El
teniente general Felipe de Fonsdeviela, marqués de la Torre,
capitán general y gobernador de la isla de Cuba, con el objeto de
construir el palacio de Gobierno en el sitio en que hoy se encuentra
instalado el Ayuntamiento de La Habana, se puso de acuerdo en 1771
con el obispo Santiago de Hechevarría Elguesúa y Nieto de
Villalobos, miembro de una de las más antiguas y destacadas
familias de Santiago de Cuba, que a la sazón ocupaba la mitra de
Cuba, para derribar la Iglesia Mayor parroquial que entonces se
encontraba ocupando ese lugar y la cual se hallaba clausurada de
este 30 de noviembre de 1741, a causa de las averías que le causó el
sacudimiento que produjo en parte de esta ciudad, la voladura del
navío “Invencible”, al ser incendiado por un rayo, estando atracado
cerca del muelle de la Machina.
Al
fin, en 1773 fue derribada totalmente la Iglesia y sus escombros
fueron aprovechados para hacer los rellenos y cimientos del palacio
de los gobernadores de esta Isla, pero a pesar del interés que tuvo
el marqués de la Torre por terminar el edificio antes de su salida
del gobierno, ocurrida en 1777, sólo pudo dejar en sus comienzos la
obra.
Durante el ilustrado mando de este capitán general, se iniciaron
muchas obras de gran utilidad pública y se terminaron otras que
elevaron a La Habana al nivel de las principales poblaciones de
América. Prohibió los techos de guano y comenzó el primer empedrado
que tuvo esta ciudad. Construyó en la Plaza de Armas en la casa de
la Intendencia (donde hoy se encuentra instalado el Tribunal Supremo
de Justicia )y los paseos de la Alameda de Paula y de Prado.
Fabricó el primer teatro habanero en la referida Alameda (actual
hotel de Luz) y destinó sus productos para sostener la Casa de
Recogidas (cárcel de mujeres), cuya edificación también terminó.
Construyó los puentes de Puentes Grandes, Río de Cojímar, Arroyo
Hondo y de las Vegas y formó el primer censo de población de toda la
isla.
Los
capitanes generales que sucedieron al marqués de la Torre, fueron
muy lentamente construyendo el palacio de los gobernadores, hasta
que lo terminó completamente en 1792, el nunca bien ponderado
capitán general Luis de las Casas y Aragorri, gobernador de
esta Isla, teniente general de los Reales Ejércitos, socio de honor,
protector, y primer presidente de la Real Sociedad Patriótica de La
Habana.
El
antiguo palacio de los capitanes generales esta construido sobre un
cuadrilátero de ochenta varas de fondo, y a la entrada principal del
edificio que da a la plaza de Armas, se encontraban a derecha e
izquierda las localidades destinadas para la guardia de la capitanía
general. En el piso alto, en los departamentos que miran a la
referida plaza y a la calle O’Reilly, estaba la residencia de los
gobernadores de esta Isla. En todo el frente que corresponde a la
calle de Mercaderes, tanto en la parte alta como la baja, estaba
destinada a la cárcel pública, y en todo el frente alto que mira a
la calle de Obispo, se encontraban las salas y oficinas del
Ayuntamiento y tanto sus entresuelos, como los pisos bajos de los
frentes de la plaza de Armas, y calles de Obispo y O’Reilly, se
alquilaban para escribanías y otras oficinas análogas.
En
1834 fueron trasladados los presos para la Cabaña, destinándose todo
el departamento que comprendía la cárcel, para ampliar la residencia
de los capitanes generales y las oficinas del Ayuntamiento, y todo
el piso bajo, que daba a la calle de Mercaderes, fue alquilado para
tiendas y oficinas.
Por
real decreto del 16 de junio de 1838, fue creada la audiencia
pretorial de la Habana, siendo su primer regente don Fermín Gil
de Linares, y no habiendo casa donde alojarla, volvieron a
estrechar en la casa de Gobierno las salas del Ayuntamiento y los
departamentos residenciales de los capitanes generales para darle
cabida al primer tribunal de justicia de la Isla, donde permaneció
establecido por espacio de más de cinco años, hasta que fue
trasladado para una casa situada en la calle de Cuba esquina a
Chacón.
La
mejora mayor que se hizo en el palacio de los capitanes generales,
fue en tiempos del gobernador Miguel Tacón, que se emplearon
en él ciento tres mil pesos fuertes, y según algunos historiadores,
el gobierno español llegó a invertir en este edificio, desde su
fundación, cerca de un millón de pesos fuertes. El 9 de enero de
1862, se colocó en su patio central una pequeña estatua de
Cristóbal Colón, hecha en Italia.
