En
cumplimiento del artículo 19 del tratado de Versalles, fue devuelta
a España la isla de Cuba, tomando posesión de ella 8 de julio de
1763 el teniente general don Ambrosio Funes de Villalpando y
Abarca de Bolea, conde de Ricla, hijo de los condes de Atarés,
celebrándose este suceso en La Habana con un hermoso repique general
de campanas, una procesión del Santísimo Sacramento, un Te Deum y
grandes festejos en toda la Isla.
El
capitán general Ricla llegó a La Habana en la escuadra
mandada por el capitán de navío don José Sapiaín, compuesta
por cuatro navíos de línea y algunos transportes, acompañado por su
segundo el general irlandés al servicio de España, don Alejandro
O’Reilly y MacDowell, más tarde conde de O’Reilly, brigadier don
Silvestre de Abarca y coronel don Agustín Crame,
ingenieros militares y otros distinguidos oficiales de mar y tierra,
con el regimiento de infantería de Córdoba compuesto por más de 2000
de tropa escogida.
El 30
de julio de 1763, primer aniversario de la capitulación del Morro,
se ofrecieron suntuosos funerales dedicados a los valientes
defensores de dicha fortaleza, asistiendo el conde de Ricla
y su segundo el general O’Reilly. Presidió la velada el
coronel don Bartolomé Montes, aún no repuesto de las heridas
recibidas junto a sus compañeros caídos, los héroes capitán
Velasco y marqués González. Predicó el doctor Rafael
Núñez del Castillo y Sucre, sacerdote de afamada elocuencia,
hijo de los marqueses de San Felipe y Santiago.
Debemos recordar, que conforme al tratado de Versalles, España
entregó a Inglaterra la Florida, a cambio de la devolución de la
Isla de Cuba y no queriendo muchas familias españolas vivir en la
Florida bajo el dominio británico, se trasladaron a nuestro país,
estableciéndose la mayor parte en la provincia de Matanzas, en
terrenos donados para esta finalidad por el ilustre coronel habanero
don Jerónimo Espinosa de Contreras y Jústiz, conde de Jibacoa,
según escritura de 31 de diciembre de 1763, ante don José
Martínez de Velasco, escribano público de Matanzas.
Mientras el capitán general conde de Ricla se dedicaba a
reorganizar con gran acierto todas las ramas de la administración
del país, el general O’Reilly, que fue el primer subinspector
y segundo cabo que se conoció en esta Isla, organizaba todo el
personal militar de sus guarniciones veteranas, creando cinco
cuerpos de Milicias, entre ellos, los de Pardos y Morenos.
Por su
bando el 23 de septiembre de 1763, el conde de Ricla, dividió
la ciudad de La Habana en cuatro cuarteles que fueron confiados a
miembros de la antigua nobleza cubana: uno, que comprendía la parte
sur hasta la calle de Acosta, bajo la inspección del capitán
Félix José Rodríguez Acosta y Riaza, depositario general y
regidor perpetuo del Ayuntamiento, alcalde de la Santa Hermandad,
que se había distinguido notablemente durante el asedio de los
ingleses al frente de uno de los escuadrones de Milicias, por lo que
lleva su nombre (Acosta) una de las calles de esta Capital; otro,
que comprendía desde esta calle hasta Amargura, inspeccionado por el
capitán Cristóbal de Zayas Bazán y Zayas Bazán, regidor del
Ayuntamiento; otro, desde esta calle hasta O’Reilly, inspeccionado
por don Pedro de Santa Cruz y Aranda, regidor perpetuo y
alcalde ordinario (hermano del conde de Jaruco), y otro, que
comprendía el resto de la Ciudad, inspeccionado por don Mateo
Pedroso y Florencia, regidor perpetuo, alcalde ordinario y
miembro destacado de la ilustre casa de los marqueses de San Carlos
de Pedroso y condes de Pedroso y Garro.
Se le
confió el mando de las tropas de caballería de la plaza de La
Habana, al coronel francés al servicio de España, Antonio
Raffelin y Grossan, casado con la ilustre habanera doña
Bárbara Roustan de Estrada y Máquez del Toro, que fueron padres
de don Antonio, distinguido violinista cubano, compositor de
música sagrada y autor de más de noventa trabajos clásicos.
