Desde
mediados del siglo XVI, todos los buques que navegaban entre España
y la América Central, tenían que hacer escala forzosa en el puerto
de La Habana, lo que dio ocasión para que se desarrollara
notablemente en nuestro país, la industria de construcción de
barcos, adquiriendo los armadores de La Habana fama mundial, tanto
por el perfeccionamiento de los buques que salían de sus astilleros,
como por las excelentes maderas del país que empleaban en su
construcción.
Por el
año 1713, pasó a la Corte don Agustín de Arriola, para
gestionar que acometieran con mayor auge en La Habana las
construcciones navales para la Real Armada consiguiendo que don
Bernardo Tinajero, secretario del Consejo de Indias, tratase del
asunto con Felipe V, el cual ordenó poco después que se
instalara en la ribera de nuestro puerto, en el espacio comprendido
entre el Castillo de la Fuerza y la actual Aduana, un arsenal
provisional, el cual fue dirigido durante muchos años por el célebre
funcionario de Marina, Don José Campillos y Ocio. Las reglas
y demás disposiciones por las que debía regirse el arsenal, fueron
reconocidas y aprobadas por don Antonio de Castañeda, sujetos
de grandes conocimientos sobre esta materia, famoso en toda Europa.
El
ministro Patiño fue el primero que ordenó construir en el
arsenal de La Habana, buques de importancia para la Armada,
procediendo de dicho astillero, en 1724, el navío “San Juan”, de
cincuenta cañones, y poco después, el conocido armador habanero don
Juan de Acosta, capitán de maestranza, construyó en el mismo
artillero, veintiocho buques de guerra, los cuales fueron lanzados
al mar a impulsos de fueranimal, pues nuestra fábrica carecía de
dique.
Los
numerosos astilleros que se encontraban establecidos en la ribera de
la bahía de La Habana a mediados del siglo XVIII, llegaron a
embarazar notablemente el movimiento comercial de nuestro puerto
(que ya había adquirido un gran incremento), por lo que se ordenó el
traslado del primitivo arsenal, para el espacio cerrado de
quinientas varas de fondo por cuatrocientas de ancho, que existía
sobre la ribera de la bahía al sur de la ciudad, entre el baluarte
de San Isidro y toda la mitad meridional de la calle de Factoría.
El
traslado del arsenal y las obras que fueron necesario realizarse,
las ejecutó con gran actividad e inteligencia el comisario ordenador
de Marina, don Lorenzo Montalvo Ruiz de Alarcón, natural de
Valladolid, más tarde conde Macuriges, intendente general de Marina,
ministro de la Fábrica de Bajeles, de la Real Hacienda y Cajas de La
Habana, y tronco inicial de esta ilustre familia en Cuba.
La
nobilísima familia de Montalvo radicaba en el siglo XV en Palencia,
empadronados como hijos-dalgo de Casa y Solar conocido, habiendo
ganado ejecutoria de nobleza en la cancillería de Valladolid el 27
de agosto de 1527. Por los innumerables servicios prestados por esta
familia en Cuba, se le concedieron los títulos de conde de Macuriges,
y de Casa Montalvo, y de marqués de Casa Montalvo.
Don
Lorenzo Montalvo pasó a Cuba muy recomendado por sus grandes
dotes de mando, debiéndose a él la gran importancia que más tarde
adquirió el nuevo arsenal de La Habana, donde se construyeron
numerosos buques de guerra, cuyos nombres publicó en 1813, el
historiador don José Antonio Valdés, en una interminable
relación que aparece en su obra titulada “Historia de la Isla de
Cuba”.
Las
embarcaciones construidas en el arsenal de La Habana, adquirieron
fama mundial, a tal extremo, que el rey Carlos III eligió
para el transporte de su real Persona y de su augustísima esposa, un
navío construido en el astillero de La Habana, por cuyo honor se le
confirió al arsenal habanero, el nombre de “El Fénix De la Real
Armada”.
La
inauguración del nuevo arsenal de La Habana, coincidió con la orden
por la cual se dispuso que se trasladara a su puerto el apostadero
marítimo de las fuerzas navales empleadas en la América Central,
situado hasta entonces en la incómoda y poco segura bahía de los
“Sacrificios”, cerca de Veracruz.