Antes
de existir el palacio de Gobierno, los capitanes generales y
gobernadores de esta Isla, se alojaron en distintos lugares, entre
ellos, en la casa de la familia Cepero, situada en la calle de
Oficios esquina a Obispo, en la primitiva Real Aduana o antigua
Contaduría y en el castillo de la Fuerza.
La
construcción de la Real Aduana fue comenzada en 1578 por el capitán
Francisco Carreño, no pudiendo este gobernador ver terminada
la obra por la brevedad de su mando (fue envenenado al año siguiente
de llegar a Cuba), satisfacción que cupo a su sucesor, capitán
Gabriel de Luján, quien apenas terminado el edificio, pasó a
vivirlo, y el cual estaba fabricado sobre un polígono irregular de
trescientas varas de circuito, situado entre la ribera de la bahía y
los callejones de Jústiz y Baratillo, teniendo su frente principal
por este último callejón. Era de dos pisos este edificio, con
entresuelos y en sus dependencias fueron establecidas la
Intendencia, oficinas de Rentas, Tesorerías Marítimas y Terrestres,
Dirección y Tesorería de Lotería, oficinas del Resguardo, Monte de
Piedad y otros departamentos del Estado. Sobre el frente principal
de su fachada, se encontraba grabado en mármol, el escudo de armas
nacional. En esta casa continuó establecida la Real Aduana, hasta
que en el año 1829, se inauguró el nuevo edificio construido a
principios de la calle de O’Reilly, inmediato a los muelles.
En el
mismo sitio que ocupó la Real Aduana, edificó el marqués de
Villalta un hermoso palacio para su residencia particular el
cual fue arrendado años después, para el almacén de vinos de Parejo,
desapareciendo totalmente en un incendio que ocurrió en 1907.
Pertenecía el marqués de Villalta a la antiquísima e ilustre
familia de Herrera, que obtuvo por los servicios prestados en Cuba,
los títulos de marqués de Almendares y de conde de Fernandina, con
grandeza de España, habiendo también recaído más tarde por enlace en
esta familia, el de conde de Gibacoa, pues los Herrera hicieron
alianzas con todas las familias de la primera nobleza del país.
El
licenciado Gómez de Herrera y Díaz Tafur, ganó ejecutoria de
nobleza en Burgos el 20 de mayo de 1521, otorgada por el emperador
Carlos V, y en la cual se hizo constar, que tanto él, como
sus padres y abuelos, habían sido hijos-dalgo, tanto en la villa de
Hita como en la de Ecija. Casó con Mayor Dávila de la casa de
los condes de Puñonrrostro. Su bisnieto:
Don
Gonzalo de Herrera y Tapia, fue primer marqués de Villalta,
maestre de campo de infantería, gobernador de Cartagena de Indias y
caballero de la orden de Calatrava. Su hijo Gonzalo, fue
segundo marqués de Villalta, alcalde de la fortaleza de Bocachica,
gobernador y capitán general de la provincia de Antioquia, y su
nieto:
Don
Gonzalo Luis de Herrera y Berrío, natural de Cartagena de
Indias, cuarto marqués de Villalta, fue el primero de esta familia
que se estableció en La Habana, donde desempeñó el cargo de alcalde
ordinario de esta ciudad en 1757. Casó con la habanera María
Catalina Chacón y Torres, perteneciente a la casa de los condes
y señores de Casa-Bayona, y a la de los marqueses de Casa-Torres,
dando origen más tarde a una dilatada y distinguida descendencia,
cuyos miembros ocuparon los primeros cargos en la isla, entre ellos:
Don
Gonzalo de Herrera y Santa Cruz, primer conde de Fernandina,
regidor receptor de Penas de Cámara, alcalde ordinario y de la Santa
Hermandad de La Habana y diputado a Cortes por la Florida y don
Ignacio de Herrera y O’Farrill, marqués de Almendares, fue
consejero de Administración y senador del Reino.
Conviene dar a conocer la calidad superior a que pertenecían los
troncos iniciales de las antiguas familias de Cuba, donde sus
miembros desempeñaron a través de los siglos, los primeros cargos de
la administración pública, pues es costumbre calumniar a estos
señores, diciendo que pertenecían a la escoria de la población
metropolitana, cuando por el contrario eran hijos-dalgo, pobres en
su mayoría, pero hombres ilustres y bien enterados de su tradición,
su religión, y en muchos casos, también de la mejor ciencia de su
época.
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Diciembre 1946