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Del Pasado - Por el Conde San Juan de Jaruco

Bella Cubana en la Corte de Isabel I

Doña Locadia Zamora y Quesada, hija del licenciado José María Zamora y Coronado, regente de la Real Audiencia Pretorial de La Habana, y de la ilustre camagüeyana doña María de los Angeles de Quesada y Guerra, fue una cubana que brilló notablemente por su belleza y distinción en la Corte de Isabel II, adonde había tenido que trasladarse su padre para ocupar un nuevo y alto cargo de la Monarquía.

Encantado con la belleza de Leocadia, hizo en Madrid su retrato por el año 1855, el gran artista don Federico Madrazo, que no pintó nunca a ninguna mujer que no fuera extraordinariamente bella y de esclarecido linaje. A principios del presente siglo, conservaba este retrato, obra admirable de la pintura española, su sobrino don Nicolás de Peñalver y Zamora, tercer conde de Peñalver, quinto marqués de Arcos, diputado a Cortes por Luarca, alcalde de Madrid, gentilhombre de cámara de Su Majestad y miembro destacado de una de las más antiguas y nobles familias de Cuba, que habían obtenido además, en sus distintas ramas, los títulos de marqués de Casa Peñalver, y de conde de Santa María de Loreto y de San Fernando de Peñalver.

La señorita Zamora, extraordinariamente hermosa, frecuentaba los salones de los duques de Medinaceli y de Osuna, marqueses de Santa Cruz y condes del Montijo, donde llamaba la atención por su exquisita belleza y gran distinción. Un conocido escritor de su época dijo: ¨ No es muy alta en verdad; pero sí llena de armonía y como envuelta en una serenidad inefable. Está el color de su tez entre el ámbar y el rosa, y nada más fino que esa gasa blanca que corta el escote de hombro a hombro, sobre la que tres flores pálidas ponen como la gracia de un ocaso.¿Visteis nunca un chal caído con más abandono y coquetería que éste, ni manos más suavemente dispuestas, hasta el punto de parecer dos palomas, como dormidas en los bullones de la seda? Más si todo esto tiene un ángel casi imposible de igualar, el rostro de esta mujer es como la síntesis de todos los hechizos femeninos que pudieran soñarse. Y en medio de este manojo de encantos, los ojos grandes, oscuros, brillantes, extraordinariamente bellos, revelan con elocuencia un agudo sentido del humor, un intenso amor al placer, una gran alegría de vivir, aunque en lo más hondo de su expresión no pueda uno dejar de advertir un melancólico reflejo”.

Fácil es de imaginar la espléndida acogida que tuvo Leocadia Zamora dentro de la más rancia nobleza española, tomando parte en grandes fiestas musicales, como ya lo había hecho en La Habana, en las distinguidas sociedades de “Santa Cecilia” y el la “Filarmónica Habanera”. Se la disputaban en todas las reuniones y saraos, y la reina Isabel II, unos años menor que ella, quería tenerla siempre a su lado, como la reina María Cristina, viuda de  Don Fernando VII, casada entonces con el duque de Riansares. Los marqueses de Bedmar y de Alcañices deliraban por ella, y también la condesa de Campo-Alanje y el embajador de Francia, M. Bresson. Pero donde se le mostraba un cariño más entrañable y donde ella estaba más a su gusto, era en el palacio de la condesa del Montijo, en la plaza del Angel. Allí, al encanto material de doña María Manuela, uníase la juvenil amistad de sus hijas, Paca y Eugenia, las que años después se convirtieron por sus matrimonios, la primera en la duquesa de Alba, y la segunda en Emperatriz de los franceses. Por aquella época, Leocadia era la amiga inseparable de las dos nobilísimas muchachas. Juntas iban al circo de Paul, en la plaza del Rey, donde rivalizaban dos bailarinas famosas: Guy Stefany, francesa, rubia como el oro: y la Fouco, napolitana, de tez cobriza, en fuerza de ser morena. Cómo se divertían las tres chicas, viendo a los amigos del marqués de Salamanca aplaudir a la francesa, la protegida de éste, para que rabiara el arrogante y valiente capitán general Narváez, duque de Valencia y destacada personalidad del Reino, enemigo mortal del marqués de Salamanca. Juntas iban también al Liceo para aplaudir a Espronceda, cuando recitaba su “Himno al Sol’’ escrito expresamente para aquellas veladas: se embelesaban con el tenor Rubini, en el aria de los “Puritanos” y admiraban la espléndida hermosura de la ilustre camagüeyana doña Gertrudis Gomes de Avellaneda y Arteaga, “la primera lírica de su tiempo”, cuando subía al tablado y electrizaba a la gente con algunas de aquellas famosas poesías suyas delicadamente viriles: casada en primeras nupcias con don Pedro Sabater, diputado a Cortes, jefe superior político de Madrid: y en segundas, con don Domingo Verdugo Masseu, coronel de Artillería, diputado a Cortes y teniente gobernador de Cienfuegos y Cárdenas en la isla de Cuba.