Durante el asedio y toma de la plaza de La Habana por los ingleses,
don Lorenzo Montalvo dió en muchas ocasiones pruebas de un
gran patriotismo, iniciando espontáneamente actos de generosos
desprendimientos de dinero en obsequio de la atribulada población.
Trajo de su ingenio “Ojo de Agua”, esclavos, bueyes, herramientas y
todo cuanto era necesario para la guerra, sin esquivar por su parte
ningún género de auxilio personal. En la defensa del Morro, el
inmortal Velasco, lo llamaba “su consuelo”, pues Montalvo
ideaba rápidamente los medios de reponer los descalabros que hacía
la artillería enemiga, con la construcción de aplanados,
fortificación de la Loma de Soto ( altura donde después se construyó
el castillo de Atarés) y en otras numerosas funciones de guerra que
realizó con gran peligro de su persona, todo lo cual lo hizo constar
el gobernador español don Juan de Prado y Malleza, antes de
embarcar para la Metrópoli. Durante la capitulación, moderó la
influencia de la severidad inglesa, como dijo después el historiador
Guiteras: “al influjo de Montalvo se debió durante la
dominación inglesa el arreglo de muchas cuestiones con hacendados,
debiéndosele también la salvación de muchos procesados en La Habana,
por sus tropelías contra los dominadores”. Por las cartas que más
tarde se ocuparon de las autoridades británicas, se sabe que don
Lorenzo fue amenazado en distintas ocasiones por los ingleses,
anunciándole un rápido extrañamiento y una confiscación de sus
bienes.
Montalvo
desaprobó sin éxito la ineficaz medida ordenada por el gobernador
español del abandono de la Cabaña, y de echar a pique los navíos
“Neptuno”, “Asia” y “Europa”, para impedir la entrada en el puerto
de La Habana, de la escuadra inglesa dirigida por el almirante
George Pockock, oponiéndose también a otra serie de desaciertos
cometidos por el jefe español, que dieron lugar más tarde a que se
les formularon cargos a los defensores de La Habana.
Cuando
el Conde Ricla llegó a La Habana en la escuadra mandada por
él capitán de navío José Sa…… para recibir esta Plaza de
manos del gobernador inglés conde de Albemarle, se encontró
que el arsenal de esta ciudad había sido destrozado durante el
asedio británico, que había creado, y cuyas obras fueron continuadas
por don Juan Antonio de la Colina, comandante general de este
Apostadero en 1767, y las cuales fueron terminadas por su sucesor el
teniente general Juan Bonet.
Bonet
fue sustituido en el apostadero de La Habana, por el teniente
general José Solano, y éste lo fue por el teniente general
Juan de Araoz, que fundó su hospital militar y reparó
convenientemente los muelles de esta ciudad, donde instaló, cerca de
la desembocadura de la calle de Luz, una potente máquina a la cual
llaman vulgarmente “La Machina”, y que sirve para arbolar
embarcaciones de todo porte.
Veamos
a continuación a otros jefes de alta significación del apostadero de
La Habana, príncipes de la Milicia, que son ascendientes de varias
familias de antiguo arraigo y esclarecido linaje en Cuba:
Don
Pedro Claudio Du’Quesne y Correur de Sercourt, marqués Du’Quesne,
capitán de navío de la Real Armada española (que había renunciado a
seguir sirviendo en la marina francesa, al enterarse de la ejecución
de Luis XVI, y que con anterioridad había acompañado al
general Lafayette, a hacer la guerra de independencia de los
Estados Unidos), fue director del apostadero de La Habana.
Don
Miguel Gastón y Navarrete, teniente general de la Real Armada,
fue jefe del apostadero en 1822; don Angel Laborde y Navarro,
jefe de Escuadra, lo fue también del apostadero en 1825; don Juan
Bautista Topete y Viaña, jefe de Escuadra, lo fue también del
apostadero en 1834, y don Cristóbal Mallen y Castro, jefe de
Escuadra, lo fue también del apostadero de La Habana en 1854.
