El Agua de La
Habana
Consta
en los anales de la historia que ya La Habana estaba establecida en
la costa norte de la actual provincia que lleva su nombre, en las
márgenes del río de la “Chorrera”, (los indios lo llamaban
Casiguaguas), probablemente cerca de su desembocadura, y con el
nombre de “Pueblo Viejo”, donde contaba con gran abastecimiento de
aguas potables, consideradas en aquella época como las más frías que
se conocían, por lo que sus baños se distinguieron con la
denominación de “Baños de sangre”. Más tarde, este río fue conocido
por el nombre de “Almendaris” o Almendares”, en memoria del obispo
Alonso Enríquez de Almendaris, que se dice, recobró en sus
aguas la salud perdida.
El
traslado de la naciente población al lugar que hoy ocupa, donde se
carecía de agua, parece que obedeció a los alicientes que ofrecía el
puerto (conocido en aquella época por el nombre de Puerto de
Carenas, por haber carenado en él, don Sebastián de Ocampo el
año 1598, cuando realizaba el bojeo de la Isla). También pudo haber
obedecido este traslado, a la protección que daría a sus vecinos el
proyecto que por entonces existía, de la construcción de la primera
fortaleza de La Habana, que amparaba a la población de los
frecuentes ataques y saqueos que le hacían los piratas.
Las
primeras casas que se fabricaron en esta villa, estuvieron situadas
donde hoy se encuentra la Plaza de Armas, en dirección de la actual
Lonja de Comercio, como vemos, en las márgenes de la bahía. En un
principio los vecinos se surtían de las aguas del “Jagüey” que era
un depósito natural de roca, situado al pie de la loma de la Cabaña,
el cual se llenaba con las aguas de lluvias que bajaban por la
pendiente que allí existe. Los habaneros también construyeron en
sus casas, unos aljibes que se llenaban con las lluvias. Más tarde,
en el Campo de Marte (actual plaza de la Fraternidad), existió un
pozo público que se llamó “La Noria”.
Los
buques que hacían escala en el puerto de La Habana, para proveerse
de agua, tenían que hacerlo mediante unas barcas que traían el
precioso líquido del río de la “Chorrera”, ocasionando esta
distancia grandes gastos y pérdidas de tiempo, por lo que el
licenciado Juan de Ávila, que gobernó a esta Isla desde
principios del año 1544, hasta mediados del 46, fue el primero que
pensó en surtir de aguas potables la villa, trayéndolas desde el rio
de la Chorrera, por medio de una zanja.
El
licenciado Antonio Chávez, inmediato sucesor de Ávila en el
gobierno de esta Isla, fue autorizado para dar comienzo a las obras
de la Zanja Real, según cédula de 11 de febrero de 1547, para lo
cual estableció un impuesto sobre el vino, la carne y el jabón con
el objeto de recaudar los fondos necesarios para llevar a cabo la
obra.
Don
Juan de Roxas Inestrosa que en distintas ocasiones había
desempeñado los primeros cargos en la Isla, entre ellos, el de
teniente gobernador, fue autorizado por la Corona en el año 1559,
para cobrar derechos de anclaje a los buques que se estacionaran en
la bahía de La Habana. Poco después, tuvo que derogarse esta orden,
porque los navíos se negaban a pagar ese tributo.
Viéndose que los trabajos de la Zanja Real no prosperaban lo
suficiente, el cabildo celebrado el 26 de diciembre de 1562 por el
Ayuntamiento de esta villa, acordó convocar a los principales
vecinos para costear en parte los gastos que ocasionaran el cauce
conductor de las aguas de la Chorrera, ordenándose el 24 de enero de
1564, que se sacaran a subasta las obras y poco después don
Francisco Calona, maestro de cantería, que también dirigía las
obras de construcción de la Fortaleza, se hizo cargo de dar agua a
La Habana.