No había fiesta, verbena ni sarao donde no se vieran juntas a Paca, Eugenia y a Locadia, y juntas estuvieron un día a punto de ahogarse en una fiesta campestre organizada por la reina Cristina en los jardines de su quinta de Vista Alegre. Sucedió, que ocupaban las tres amigas una góndola, que se deslizaba por un pequeño canal que cruzaba la finca de extremo a extremo. De pronto, volcó la barquichuela, y allá fueron al agua las tres beldades con revuelo de gritos, razos y pamelas. El canal tenía nueve pies de hondo, quiero decir que existía peligro, pero allí estaban para salvarlas varios amigos que se echaron al agua.

Así transcurrió feliz y halagada la vida de la deslumbrante cubana y, pese a tener a su alrededor numerosos admiradores resueltos a la boda, la verdad fue que no hizo caso a ninguno, y fue pasando entre sonrisas y discreteos sus años más luminosos. Casaron sus amigas Paca y Eugenia del Montijo, y su gran admirador Washington Irving, el insigne hispanófilo de la “Historia de la conquista de Granada” y de los “Cuentos de la Alhambra”, el que la llamó “su favorita”, por el encanto que la palabra de Locadia ejercía sobre el, hacía ya tiempo que había regresado a su tierra natal americana a orillas del Hudson.

Pasó el tiempo y cada vez más rara se notaba la presencia de la distinguida e interesante cubana en los teatros y reuniones, aumentando este alejamiento al pasar a Francia la reina Isabel II, después de la batalla de Alcolea. Un día, se supo que Locadia había emprendido un viaje a Oviedo, donde compró una casona que la convirtió en un convento de carmelitas y, pasado el año del noviciado, abrazó la estrecha regla y se encerró entre aquellos muros para no salir más, y sus compañeras la invistieron más tarde con la dignidad de abadesa. Al verse gobernando una casa del Señor, Leocadia pensó con terrible desasosiego en el retrato que le había hecho Madrazo, en el que lucía un vestido de baile con moderado escote, sin duda, pero que en aquellos momentos le parecía, desde la santidad de su cargo, de una cabal inconveniencia. Aquel lienzo no podía continuar allí, y al efecto escribió a Paris a un pariente suyo que conservaba el cuadro, diciéndole que inmediatamente hiciera pintar sobre aquellas galas un hábito de religiosa, y cuando estuviera hecho el cambio, le enviase el  retrato a Oviedo. Así se hizo, y en el convento ovetense permaneció el lienzo pintado por Madrazo años y años, hasta que muerta ya doña Leocadia, su sobrino, el conde de Peñalver, logró rescatarlo y volverlo a su primitivo estado.

Desde el día de sus votos, anduvo siempre Leocadia con un velo en la cara, quien sabe si para ocultar se belleza, o para que no se vieran los estragos que iba haciendo el tiempo. Un día, una sobrina suya, en el locutorio mostró deseos de ver aquella cara que decían prodigiosa, y después de numerosas súplicas, doña Leocadia accedió. Su mano alzó el velo, y apareció un rostro extremadamente marchito, pues en medio de sus arrugas, había como un encanto inextinguible que borraba el detrimento de la edad. Sus ojos seguían siendo los mismos: inmensos y colmados de luz. Doña Leocadia alcanzó larga vejez, y al morir, se le dio sepultura en el mismo Convento que había fundado.

La gran poetiza camagüeyana, doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, le dedicó estos versos:

Donde se graban tus huellas

Brotan rosas y alhelíes:

En el lugar donde ries.

Va la aurora a despertar

Y aljofares muestras partiendo rubies

Que nunca sus penas podrán igualar,

¿Quién te excede en donosura?

¿Quién te copia en gallardía?

21 Marzo 1948

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