Los
referidos ingenieros militares Abarca y Crame (belga
este último ), en unión del distinguido coronel habanero don
Antonio Fernández Trevejos y Zaldívar, también ingeniero,
reconstruyeron la fortaleza de los Tres Reyes o el Morro, levantaron
los castillos de Atarés y de San Carlos de la Cabaña, y echaron los
primeros cimientos al castillo del Príncipe, que servía entonces
para proteger el recinto amurallado de la plaza de La Habana, y al
famoso intendente de marina don Lorenzo Montalvo y Ruiz de
Alarcón, conde de Macuriges, que se había distinguido
notablemente durante el asedio de los ingleses, se le comisionó para
la reconstrucción del Arsenal de La Habana, que el propio
Montalvo había creado, y cuyas obras fueron más tarde terminadas
por el valiente jefe de escuadra don Juan Antonio de la Colina y
Racines (casado con la distinguida habanera doña María
Manuela de Cárdenas y Castellón, hermana de los marqueses de
Cárdenas de Monte Hermoso y de Prado Ameno), que fue el primer
comandante general de la Marina que tuvo el Apostadero de La Habana.
Por
indicación del ingeniero coronel Crame, fue derribada la
ermita de Guadalupe, que consideró, por su situación, perjudicial a
la defensa de esta Plaza. Poco después, murió despedazado el
distinguido ingeniero militar en la Calzada del Norte, entre
Someruelos y Cienfuegos, en ocasión que llegando del campo en
carruaje, se desbocaron las mulas, siendo por ellas arrastrado,
viniendo a caer, por rara coincidencia, en el mismo lugar donde
estaba construida la ermita que ordenó derrumbar, cuyo hecho no
atributivo el vulgo a mera casualidad. Hasta el año 1826, existió
una cruz en el mismo sitio donde ocurrió este accidente,
conmemorativa al triste suceso.
Durante el sabio gobierno del conde de Ricla, se emplearon
más de seis millones de pesos fuertes en obras de fortificación, y
por real cédula del año 1764, se creó y estableció para don
Miguel de Altarriba la Intendencia de La Habana con jurisdicción
sobre toda la Isla; se ordenaron las rentas, creándose también
diferentes administraciones, se regularizaron los correos marítimos
con España y otros de América por el administrador de rentas don
José Antonio de Armona y Murga, casado con la ilustre habanera
doña María Josefa Beitia y Castro, hija de los marqueses del
Real Socorro.
En
1764, con anuencia del capitán general Ricla, comenzó a
publicarse el primer periódico literario habanero titulado “El
Pensador”, fundado por los ilustres abogados cubanos, licenciado
Ignacio José de Urrutia y Montoya, distinguido historiador, y el
doctor Gabriel Beltrán de Santa Cruz y Aranda, conde y señor
de San Juan de Jaruco, fiscal de la Real Hacienda, alcalde ordinario
y catedrático de la Real y Pontificia Universidad de La Habana.
El
letrero más antiguo que ostenta una calle de La Habana, es el que se
ve en la de Muralla esquina a San Ignacio, puesto por el cabildo del
Ayuntamiento para perpetuar la memoria del ilustre conde de Ricla,
restaurador de la Isla después de la evacuación de las tropas
inglesas, en 1763. En una piedra circular, rodeada de adornos, se
lee: “Calle de Ricla en memoria del Excelentísimo Señor Conde de
este título destinado por Su Majestad para la restauración de esta
ciudad, Año 1763”. También otra calle de Matanzas lleva el nombre
del ilustrado capitán general conde de Ricla, cuyo título nobiliario
fue concedido en 1589, por don Felipe II a don Francisco
Miguel de los Cobos Luna y Guzmán, marqués de Camarasa,
Comendador Mayor de León y el cual lleva en la actualidad doña
María Cristina Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos.
En
estos artículos trató siempre de decir la verdad, evitando de esta
manera graves perjuicios para nuestra historia y en ellos habrá
podido observar el lector, que hasta que comenzaron las primeras
luchas por la independencia de Cuba, estuvieron en manos de los
miembros de la antigua nobleza del país, la mayor parte de los
cargos públicos, obteniendo además los nativos, altas graduaciones
en las Milicias, el Ejército y en la Marina de Guerra; fundaron
pueblos y ciudades a su costo y contribuyeron en todas las ramas de
la actividad humana al mejoramiento y engrandecimiento de la Isla de
Cuba. Los nombres más preclaros de las antiguas familias del país,
aparecen con gran frecuencia en la relación de miembros de la Real
Sociedad Patriótica o Real Sociedad Económica de Amigos del País,
cuya notabilísima institución todos sabemos fue la que más
contribuyó en Cuba al fomento de la instrucción pública, de la
prensa periodística y de las vías de comunicación, y que más
promovió los adelantos de la agricultura, del comercio, de la
industria y de todas las demás ideas progresistas del mundo.
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Junio 1948