El
gobernador Gabriel de Montalvo, creyó poder terminar las
obras de la Zanja Real, que Calona continuaba construyendo
lentamente y en pésimas condiciones, a tal extremo que el huracán
que azotó La Habana el 14 de agosto de 1576, destruyó todo lo que se
había hecho.
Durante el segundo mando del gobernador Gabriel de Luján, se
construyó en la plaza de la Ciénaga (hoy de la Catedral), sobre la
laguna que allí existía, un estanque grande, donde se recogían las
aguas que manaban de su fondo, procedentes de unos manantiales
alrededor de los cuales se instalaron varios establecimientos de
baños, pero la cisterna estaba destinada exclusivamente para
abrevadero del ganado y para la aguada de los buques que atracaban
al lugar conocido por el “Boquete”, situado frente a la
desembocadura de la calle de Mercaderes, donde poco después se
instalaron los famosos astilleros de la primera sociedad armadora
que tuvo esta Isla, formada por los capitanes Alonso Ferrera,
Antonio Veloso, Juan Pérez de Oporto y Francisco
Díaz Pimienta. También se acumulaban en la Ciénaga las aguas
lluvias que procedían de la loma del Ángel y de otras partes de la
Villa, y las cuales se deslizaban hacia el mar por el referido
“Boquete”. Previamente hicieron la nivelación del río de la
Chorrera y de la Ciénaga, y encontraron que ésta última tenía tres
pies más bajo que el río.
El
gobernador Juan de Tejeda, vino a Cuba (1589-94), con la
orden de terminar las obras de la Zanja Real, para lo cual encargó
al notable ingeniero Juan Bautista Antonelli, constructor que
había sido de los castillos del Morro y de la Punta, la conducción
de las aguas hasta el callejón del Chorro, situado frente a la
actual plaza de la Catedral. El financiamiento de la obra lo
concertó con D. Hernando Manrique de Roxas, maestre de campo,
gobernador del pueblo de indios de Guanabacoa y miembro menor de la
ilustre Casa de los Roxas. Logró Tejeda terminar las obras en el
mes de abril de 1593, colocándose para conmemorar el importante
hecho, una lápida en el callejón del Chorro que dice así: “Esta agua
fue traída por el maestre de campo Juan de Tejeda. Año
1594”.
La
poderosa familia de Recio, ascendientes de los marqueses de
la Real Proclamación, alegó que había fraude en la relación de
gastos que presentaba Hernando Manrique de Roxas, creando así
grandes dificultades para el cobro de la cantidad adeudada, a tal
extremo, que el ingeniero Antonelli falleció sin poderlo
hacer, legando a su hijo el derecho al crédito que aun estaba
pendiente en 1622.
El
ingeniero militar Juan de Herrera, célebre matemático,
propuso años después continuar la Zanja hasta hacerla derramar en la
bahía, con el objeto de hacer surtir de agua con más comodidad a los
buques que allí se encontraran, proyecto también presentado con
otras muchas ventajas por el licenciado Pedro Beltrán de Santa
Cruz y Beitia, fundador del Real Tribunal de Cuentas de la Isla
de Cuba y progenitor en esta Isla, de los Condes de San Juan de
Jaruco, y de Santa Cruz de Mopox, no habiendo sido aceptadas sus
proposiciones por varios motivos, entre ellos, por temor a cegar el
canal del puerto con las basuras que arrastraría el impulso de la
corriente.
El
intendente Claudio Martínez de Pinillos y Cevallos, conde de
Villanueva, vizconde de Balbanera, Grande de España, propuso el 26
de junio de 1827 al capitán general y gobernador de la Isla de Cuba,
la construcción en La Habana de un acueducto de hierro, en
sustitución de la Zanja Real, partiendo desde el lugar conocido por
el Husillo. Arsenio Lacarriere y Latour, levantó los planos
y don Manuel Pastor, en unión del distinguido ingeniero
Nicolás de Campos, profesor de matemáticas, dirigieron las obras
del nuevo acueducto que recibió el nombre de Fernando VII. La
primera piedra se colocó el 3 de mayo de 1832 y las obras se
terminaron en 1835.
