres que se condujesen
al cementerio general, pudiendo pagar los interesados diecisiete
pesos fuertes de limosna por los responsos y las preces de los
capellanes y las huérfanas.
Los
capitanes generales sucesores del general Vives, prestaron
siempre gran atención al bienestar de la Casa de Beneficencia, en
unión de los capitalistas, que siempre han ayudado a esta
humanitaria institución, mereciendo especial mención el presbítero
cubano don Manuel de Echevarría y Peñalver, caballero de la
orden de Carlos III y sobrino del obispo Peñalver, que
engrandeció el capital de este asilo con la donación de su hermosa
hacienda llamada "Laguna Grande", de cuatrocientas caballerías de
tierras, situada en Guamutas, en la provincia de Matanzas.
El
virtuoso sacerdote Echeverría, era doctor en Teología y en
Sagrados Cánones, y condiscípulo del famoso cardenal Menzzofonti;
siendo además, erudito filólogo; notable orador, consultor teólogo y
examinador Sinodal de la diócesis de Cuba, y vicerector de la Real y
Pontificia Universidad de San Jerónimo del Habana. Su Santidad
Gregorio XVI, lo nombró su prelado Doméstico "con derecho a usar
el vestido morado con manteletas". Escribió una memoria sobre los
medios de extirpar la mendicidad y tradujo del italiano, en forma de
meditaciones, la obra "Noches de Santa María Magdalena". Estando en
Roma, fue encargado por Espada, obispo de La Habana, de
vigilar y dirigir la construcción del hermoso altar de mármol de
nuestra Catedral. Trajo a Cuba los cuerpos de los mártires
Celestina y Lucida, para depositarlos en el convento de Santa
Catalina, el Habana, donde tenía este ilustre sacerdote habanero,
dos hermanas monjas.
Con
arreglo al decreto dictado con fecha de 29 de febrero de 1852, por
el Gobierno Superior Político de la Isla de Cuba, fue incorporada la
Casa de Maternidad a la Casa de Beneficencia, permaneciendo desde
entonces las dos casas regidas por una sola administración y por un
mismo reglamento. Previamente habían trasladado los dementes que se
encontraban en la Casa de Beneficencia, para el hospital que existía
en el Potrero Ferro.
El
distinguido prelado don Luis de Peñalver y Cárdenas,
principal fundador de la Casa de Beneficencia, era doctor en Sagrada
Teología, gobernador del Obispado, director de la Casa de Recogidas,
de la Casa de Beneficencia y de la Real Sociedad Patriótica de la
Habana, y además, fue encargado de la dirección de la fábrica de
planos de erección de nuestra Catedral. Más tarde, fue nombrado
obispo de la Nueva Orleans, donde invirtió grandes sumas de su
peculio particular, en el restablecimiento de templos y hospitales,
fomentando al mismo tiempo la escuela de monjas Ursulinas,
promoviendo poco después su establecimiento en La Habana. En 1801,
fue nombrado arzobispo de Guatemala, donde reformó las escuelas y
fundó una cátedra de moral en el Seminario. Regresó a su país natal,
donde falleció el 17 de julio de 1808, habiendo legado más de
doscientos mil pesos a diversos establecimientos de beneficencia y
caridad.
Una
vez referidos los principales servicios prestados por el virtuoso
obispo de Peñalver, llamado "El ángel tutelar de la Habana",
debemos también decir que este distinguido prelado pertenecía a una
de las más antiguas y nobles familias del país. Los Peñalver habían
acreditado su hidalguía desde principios del siglo XVI en la villa
de Valdeolivos, perteneciente a la provincia de Cuenca, de donde
pasó a Jamaica en la primera mitad del siglo siguiente, don
Gabriel de Peñalver Angulo y Arias, para ocupar el cargo de
gobernador de dicha Isla. Poco después, su hijo el capitán Diego
de Peñalver Angulo y Fuentes, se trasladó primeramente a
Santiago de Cuba, donde salió electo alcalde ordinario en 1670,
estableciéndose después el Habana, donde desempeñó los cargos de
alcalde ordinario y de tesorero contador juez oficial real de
Hacienda, en 1681.
Los
numerosos descendientes del referido capitán Diego de Peñalver
Angulo y Fuentes, contribuyeron notablemente al desarrollo y
fomento de la Isla de Cuba, por lo que obtuvieron los títulos de
marqueses de Casa Peñalver y de Arcos, conde de Santa María de
Loreto, de San Fernando de Peñalver y de Peñalver. Veamos a
continuación a varios vástagos de esta ilustre familia, que ocuparon
importantes cargos en nuestro país:
Don
José Joaquín de Peñalver y Calvo de la Puerta, fue alcalde
ordinario, teniente regidor y teniente de alcalde mayor provincial;
y su hermano Juan Bautista, fue presbítero y consultor del
Santo Oficio de la Inquisición. Don Gabriel, hermano también,
fue religioso de la orden de Santo Domingo.
Don
Diego de Peñalver y Calvo de la Puerta, hermano de los
anteriores, fue tesorero oficial real de las Cajas de La Habana y
ministro honorario de la Contaduría Mayor de Cuentas. Su hijo
Gabriel, fue primer conde de Santa María de Loreto, regidor
perpetuo del Ayuntamiento y familiar del Santo Oficio de la
Inquisición.
Don
José María de Peñalver y Cárdenas, fue consiliario de la Junta
de Agricultura y miembro de la Sociedad Económica de Amigos del
País. Escribió el reglamento de Policía Rural y un informe notable
sobre el estado general de la Isla. Su hermano Francisco, fue
regidor perpetuo del Ayuntamiento, alcalde ordinario y de la Santa
Hermandad.
Don
Nicolás de Peñalver y Cárdenas, fue primer conde de Peñalver y
alcalde ordinario de La Habana; y su hijo Narciso, escribió
varias obras de religión y de filosofía. Don Nicolás de Peñalver
y Zamora, hijo de este último, fue conde Peñalver, marqués de
Arcos, diputado a Cortes por Luarca y alcalde de Madrid.
Don
Ignacio de Peñalver y Cárdenas, primer marqués de Arcos, fue
tesorero general del Ejército y real Hacienda de la plaza de La
Habana, intendente honorario de Provincia y comisario ordenador de
los Reales Ejércitos.
Don
Sebastián de Peñalver y Calvo de la Puerta, fue abogado, regidor
perpetuo y receptor de Penas de Cámara. Obtuvo en 1738, la primera
Vara de alcalde ordinario de La Habana. Cuando el sitio de esta
Plaza por los ingleses en 1762, el gobernador español le concedió el
grado de coronel de Milicias y al rendirse esta ciudad, aceptó del
invasor el cargo de teniente gobernador de los súbditos españoles.
Una vez de vuelta esta Plaza a España, el Conde de Ricla
ordenó formarle causa y lo envió preso a la Península. Su hijo
Gabriel, fue primer marqués de Casa Peñalver, regidor perpetuo
del Ayuntamiento y alcalde ordinario de La Habana.
Don
Juan Crisóstomo de Peñalver y Barreto, primer conde de San
Fernando de Peñalver, fue teniente regidor y alcalde ordinario de La
Habana. Su hijo Juan Crisóstomo, fue conde del mismo título,
alcalde de La Habana, consejero de administración y gobernador
político de la Isla de Cuba.
17
Noviembre 1946