Los
numerosos descendientes de don Lorenzo Montalvo Ruiz de Alarcón,
primer conde de Macuriges, tienen también una gran importancia para
la Historia de nuestro país, pues se distinguieron notablemente en
la marina, en el ejército y en el desarrollo y fomento de la Isla de
Cuba. Veamos a continuación a los que más se destacaron:
Don
José Rafael Montalvo y Bruñon de Vertiz, segundo conde de
Macuriges, fue teniente de navío de la Real Armada, y sus hijos,
José María y Casimiro, alcanzaron igual grado en la
Armada. Don Antonio, hermano también de los últimos, obtuvo
el grado de brigadier de Marina.
Don
Tomás Montalvo y Sotolongo, siendo ayudante mayor de la Corona,
pereció a manos de los indios en un naufragio, estando en servicio
activo, y su hermano Diego, fue coronel del Ejército y
comandante del castillo de Atarés.
Don
Francisco Montalvo y Ambulodi, fue teniente general de los
Reales Ejércitos, teniente gobernador de la Isla de Cuba, capitán
general y virrey de Nueva Granada (Colombia), y consejero de Estado.
Restrepo, el historiador de la revolución colombiana, dice
que, “durante el gobierno de Montalvo comenzaron las leyes a
recuperar su imperio y aliviarse la suerte de los granadinos, que
mientras duró el feroz imperio de Morillo, estuvieron sumidos
en la opresión". Sus hermanos, Rafael y Pedro Montalvo,
alcanzaron el grado de teniente coronel de Ejército.
Don
Ignacio Montalvo y Ambulodi, primer conde de Casa Montalvo, fue
brigadier de los Reales Ejércitos, coronel del regimiento de
Dragones de Matanzas, alcalde ordinario, primer prior del Real
Consulado y miembro prominente de la Sociedad Económica de Amigos
del País de La Habana, de cuya benemérita corporación fue uno de sus
principales fundadores.
Don
Juan Montalvo y O’Farrill, fue mariscal de campo de los Reales
Ejércitos, consejero de Estado, prior del Real Consulado y director
de la Real Sociedad Patriótica de La Habana. Introdujo en Cuba el
primer buque de vapor nombrado "Neptuno", que surcó nuestras aguas,
haciendo el servicio entre La Habana y Matanzas. Su sobrina, la
condesa de Merlín dice: "séame lícito citar en primer rango a mi
tío Juan Montalvo, que no cesa de poner al servicio de sus
conciudadanos todas las mejoras materiales e intelectuales, y todos
los recursos de su talento y de su fortuna". Sus hermanos Pedro,
Rafael, Francisco y José Lorenzo, alcanzaron el
grado de teniente coronel de Ejército, y el último, fue segundo
conde de Casa Montalvo y diputado a Cortes por La Habana, para la
legislatura de 1814.
Don
Juan Montalvo y Núñez del Castillo, IV conde de Casa Montalvo,
fue coronel del regimiento de caballería de Matanzas y procurador a
Cortes en 1834. Refiriéndose Saco a este ilustre cubano dice:
"tomó un día la palabra en el estamento de procuradores para
denunciar las violencias del capitán general Tacón, quien
considerándose gravemente ofendido, juró desde entonces a
Montalvo la más escarnecida enemistad". A pesar de los impuros
manejos de Tacón, volvió a ser electo Montalvo para
las nuevas Cortes de 1837, en unión de Saco, Armas y
Escobedo. En la obra titulada "Fisonomía natural y política
de los procuradores a Cortes", encontramos lo siguiente: "Montalvo,
rico y excelentísimo cubano, enemigo de las facultades omnímodas de
aquellas autoridades, levantó la voz a riesgo de ser perseguido y
proscripto cual otro Coriolano". Montalvo fue autor de la
novela "Un amor y una expiación".
Don
José de Jesús Montalvo y de la Cantera, natural de La Habana,
conde de Casa Montalvo, y su hijo José María, conde de
Macuriges, murieron en Madrid, durante la última revolución civil.
Durante la era republicana también se han distinguido notablemente
los Montalvo, encontrando entre sus miembros más destacados a don
Rafael Montalvo y Morales, general de la guerra de Independencia
de Cuba.
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Noviembre 1946