Muy
poco tiempo se utilizó el acueducto de Fernando VII, pues el rápido
aumento de la población, lo hizo muy deficiente, por lo que por real
orden de 5 de octubre de 1858, se comunicó al Ayuntamiento de La
Habana que se había aprobado el proyecto presentado por el famoso
ingeniero militar cubano don Francisco de Albear y Fernández de
Lara, que consistía en la conducción de las aguas desde los
manantiales de Vento hasta la capital, con arreglo al primer plano
trazado por el propio Albear en 1852, del grupo de manantiales que
el brillante ingeniero realizó personalmente, dándole los nombres de
Londres, París y Madrid, en su estado virgen, mucho antes de
proyectar la taza que los reúne. Este plano ha sido donado
recientemente por el distinguido ingeniero Enrique J. Montoulieu
y de la Torre, descendiente directo de don Francisco Calona,
constructor que fue de la Zanja Real, a la Sociedad Cubana de
Ingenieros de La Habana.
El
notabilísimo ingeniero militar don Francisco de Albear y
Fernández de Lara, nació en la fortaleza del Morro de La Habana,
el 11 de enero de 1816, llegando a obtener el grado de brigadier
del Real Cuerpo de Ingenieros, profesor de la academia de
Guadalajara, ingeniero de la Junta de Fomento, director de las Obras
Públicas de la Isla de Cuba y constructor del canal de su nombre, en
La Habana. Sus trabajos fueron premiados en las exposiciones de
Filadelfia en 1876 y en la de París, en 1878. Además era miembro de
muchísimas corporaciones científicas del mundo y se encontraba
condecorado con multitud de cruces y medallas. Fue hijo de don
Francisco José de Albear y Hernández, natural de La Habana,
coronel de infantería, comandante de las fortalezas de Jagua, en
Cienfuegos, de San Severino, en Matanzas y del Príncipe y el Morro
en la plaza de La Habana; gobernador militar de Matanzas,
subdelegado de Hacienda Pública y de la Superintendencia y Dirección
General de la Factoría de Tabacos de la Isla de Cuba, Benemérito de
la Patria; y de doña Micaela Fernández de Lara y Pérez de Vargas,
de la Casa de los marqueses de Castellón.
La
obra del acueducto de Vento o de Isabel II, más conocido por el
canal de Albear, duró algo más de seis años, terminándose el 23 de
enero de 1893. Según aparece en una memoria que se publicó en 1856,
La Habana participaría de ciento dos mil metros cúbicos diarios de
agua, por lo que calculando la población en trescientos mil
habitantes, correspondería a setenta litros per cápita.
Falleció el gran ingeniero Francisco de Albear y Fernández de
Lara, en La Habana el 23 de octubre de 1887, y en la plazoleta
que lleva su nombre se encuentra su estatua, de tamaño natural.
Doña
Felicia de Albear y Fernández de Lara, dama noble de la Banda
María Luisa, hermana del célebre ingeniero militar cubano, obtuvo
por los méritos de este último, el título de condesa de San Félix,
siendo además, vizcondesa de la Casa-González.
En La
Habana radican muchos nietos del famoso Albear, entre ellos, el
ingeniero Juan de Albear y Zúñiga, casado con María Teresa
Armenteros y Demestre.
Desde
el punto de vista meramente histórico, que es el que me ocupa, poco
podría agregar a lo narrado en este trabajo tan breve como requiere
un artículo de periódico. Unicamente me resta por desearle a mi
querido amigo, el nuevo alcalde habanero, doctor Manuel Fernández
Supervielle, el mayor de los éxitos en la magna empresa que ha
acometido de ampliación, mejora y perfeccionamiento del ya antiguo y
deficiente acueducto del notable Albear, para surtir eficiente y
abundantemente la vieja ciudad de San Cristóbal de La Habana.
4
Octubre 1946